Crítica de 'Por Cien Millones' (Movistar Plus+): manual para el secuestro más cutre de la historia de España
Comedia de perdedores en la mejor tradición española que también supone una metáfora de nuestro país, esa España a la que siempre le toca fracasar y no es mala ni cuando quiere serlo
Cuando Toni Leblanc y sus compinches trataban de timar, estampita mediante, a un turista desprevenido a las puertas de la estación de Atocha, en aquella joya cómica que fue y sigue siendo 'Los tramposos', lograba algo que no siempre es fácil: ganarse la simpatía del espectador.
La 'culpa' la tenía el tono cómico de la película y de la situación en sí, pero también la ternura que desprendían unos perdedores 'made in Spain' que hacían de su mezquindad un arma de supervivencia, en esa gran tradición que va de los escritos de Azcona a las rocambolescas situaciones de 'Aquí no hay quien viva'.
La misma estima que volveremos a tener por los tres pobres mecánicos de 'Por Cien Millones', la nueva serie de Movistar Plus+ que recrea un secuestro, el del futbolista 'Quini', que mantuvo a España en vilo en el mismo año en el que un señor llamado Antonio Tejero irrumpía, arma en mano, en el Congreso de los Diputados.
Agobiados por la falta de trabajo y la precariedad de sus rutinas, los tres zaragozanos de esta historia se atrevieron a secuestrar al máximo goleador del momento con la esperanza de llevarse cien millones y aliviar la dureza de sus miserables vidas.
Una anécdota algo olvidada que podría haber originado un thriller intenso (y ojo, que esta serie también tiene algo de eso) pero que, en manos de un experto en la comedia como Nacho García Velilla, se convierte en la bufonada de un trío de fracasados que conectan con algo profundamente español.
Nada que ver, por tanto, con las derrotas poéticas del cine de John Huston, sino con las derrotas que dan penita y algo de risa por su cutrez intrínseca. Pese a las magnificaciones literarias, no todos los fracasos tienen un trasfondo heroico.
Los personajes de 'Por Cien Millones' (a los que el verdadero 'Quini' perdonó lo que le hicieron) son, por encima de todo, buenas personas. Unos pobres desgraciados que actúan forzados por unas circunstancias adversas. No todos los captores se preocupan de que su víctima coma fabada, tenga una televisión en el zulo en el que está encerrado o lea revistas en las que las noticias de su secuestro están convenientemente recortadas.
Una 'factura Movistar'
La ficción, de tres capítulos, es puro cine. No solo por los medios de producción que ya se presuponen en las recreaciones de recientes episodios nacionales en las que se ha especializado Movistar Plus+ ('La Canción' y otras poseen una factura impecable) sino por el ingenio narrativo.
Uno de los tres mecánicos, al que da vida Gabriel Guevara, sueña con participar en un concurso de baile para conquistar a una chica algo reacia a dejarse llevar por sus chulerías.
Sus bailes y las canciones que lo acompañan hacen avanzar la acción (el intento de cobro del dinero mientras el chico se lo baila todo o la alegría festiva de un tema de 'El Puma' en televisión mientras Raúl Arévalo lee una tajante orden de desahucio).
En lugar de unificarlos como grupo, el guion de Oriol Capel y García Velilla se encarga de dotar a cada uno de los tres secuestradores con una personalidad diferenciada. Ayudan los matices que les otorgan las interpretaciones de Raúl Arévalo, Vito Sanz y Gabriel Guevara en un engranaje actoral que se retroalimenta continuamente.
El primero de ellos vive con una mujer (extraordinaria, como siempre, Aixa Villagrán) que, como muchas señoras de la época, ansía comprar televisiones a plazos y celebrar la Primera Comunión de su hija sin estrecheces, en la mejor tradición carpetovetónica. "Mi hermana me hacía de menos porque mi cuñado está en la Picolín" es, quizá, la frase más brillante de toda la serie por lo berlanguiana y significativa que resulta.
El segundo, encarnado por un Sanz cada vez más polivalente, quiere criar a su futuro bebé sin mirar continuamente la cartera y tiene un hermano envidioso (ese pecado tan español) que mira con lupa el dinero que le pide prestado a la madre, una irreconocible Teresa Rabal.
Además, la organización del secuestro le quita tanto tiempo que su mujer sospecha que le está siendo infiel.
El tercero, apoyado por la frescura de Gabriel Guevara, es un jovencito con más ínfulas de Travolta que pericia para cometer cualquier acto criminal.
El trío de amigos sabe de secuestros lo mismo que sabían de robos los ineptos ladrones de 'Solo en Casa', que con tanta brea propinada por el mocoso protagonista, también se ganaban, pese a todo, nuestra simpatía incondicional.
Muchos de los que vean esta eficaz miniserie no serían capaces de capturar a alguien y encerrarlo en un zulo durante 25 días, pero sí pueden, gracias al guion y a tres soberbias interpretaciones, identificarse con un trío de desgraciados que también son una metonimia de nuestro país, esa España bondadosa a la que siempre le toca perder; esa España que no es mala ni cuando quiere serlo.
Tras ver 'Por Cien Millones' no podemos evitar preguntarnos cuánta de la gente que tenemos a nuestro alrededor es buena porque, sencillamente, no le queda otra. La maldad, como todo, requiere práctica.
Cuando Toni Leblanc y sus compinches trataban de timar, estampita mediante, a un turista desprevenido a las puertas de la estación de Atocha, en aquella joya cómica que fue y sigue siendo 'Los tramposos', lograba algo que no siempre es fácil: ganarse la simpatía del espectador.