Hay lugares que no figuran entre los destinos más conocidos y, sin embargo, reúnen muchos de los elementos que definen un enclave completo. Pueblos en los que el paisaje, la historia y el ritmo pausado conviven sin necesidad de grandes reclamos.
Casares, en la provincia de Málaga, es uno de ellos. Situado entre la Serranía de Ronda y la Costa del Sol, combina la imagen de pueblo blanco de interior con la cercanía al mar, algo poco habitual en este tipo de localidades. Su ubicación permite pasar en pocos kilómetros de un entorno montañoso a la costa.
El casco histórico se adapta a la ladera, con calles estrechas y escalonadas que ascienden hasta el castillo, uno de sus puntos más reconocibles. Esta fortaleza de origen árabe, datada en el siglo XIII, se levanta sobre una formación rocosa y ofrece vistas abiertas tanto hacia la sierra como hacia el litoral.
Más allá de su perfil actual, el entorno de Casares estuvo habitado desde épocas antiguas. En la zona se han encontrado restos que evidencian presencia romana, especialmente en el yacimiento de Lacipo, que en su momento tuvo un papel estratégico en el control del territorio.
Uno de los lugares más conocidos del municipio son los Baños de la Hedionda, unas aguas sulfurosas de origen natural que, según la tradición, fueron utilizadas en época romana. A lo largo del tiempo, estas termas se han vinculado de forma popular con la figura de Julio César, aunque esta relación forma parte más del relato histórico tradicional que de una confirmación documental directa.
El municipio también tiene relevancia en la historia más reciente de Andalucía al ser el lugar de nacimiento de Blas Infante, considerado una de las figuras clave del andalucismo, cuya casa natal puede visitarse en la actualidad convertida en museo.
A unos diez kilómetros del núcleo urbano, Casares se abre también al mar. Playas como Playa Ancha o la de la Sal completan el recorrido y refuerzan esa idea de destino que combina paisaje, historia y costa en un mismo entorno.
Hay lugares que no figuran entre los destinos más conocidos y, sin embargo, reúnen muchos de los elementos que definen un enclave completo. Pueblos en los que el paisaje, la historia y el ritmo pausado conviven sin necesidad de grandes reclamos.