Violeta Mangriñán: "Hace dos años le dije a mi padre que me haría millonaria con un negocio de matcha"
Pasamos una mañana junto a Violeta Mangriñán para descubrir cómo nació Maison Matcha, sus inversiones, emprendimiento, conciliación y su transformación de la televisión a convertirse en una de las influencers de referencia
A las diez de la mañana de un martes cualquiera, la esquina de la calle Monte Esquinza, en el corazón de Chamberí, empieza a llenarse de un murmullo templado: el sonido de las tazas, el roce de las cucharillas y la entrada constante de clientes en Maison Matcha. El lugar abrió hace apenas un año y ya se ha convertido en un fenómeno: dos locales en Madrid y un tercero en construcción en Valencia.
¿Valencia? Sí. Porque la mujer que encabeza este proyecto —Violeta Mangriñán— nació allí, en el seno de una familia trabajadora, en un pueblo de poco más de treinta mil habitantes del que un día decidió marcharse para inventarse un futuro que no estaba escrito.
Emprender es una responsabilidad y más cuando tienes a dieciocho personas en nómina
“Cada vez que entro aquí sigo alucinando. Son locales pequeños que reflejan un proyecto muy grande. La idea de negocio era muy clara: locales pequeños en zonas premium”, dice Violeta mientras saluda al equipo de Vanitatis y baja del coche a Gala, la mayor de sus dos hijas. La escena es doméstica y empresarial al mismo tiempo: una madre que llega al trabajo con su hija de la mano, y una empresaria que revisa, sin mirar, cada detalle del espacio que ha levantado desde cero.
La espera su representante, Olga Ríos, quien la acompaña desde 2019, cuando Violeta salía de Supervivientes convertida en un rostro conocido pero todavía sin brújula en el territorio movedizo de las redes sociales. Se abrazan con la naturalidad de quien ha compartido tropiezos y reinvenciones. Dentro del local, el aroma del matcha recién batido se mezcla con las conversaciones de los clientes: algunos no parecen reconocerla, otros la miran con la curiosidad de quien observa algo que ha visto mil veces tras la pantalla, pero que por fin respira frente a ellos.
Una mujer ha viajado desde San Sebastián; su hija aún está trabajando y es ferviente seguidora de Violeta. Comienzan a hablar de maternidad, y Violeta la invita a un matcha y a bollería para que pueda llevárselo a su hija. “Esto no es porque estéis aquí, siempre que viene pasa esto”, comenta Olga, mientras, antes de que Violeta llegara, me había estado relatando todo el recorrido de la influencer desde que abandonó la gran pantalla. Un camino que no fue fácil: al principio, todas las puertas estaban cerradas.
He tenido el ejemplo en casa de mujeres independientes, de generación en generación
Las marcas aún no la buscaban y las redes sociales no se rendían ante ella. Hasta que Olga y Violeta comenzaron a entreabrir esas puertas, a trazar una estrategia sólida y compleja que terminó convirtiéndose en éxito. Y Violeta no olvida quién estuvo allí en esos primeros pasos. Pasó de ser un personaje de televisión a una de las influencers más reputadas del país, y desde hace un año lidera un negocio que mantiene a dieciocho personas en nómina. En sus sueños siempre estuvo ser empresaria, crecer y, sobre todo, ser independiente.
“Mi abuela siempre me decía: cualquier persona que tenga un poder sobre ti lo va a acabar ejerciendo; tienes que ser libre. Ese es el ejemplo con el que he crecido, de mujer en mujer, de generación en generación, y es lo que ahora quiero transmitir a mis dos hijas: que trabajen para forjar su propio camino”, relata Violeta.
Las redes no solo le ofrecían independencia, sino también rentabilidad. Pero Violeta quería algo más: un desafío que no se midiera solo en likes ni en cifras. Descubrió el matcha hace aproximadamente ocho años, en busca de un chute de energía que no supiera tan dulce como el chai latte, su bebida de referencia. Fue su amiga Sophi Tatar quien se lo recomendó, cuando aquel té verde todavía era prácticamente desconocido en España, apenas un susurro en los círculos más especializados.
El primer sorbo la sorprendió: un sabor intenso, una textura aterciopelada, y una sensación de claridad que no había encontrado en ninguna otra bebida. Durante la cuarentena, mientras el mundo parecía detenerse, ella comenzó a prepararlo en casa, experimentando con recetas, ajustando proporciones, buscando el equilibrio perfecto. Lo que empezó como un capricho pronto se convirtió en rutina, y la rutina en obsesión. “Hice de mi vicio mi negocio. Cuando empecé a generar ingresos que superaban lo que necesitaba para vivir, quise ir un paso más. No sé si es una virtud o un defecto, pero soy muy inquieta. Entonces pensé: ¿qué es aquello sin lo que no puedo vivir? El matcha. Y ahí empezó a cocinarse la idea”.
Recuerda con nitidez una conversación con su padre, el 3 de enero de 2023: un instante que quedó grabado en su memoria, porque en él se dijo a sí misma que acabaría haciéndose millonaria con un negocio de matcha. “A día de hoy sigo manteniendo esa promesa; de momento no me va mal, y ya es un paso formidable considerando cómo están las cosas en España. Aún no he alcanzado ese objetivo, pero tengo fe, y trabajo con la intensidad necesaria porque no voy a rendirme”, relata, con la convicción de quien ha transformado una afirmación en motor de acción.
Cuando invertí en el primer local lo hice a pulmón, no era una opción para mí pedir un préstamo
Cuando comenzó la idea, tenía una niña pequeña, esperaba a la segunda y afrontaba múltiples frentes, tanto personales como profesionales. “Pero ahora, al mirar todo lo que estamos construyendo, siento que estoy en un momento de máxima plenitud”, añade. Esa inquietud de la que hablaba es la que mantiene a Maison Matcha en constante expansión. “No he terminado de recuperar la inversión del primer local y ya estoy con el segundo; en cuanto recupero un poco de cash flow, sigo… ahora con el de Valencia. Creo que todos los que son emprendedores lo entienden: al final es un recorrido de fondo, vas recuperando e invirtiendo”, cuenta, mientras recuerda la magnitud del riesgo que asumió: una inversión que, para su economía personal, era considerable.
“No era una opción pedir un préstamo; lo invertí todo a pulmón”. Habla con una franqueza que desarma. Mientras posa y conversa, saluda a quienes se le acercan con la misma naturalidad con la que responde correos o da indicaciones a su equipo. No hay impostura ni distancia: trata a todos con la misma atención, sin rastro de la jerarquía que suele acompañar a la fama. En ella no hay artificio, sino una forma de estar que parece recordarle, y recordarnos, que la exposición no la ha transformado, solo la ha obligado a mirarse con más precisión.
Cuando tienes carácter o te mojas es fácil que te tilden de prepotente, pero no es así
“He tenido que tragar mucho; no me han regalado nada, y quizá por eso valoro tanto todo lo que tengo. Mi abuela siempre decía que es de bien nacido ser agradecido. Pero muchas personas prejuzgan: cuando tienes carácter, dices lo que piensas o no comulgas con todo, inevitablemente te tildan de prepotente. Y no es así. Ahora intento ser más políticamente correcta —bueno, llevo años intentándolo”, bromea—.
“Pero siento que esa también es parte de mi magia: o me quieres o me odias. Nunca he sido muy de grises. Ser influencer no te hace invencible; tienes días buenos y malos, como todo el mundo”. Violeta no borra ninguna página de su recorrido. Asume su historia completa: desde sus orígenes modestos hasta la televisión. En 2018 debutó en Mujeres y Hombres y Viceversa, y un año después alcanzó una exposición mediática masiva con su paso por Supervivientes. Pero aunque desde fuera pudiera parecerlo, la fama no siempre se traduce en oportunidades: multiplica los seguidores, no necesariamente los contratos.
“Hay veces que me dicen que intento alejarme de mi etapa televisiva. No es cierto. Probablemente, si no hubiese pasado por allí, hoy no estaríamos aquí. Cada paso en la vida te enseña; yo aprendí mucho, pero ahora estoy en otro momento. Hoy parece que existe una mentalidad más abierta: cuando alguien sale de un reality, puede hacer campañas, construir su marca, profesionalizar su imagen. Cuando yo salí no era así; la fama no te aseguraba contratos, y tuvimos que trabajar mucho y confiar en la estrategia que diseñamos”, explica.
“¿Volvería? Las segundas partes no siempre son buenas. No quiero generalizar, porque hay de todo, pero me pasa con las series que más me gustan: Pasión de Gavilanes, Sexo en Nueva York… las segundas entregas nunca son iguales. Ahora, volver a meterme en un reality creo que sería un fallo”.
Hace una pausa y sonríe, recordando aquel escenario que cambió su vida. “En Supervivientes conocí al padre de mis hijas. Esa historia de amor, lo que vivimos allí… es irrepetible. Entré con Isabel Pantoja, me cantaba coplas de amor...Eso no va a volver a pasar y siento imposible superar aquello. Entonces creo que sería decepcionante” cuenta mientras comienza a hablar de su familia.
“Fabio y yo somos un gran equipo; está claro, porque llevamos casi siete años juntos. Ahora mismo te digo que no sé como he vivido todo este tiempo sin mis hijas, son maravillosas y mi vida. Pero lo cierto es que mi sueño nunca fue casarme ni tener hijos. Tenía metas profesionales, muchas, y nunca concebí la vida en esos términos. Que la meta principal de una mujer en la vida sea formar una familia me parece un concepto muy vintage. Siempre le digo a Fabio que no quiero que esté ni un solo día conmigo por nuestras hijas; de la misma manera, no querría que mis hijas estuvieran con sus parejas por obligación. Estamos juntos porque nos amamos y, desde nuestra libertad, nos elegimos. Casarme no está en mis planes”, continúa Violeta.
Una de las cosas que ha marcado el ritmo de la relación es que ambos han buscado trascender las redes sociales. Al igual que Violeta, Fabio también quiso ir un paso más. “Desde pequeño le gustaba la industria de la música, también está desarrollando su parte empresarial en Italia con su padre. Los dos nos hemos apoyado en todos los pasos que vamos dando y eso une mucho” relata. Precisamente hablando de metas a futuro, Violeta tiene muchas, y entre ellas destaca abrir un local en su ciudad natal. También figura entre sus proyectos crear su propia marca de matcha, destinada tanto a la distribución online como a sus cafeterías.
“Encontrar un buen proveedor en Japón y no depender de las distribuidoras, eso es algo que sin duda quiero hacer”, relata Violeta, mientras vuelve a subirse al coche tras una mañana junto a Vanitatis.
Hemos seguido la trayectoria de alguien que comenzó doblando camisetas en Inditex, que salió de un pueblo pequeño y atravesó la televisión como quien cruza un puente de luces y espejos, hasta encontrar su propio camino en un terreno que ella misma aprendió a construir: las redes sociales. De aquella exposición surgió algo distinto: un impulso capaz de transformar curiosidad en proyecto, y proyecto en acción.
Maison Matcha es ahora su territorio: dos locales en Madrid y uno pronto en su tierra natal, donde cada taza lleva el pulso de años de trabajo y decisión. Nunca soñó con formar una familia; hoy, sus hijas y su pareja son su centro, su ancla y su brújula. Su historia es la de empezar de cero, de aprender a construir a golpe de constancia, de convertir la notoriedad en algo que sirve y no que consume. Violeta Mangriñán camina con firmeza entre lo cotidiano y lo extraordinario, entre la fama y la vida real. CEO, madre, creadora, pero sobre todo, una mujer que se elige a sí misma cada día, recordando que la medida del éxito no está en el brillo, sino en la libertad que deja para seguir creando.
A las diez de la mañana de un martes cualquiera, la esquina de la calle Monte Esquinza, en el corazón de Chamberí, empieza a llenarse de un murmullo templado: el sonido de las tazas, el roce de las cucharillas y la entrada constante de clientes en Maison Matcha. El lugar abrió hace apenas un año y ya se ha convertido en un fenómeno: dos locales en Madrid y un tercero en construcción en Valencia.