La vuelta al colegio no solo exige una adaptación de los niños. Los padres también tienen que reajustar rutinas, expectativas y la manera de acompañar a sus hijos, especialmente cuando comienzan una nueva etapa educativa. El deseo de evitarles dificultades puede llevar a intervenir rápidamente ante un problema, aunque resolver cada obstáculo por ellos no siempre favorece el desarrollo progresivo de su autonomía.
La cuestión adquiere especial importancia durante la adolescencia. La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, mientras que experiencias como la presión académica, las relaciones sociales o los cambios propios de esta etapa pueden influir en su bienestar emocional.
Mel Robbins, autora y experta en desarrollo personal, propone afrontar la vuelta al cole desde una perspectiva diferente: acompañar sin intentar controlar cada experiencia que vive el menor. Su planteamiento se apoya en dos ideas que denomina Let Them y Let Me: permitir que los demás actúen y, al mismo tiempo, centrar la atención en aquello que sí depende de uno mismo.
1. Dejar que piensen que eres “molesto”
Los límites familiares no siempre resultan populares. Una hora para acostarse, restricciones sobre el teléfono móvil o la obligación de prepararse para salir a tiempo pueden provocar quejas, especialmente conforme los hijos ganan independencia.
Robbins plantea que la aprobación del hijo no debería convertirse en el criterio con el que los padres deciden cuándo mantener un límite. Su recordatorio para esos momentos es sencillo: actuar según aquello que se considera importante y no según la reacción inmediata del menor.
2. Permitir que crezcan y cambien
Comenzar un nuevo curso, pasar al instituto o entrar en la universidad puede despertar en los padres el impulso de proteger todavía más a sus hijos. Robbins propone precisamente lo contrario: aceptar que aumentar la autonomía también transforma la relación familiar.
El cambio puede sentirse como una pérdida de cercanía cuando un hijo necesita menos ayuda. La experta invita a no medir el vínculo únicamente por cuánto depende el menor de sus padres, sino a prestar atención a la persona en la que se está convirtiendo.
3. ¿Hay que solucionar todos sus problemas?
Un trabajo olvidado, una asignatura complicada o sentirse fuera de lugar durante el recreo pueden activar inmediatamente el instinto de intervenir. Pero Robbins plantea una pregunta previa: ¿este es un momento para ayudar o una oportunidad para que el niño intente resolver el problema por sí mismo?
La diferencia es importante. La autonomía no consiste en dejar solo al menor ante cualquier dificultad, sino en ajustar la ayuda a aquello que realmente necesita. Algunas situaciones requieren la intervención de un adulto; otras permiten probar una solución, equivocarse y corregirla después.
Preguntar cómo ha ido el día y recibir un escueto “bien” puede resultar frustrante para muchos padres. Con la edad, sin embargo, los hijos empiezan a reclamar espacios de privacidad sobre sus amistades, pensamientos y conversaciones.
Robbins recomienda mantenerse disponible sin convertir esa cercanía en una exigencia de conocer cada detalle. “Deja que se abran cuando estén preparados”, plantea. La propuesta no supone desentenderse de lo que ocurre, sino diferenciar entre supervisar aquello que afecta a su seguridad y pretender acceder constantemente a su mundo privado.
Acompañarlos, no presionarlos y permanecer a su lado es primordial (Canva)
5. La vuelta al cole no tiene por qué parecerse a la que imaginabas
Puede que el niño no vuelva entusiasmado a casa, que tarde en hacer amigos o que finalmente rechace una actividad que sus padres estaban convencidos de que disfrutaría. La quinta recomendación de Robbins consiste en permitir que la experiencia real sustituya a las expectativas construidas previamente por los adultos.
La Academia Americana de Pediatría recomienda prestar atención cuando las dificultades escolares o emocionales son persistentes y empiezan a interferir con el sueño, la alimentación, las relaciones, la asistencia a clase o el funcionamiento cotidiano. Dar autonomía y estar disponible no son estrategias incompatibles: el reto está precisamente en saber cuándo dejar espacio y cuándo una dificultad necesita la intervención de un adulto.
La vuelta al colegio no solo exige una adaptación de los niños. Los padres también tienen que reajustar rutinas, expectativas y la manera de acompañar a sus hijos, especialmente cuando comienzan una nueva etapa educativa. El deseo de evitarles dificultades puede llevar a intervenir rápidamente ante un problema, aunque resolver cada obstáculo por ellos no siempre favorece el desarrollo progresivo de su autonomía.