Hay muchas formas de comenzar una discusión y diferentes tipos de las mismas. Sin embargo, uno de ellos es más común de lo que creemos y somos nosotros los principales culpables de que esto ocurra, por lo que debemos aprender también a gestionarlo para que no se nos vaya de las manos y mantener relaciones saludables con nuestro entorno.
Según Sonia Díaz, experta en gestión de la ira, creer que tenemos razón puede ser una de las formas más eficaces de iniciar una discusión: “A veces no nos enfadamos tanto por lo que ocurre… sino por lo convencidos que estamos de tener la verdad de nuestra parte”, afirma Díaz. Además, nos confirma que es precisamente en ese momento cuando entra en juego un sesgo muy común (e invisible) llamado el efecto Dunning-Kuger.
“Este efecto explica por qué muchas veces hablamos (y discutimos) con mucha seguridad… cuando en realidad no sabemos tanto como creemos”, explica la coach. Tal y como nos explica Díaz, los expertos David Dunning y Justin Kruger confirman que este efecto muestra que cuando una persona sabe poco sobre un tema, tiende a sentirse más segura de lo que realmente sabe. En cambio, cuanto más aprende, más consciente se vuelve de sus limitaciones. En este sentido cuando alguien cree saber más de lo que realmente sabe es mucho más probable que interprete el desacuerdo como un ataque personal, escuche menos y se cierre a otros puntos de vista. “Cuando eso ocurre, el enfado entra por la puerta grande. No porque la otra persona haya hecho nada terrible, sino porque no soportamos que no nos den la razón (aunque no siempre la tengamos toda)”, explica Díaz. “Desde la emoción, no lo vivimos como una diferencia de opiniones. Lo vivimos como falta de respeto, como que nos quieren corregir, o como si el otro no supiera nada y aun así discutiera con nosotros”, aclara la experta.
Es por ello que debemos utilizar la humildad cognitiva como antídoto. Al ser conscientes de este sesgo podemos cambiar radicalmente la forma en la que discutimos. En vez de querer ganar la discusión podemos intentar entender lo que está pasando, a plantearnos si tenemos razón e incluso pasar de la tensión a la curiosidad. “Sostener una mente de principiante —esa que no da por sentado que ya lo sabe todo— es uno de los antídotos más eficaces contra esas discusiones que se alargan más de la cuenta. Dejar espacio a la posibilidad de no tener toda la razón te permite escuchar de verdad, ver otros matices y, sobre todo, dejar espacio para aprender”, finaliza Díaz.
Hay muchas formas de comenzar una discusión y diferentes tipos de las mismas. Sin embargo, uno de ellos es más común de lo que creemos y somos nosotros los principales culpables de que esto ocurra, por lo que debemos aprender también a gestionarlo para que no se nos vaya de las manos y mantener relaciones saludables con nuestro entorno.