"Accesorios que no solo cumplen una función, sino que embellecen el gesto más cotidiano", la Directora de Belleza dixit
Peinarse, recogerse el pelo, aplicarse un bálsamo o perfumarse ya no es un trámite: es un pequeño ritual. Algo que apetece hacer despacio y con un elemento bonito
Como editora de belleza una aprende a detectar las tendencias no tanto en las pasarelas como en los pequeños gestos. En lo que llega a la redacción, en lo que una toca casi sin darse cuenta. Ayer, por ejemplo, llegó en un envío un peine de la firma Hair Rituel de Sisley: azul profundo, con ese acabado que recuerda al carey pulido, tan bonito que parecía más un objeto decorativo que una herramienta. Me lo coloqué en el pelo, a modo de peineta improvisada, y seguí trabajando. Hasta que, en mitad de una conversación seria, una compañera me frenó en seco: “O te quitas eso de la cabeza o no te puedo mirar”. Literal.
Y ahí caí. No en la broma, sino en la evidencia. Estamos volviendo, con ilusión, a los objetos de tocador. A los accesorios que no solo cumplen una función, sino que embellecen el gesto más cotidiano. Peinarse, recogerse el pelo, aplicarse un bálsamo o perfumarse ya no es un trámite: es un pequeño ritual. Algo que apetece hacer despacio y con un elemento bonito.
Como periodista de belleza, estoy obligada a mirar al futuro y detectar qué objetos van a marcar 2026. Pero, en lo personal, cada vez me interesa más lo atemporal. Esos productos que no envejecen, que no dependen de una tendencia pasajera y que podrían estar hoy sobre un tocador parisino o dentro de veinte años en una cómoda heredada.
Cuando vi los peinados del desfile SS26 de The Row lo tuve claro: los accesorios de pelo de aire francés iban a volver con fuerza. Y no me equivoqué. Peines laterales, horquillas, pins y pasadores que sujetan un recogido en segundos están inundando nuestras pantallas. En París llevan décadas haciéndolo. Allí, incluso el objeto más funcional tiene algo de joya silenciosa.
Así que he recopilado objetos, desde un cepillo que parece de museo hasta un bálsamo labial con un estuche tan bonito que no necesita esconderse en el bolso. Te propongo invertir en objetos que elevan lo cotidiano y convierten lo rutinario en lujo. Estos son algunos de los que cumplen exactamente esa misión.
Pinza grande de acetato de Celine
Minimalista, contundente y con ese aire intelectual tan propio de la casa. Esta pinza es de las que no pasan desapercibidas, pero tampoco gritan. Su tamaño permite recoger todo el cabello con un solo gesto, sin tirantez ni artificios.
El acetato tiene un acabado pulido que recuerda a los accesorios vintage bien conservados. Es funcional, sí, pero también un statement silencioso para el tocador más depurado.
Goma para el pelo Mona de Jennifer Behr
Aquí la goma deja de ser invisible. El detalle dorado transforma un gesto práctico en algo casi joyero. Funciona igual de bien en una coleta pulida que en la muñeca, como si fuera un brazalete discreto.
Es ese tipo de accesorio que una lleva sin pensar y que, sin embargo, siempre suma. Ideal para quienes creen que el lujo también está en los detalles pequeños.
Cepillo plano de Oribe con cerdas de jabalí y nylon
Pulido, elegante y eficaz. Este cepillo combina cerdas naturales y sintéticas para alisar, dar brillo y controlar el encrespamiento sin esfuerzo. Ideal para quienes buscan un acabado impecable sin castigar el cabello.
Como todo en Oribe, tiene ese equilibrio entre rendimiento profesional y estética cuidada que lo hace digno de estar siempre a la vista.
Pasador Kaia Bloom de Hermès
Hermès sabe convertir cualquier objeto en una pieza deseable, y este pasador no es la excepción. El diseño floral es sutil, elegante, nada obvio. Perfecto para sujetar un mechón o rematar un recogido bajo con un toque sofisticado.
No busca protagonismo, pero lo tiene. Es de esos accesorios que parecen comprados en un viaje especial y que siempre despiertan preguntas.
Pince à cheveux de Balmain Hair, edición limitada
Roja, intensa y con carácter. Esta pinza tiene presencia y estructura, pensada para sujetar bien sin dañar el cabello. El diseño es clásico, pero el color la convierte en un guiño moderno.
Funciona igual de bien con un look relajado que con algo más formal. Un básico con personalidad para quienes creen que el tocador también puede tener un punto audaz.
Cepillo de cuidado con escamas de Leonor Greyl
Un cepillo que se siente casi terapéutico. Sus escamas masajean el cuero cabelludo mientras desenredan sin romper ni electrizar. Es de esos objetos que se disfrutan desde el primer uso y que, con el tiempo, se vuelven imprescindibles.
El diseño es sencillo, pero transmite esa sensación de producto bien hecho, pensado para durar y cuidar de verdad.
Baume des Muses de Buly 1803
Un bálsamo labial que parece sacado de otro siglo. El envase, delicado y personalizado, convierte su uso en un pequeño ritual. La fórmula es nutritiva, confortable y discreta, pensada para labios que quieren cuidado sin brillo excesivo.
Es el típico objeto que una saca del bolso para que te lo vean. Y sí, eso también es placer.
Perfume sólido recargable Eau Rose de Diptyque
Compacto, elegante y perfectamente dosificable. Este perfume sólido es ideal para llevar siempre encima y reaplicar sin invadir el espacio.
El aroma floral es delicado, nada empalagoso, y el estuche recargable lo convierte en una opción sostenible y chic. Un gesto rápido que deja huella, pero de forma íntima.
Miss Dior Mini Miss, edición limitada
Un perfume en formato sólido que parece un objeto de colección. El diseño es tan bonito que casi apetece no usarlo, pero una vez lo haces, no hay vuelta atrás. Se aplica fácilmente, dura lo justo y transforma el gesto de perfumarse en algo más personal. Perfecto para quienes entienden la belleza como una suma de sensaciones, no solo de resultados.
Al final, todo se resume en esto: rodearnos de objetos que nos hagan sentir bien incluso cuando nadie nos mira. O cuando alguien sí lo hace… y nos pide, entre risas, que nos quitemos eso de la cabeza.
Como editora de belleza una aprende a detectar las tendencias no tanto en las pasarelas como en los pequeños gestos. En lo que llega a la redacción, en lo que una toca casi sin darse cuenta. Ayer, por ejemplo, llegó en un envío un peine de la firma Hair Rituel de Sisley: azul profundo, con ese acabado que recuerda al carey pulido, tan bonito que parecía más un objeto decorativo que una herramienta. Me lo coloqué en el pelo, a modo de peineta improvisada, y seguí trabajando. Hasta que, en mitad de una conversación seria, una compañera me frenó en seco: “O te quitas eso de la cabeza o no te puedo mirar”. Literal.