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Primeras páginas de 'Un té en el Savoy'

El armador griego Eugenios Eugenidis, propietario de la naviera Scandinavian Near East Agency, había decidido establecer una conexión con Norteamérica y una línea regular con Sudamérica,

Foto: Primeras páginas de 'Un té en el Savoy'
Primeras páginas de 'Un té en el Savoy'
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    El armador griego Eugenios Eugenidis, propietario de la naviera Scandinavian Near East Agency, había decidido establecer una conexión con Norteamérica y una línea regular con Sudamérica, en los primeros meses de 1953. Para ello adquirió nuevos barcos, uno de los cuales quiso que llevara el nombre de la reina Federica, a quien conocía bien por haberla tratado durante su exilio en Sudáfrica, tras la invasión de Grecia por las tropas de Mussolini y los posteriores bombardeos sobre la ciudad de Atenas, en abril de 1941. El naviero era un hombre que sobrepasaba la frontera de los sesenta y que se había encariñado con su hijo Constantino, a quien todos llamaban Tino, en los largos días de su confinamiento en una elegante urbanización de Ciudad del Cabo. Eugenidis le traía a menudo juguetes, pero sobre todo le explicaba historias de sus múltiples viajes por el mundo, que el pequeño escuchaba embobado. Para Tino, la visita del armador era una fiesta: la relación llegó a resultar tan estrecha que, antes de regresar a Grecia coincidiendo con el final de la guerra, le pidió a la reina, como recuerdo de tantas tardes compartidas, un par de zapatitos del príncipe, que Federica cedió gustosamente.

    Años después, Eugenidis visitó a la soberana en su residencia real de Tatoi para ofrecerle la posibilidad de que fuera la madrina del que iba a ser su navío más imponente, que se estaba construyendo en unos astilleros cercanos a la ciudad de Atenas. Federica aceptó gustosa y aprovechó la complicidad que tenía con el armador para plantearle a cambio un regalo un tanto especial: «Ya sé que en estos casos es costumbre regalar un broche de brillantes en señal de agradecimiento, pero yo preferiría como obsequio que organizara un crucero, al que me gustaría invitar a todas las familias reales de Europa».

    El empresario se sorprendió ante la ocurrencia, si bien pensó que el viaje podía convertirse en la mejor publicidad para la monarquía, para Grecia y también para su compañía. Así que se pasó la mano por la sien, se quedó mirando fijamente a Federica y le respondió: «Si eso es lo que Su Majestad desea, nada me satisfará más que complacerla». La reina le pidió unos días de discreción, pues deseaba la aprobación de su esposo, el rey Pablo y, como no podía ser menos, del primer ministro Aléxandros Papagos. El jefe del Ejecutivo era un monárquico convencido que no iba a poner ningún reparo, pero había que guardar las formas. Papagos resultaba un político venerado en el país, pues se le consideraba un héroe de guerra ya que fue hecho prisionero y tomado como rehén por los alemanes. A menudo, la prensa le comparaba con el general De Gaulle. En 1952, tras formar un partido al que llamó Unión Helénica, ganó ampliamente las elecciones. El armador prometió no comentar su proposición con nadie hasta que tuviera el visto bueno de las autoridades. Antes de marcharse, Eugenidis le comentó que aquellos zapatitos de Tino, que se había llevado de recuerdo cuando regresó de Sudáfrica, estaban colgados en la cabecera de su cama, a modo de amuleto real, y que lehabían traído suerte. La reina sonrió ante la confidencia, aunque le pareció un tanto inquietante irse a dormir cada día con las botitas de un niño sobre la cabeza, como si se tratara de un exvoto de iglesia.

    La soberana convenció al rey Pablo sin demasiados problemas, con el argumento de que  solo un gran acontecimiento como ese crucero permitiría que el mundo volviera a pensar en Grecia como destino turístico. El país había quedado muy castigado tras la guerra, así que las comunicaciones resultaban bastante deficientes, pero en cambio el paisaje era excepcional y la historia del país podía considerarse única. Si se invitaba a la prensa internacional, seguro que responderían, pues el mundo quería olvidar miserias pasadas, la economía empezaba a remontar y las historias de príncipes y princesas eran devoradas con avidez en diarios y revistas. Federica recordaba que, un año antes, la reina Isabel II de Inglaterra había sido entronizada —los gastos gubernamentales costaron cuatro millones y medio de dólares, veinticinco veces más que lo que había gastado el erario público de Estados Unidos para la investidura del presidente Eisenhower aquel mismo año—, y la boda tuvo un tratamiento excepcional en los medios de comunicación, que no hicieron una sola recriminación al fenomenal dispendio. El primer ministro Papagos aún fue más fácil de convencer, ya que entendió de inmediato la publicidad para Grecia que iba a representar aquel crucero por las islas. Federica escribió en sus memorias: «En aquel tiempo todavía era yo muy popular entre la prensa mundial y podía realizar sin críticas lo que en otro momento podría haber sido objeto de polémicas».

    Una nueva generación de reyes

    La reina estaba preocupada por el hecho de que la nueva generación de herederos no se conocían, debido a que la guerra, y las estrecheces de la posguerra, habían imposibilitado que se relacionaran entre sí, a pesar de que la mayoría estaban emparentados. Muchos de aquellos jóvenes estaban llamados a influir en la nueva Europa que se estaba construyendo, y los reyes de Grecia, que contaban con el respaldo popular, podían servir de referencia para la nueva hornada de herederos al trono. La nueva generación de príncipes y princesas, unos de casas reales reinantes y otros de realeza en el exilio, iba a tener la oportunidad de conocerse, y quizás incluso de empezar una relación con perspectivas de boda, gracias a aquella iniciativa. Entre las obligaciones de las gentes de su condición figuraba la de casarse entre ellos para mantener la tradición de la realeza.

    Los hijos de Pablo y Federica no estaban en edad de matrimoniar, lo que facilitaba que los reyes de Grecia pudieran ser los organizadores de tan singular crucero de diez días por las islas del Egeo, ya que nadie podía ver en ello un interés personal. En total, los viajeros del navío elegido por Eugenidis, al que había bautizado como Agamenón, igual que el más ilustre de los héroes griegos, eran ciento diez, de veinte nacionalidades, quehablaban quince idiomas distintos. El barco, de 5.500 toneladas, era de novísima construcción y cubría habitualmente la ruta regular entre Marsella y Oriente Próximo. Para esta ocasión, partiría de Nápoles durante el mes de agosto de 1954 e iría atracando en distintos puertos a fin de que los pasajeros pudieran hacer sus excursiones en tierra, mientras que por las noches habría siempre baile con orquesta, lo que permitiría que los contactos pudieran ser más fluidos y naturales. Solo los Saboya embarcaron más tarde, en Corfú, por no poder hacerlo en Italia. La prohibición de pisar el país a los miembros de su antigua Casa Real dictada tras la guerra por las autoridades italianas les evitó las angustias y mareos que padeció la mayoría de testas coronadas a causa del oleaje que les acompañó desde la partida de Nápoles hasta que alcanzaron el estrecho de Mesina. A partir de ahí, el tiempo y el estado de la mar mejoraron notablemente.

    El crucero, vigilado de cerca por el destructor Navarrinon de la flota helénica, se caracterizó por la ausencia del protocolo, por la proscripción de la política y por la prohibición expresa de esmóquines y vestidos largos. Tampoco se dejó subir a bordo a ningún periodista, para no condicionar las casi dos semanas de navegación. Como curiosidad, a la hora de comer y cenar las parejas se elegían mediante un sorteo guiado, para que las mesas se formaran de manera totalmente aleatoria. No obstante, los más jóvenes se saltaron las reglas del juego porque compraban y vendían el puesto de sus parejas en función de sus gustos y afinidades. En sus memorias, la reina Federica cuenta que el único problema que hubo durante aquellos días en alta mar fue la imposibilidad de determinar la precedencia cuando había que cruzar una puerta, a causa de que a bordo iban la reina Juliana de Holanda, la reina Helena de Rumanía, la reina María José de Italia y la gran duquesa de Luxemburgo Josefina Carlota.

    Juan Carlos y Sofía

    Entre los herederos presentes figuraban Sofía y Juan Carlos, que tenían la misma edad, dieciséis años. De hecho, habían pasado las normas de selección del encuentro, pues la edad mínima para subir a bordo del Agamenón eran los catorce años, que Constantino alcanzaba por los pelos, ya que los acababa de cumplir en junio, pero no su hermana Irene, que solo tenía doce. Sin embargo, fue admitida sin problemas porque los organizadores no estaban obligados a someterse a los mismos criterios que sus invitados. Sobre todo cuando eran, asimismo, los patrocinadores del evento. Por cierto, que el naviero Eugenidis cedió el barco para la ocasión y costeó la tripulación, pero además aportó 10.000 libras esterlinas para gastos, que en aquellos días resultaba una cantidad más que respetable.

    Sofía era hija de un rey que a los seis meses de volver del exilio accedió al trono, al morir Jorge II de una trombosis coronaria. Sentía debilidad por su progenitor, al que se parecíamucho en su carácter. Era una muchacha seria, disciplinada, tenaz. Discretamente extrovertida a causa de su timidez, pero muy agradable en el trato. Hablaba griego e inglés. Le gustaba leer, escuchar música, bailar. Cuando subió al Agamenón llevaba tres años en una prestigiosa escuela de élite de Salem, que había sido fundada por un pedagogo judío-germano llamado Kurt Hahn, que llegó a ejercer de diplomático. Su madre quería que aprendiera el alemán (la reina era natural de Hannover), al tiempo que pretendía que tuviera una educación más europea y que ganara en independencia, severidad y autonomía. Y, además, que superara su timidez. La elección del centro venía condicionada por el hecho de que esta institución del estado de Baden-Würtemberg, junto al lago Constanza, la dirigía el príncipe Jorge Guillermo de Hannover, hermano de la reina Federica.

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