Crítica de ‘Gracias, equipo’ (Netflix): el arte de sobrevivir al despido en los tiempos del ‘team building’
Con un lado indudablemente berlanguiano/azconiano, esta comedia brilla más cuando analiza la cultura empresarial tóxica y ultracapitalista que cuando recurre al trazo grueso. Con diálogos muy afilados, resulta entretenida y divertida
Algunos de los 'empleados' de esta fábrica de quesos con vocación internacional. (Netflix)
Pongámonos en situación: los empleados de Tío Mochales, una fábrica de quesos artesanales, se enfrentan a un fin de semana de ‘team building’.
Por si usted no conoce el término o se ha quedado en la cultura empresarial del Pleistoceno, así se llaman las actividades en grupo en las que se busca reforzar la unión entre los empleados y descubrir sus aptitudes para trabajar en equipo.
Pero en esta historia, detrás de semejante actividad se esconde una criba para ver quién sobrevive al despido. Los asalariados no saben que la quesera en la que habitan día tras día ha sido vendida a una poderosa corporación francesa y sobran unos cuantos de ellos. Que comiencen, por tanto, los juegos del hambre.
Blanca Martín y Maribel Verdú. (Netflix)
En el grupo, grosso modo, caben desde la jefa cruel adepta al credo capitalista (“Si queréis seguir en esta empresa, pisad cuellos”), con el rostro de Maribel Verdú; la mamá que acaba de reincorporarse tras su baja laboral (Alexandra Jiménez); el veterano que se cree intocable por su veteranía (Pedro Casablanc), o el jefe de departamento que podría ser acusado de abuso de poder por tirarle los tejos a un atractivo empleado (Raúl Tejón).
Cartel promocional de 'Gracias, equipo'. (Netflix)
Un equipo variopinto que brilla de manera individual en el guion escrito por Cristóbal Garrido y Adolfo Valor. El trabajo de ambos es uno de los elementos indispensables de ‘Gracias, equipo’, que es más exitosa y más analítica cuando escupe ideas sin parar desde el propio escrito que cuando se vuelve más bruta y expone situaciones visuales típicas del slapstick (la carrera de piraguas del clímax o el pasote de Casablanc cuando sufre un ‘sabotaje’ por parte de Jiménez, por ejemplo).
La película expone la manía de ciertas organizaciones de implementar anómalas culturas anglosajonas en lugares marcados por lo castizo.
Así, donde la comedia suscita carcajadas es en momentos que exponen, con bastante precisión, la manía de ciertas organizaciones de implementar anómalas culturas anglosajonas en lugares marcados por lo castizo, con términos como ‘afterwork’, ‘networking’ y demás; cuando muestra la dificultad de las madres para conciliar (“La conciliación no existe. Son los abuelos”, dice un personaje); cuando plantea la dicotomía entre el trabajo como forma de vida o como medio de supervivencia; cuando apunta a los tiburones y los puñales por la espalda que genera el culto profesional y un arribismo que solo resulta rentable para la empresa en cuestión.
Maribel Verdú en 'Gracias, equipo'. (Netflix)
En ese sentido, y con diálogos bastante afilados, ‘Gracias, equipo’ alcanza una sutileza que pierde con una dirección algo más tosca o con la necesidad de recurrir al trazo grueso. Brilla más cuando apunta fino, con frases como “el mercado gana: familia o carrera”, que cuando se ve en la necesidad de ‘explotar’ en tesituras más inverosímiles.
Los actores encargados de dar vida a los miembros de esta organización encajan a la perfección en sus roles.
Alexandra Jiménez y Raúl Tejón en un fotograma de la película de Netlix.
La mirada de desesperación de Alexandra Jiménez, el aspecto oscuramente seductor de Raúl Tejón o el gesto despectivo de Maribel Verdú se ajustan a unos personajes que, por más que sean estereotipos, resultan muy reconocibles.
La comedia posee ese aspecto azconiano/berlanguiano de nuestro cine y recurre a las fórmulas de siempre para analizar las problemáticas de hoy.
Por mucho ‘deadline’, 'dictadura woke' o ‘feedback’ que haya, al fin y al cabo esto sigue siendo España y ese aspecto azconiano/berlanguiano de nuestro cine sigue instalado en una comedia que recurre a las fórmulas de siempre para analizar las problemáticas de hoy; del capitalismo de un siglo XXI en el que, más que nunca, prima la ley del más fuerte.
Pongámonos en situación: los empleados de Tío Mochales, una fábrica de quesos artesanales, se enfrentan a un fin de semana de ‘team building’.