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Empieza el día en el monte Igueldo de San Sebastián, buscando en el horizonte el misterioso destello verde

El monte Igueldo es algo así como el K2 de los turistas, un Himalaya urbano desde el que se ve mucho. El mar abierto, la bella ciudad haciéndose bahía, y hasta ese rayo que inmortalizó Julio Verne

Foto: Empieza el día en el monte Igueldo de San Sebastián, buscando en el horizonte el misterioso destello verde

El monte Igueldo es algo así como el K2 de los turistas por estas latitudes, un Himalaya urbano desde el que se ve mucho. El mar abierto, la bella e ilustre ciudad haciéndose bahía, y hasta -dicen- el destello verde, ese rayo misterioso pero real que inmortalizó Julio Verne. Más allá del pintoresco parque, Igueldo es una atracción. ¿Lo conquistarás a bordo del funicular? No encontrarás una emoción más vintage para ir al estreno de este día. Y a San Sebastián la amarás ahora y siempre. Aunque ya sabes que te estamos dando muchas otras opciones para despertar en verano.

• Tu momento despertar de hoy

Acabas de echarte a la calle con las ganas intactas, dispuesto a amar esta ciudad como se baila un tango. Todo te parece un sueño. Tienes ganas de pisar los contornos de la barandilla de La Concha, que nada tiene que envidiar a los puentes parisinos sobre el Sena. Igueldo se te cuela en el paisaje; está, igual que tú, recién desperezado. Entonces es cuando te propones coronar su cima, después, eso sí, de haber espiado el sube y baja de las mareas, que aquí es religión, sobre todo de madrugadores.

La playa de la Zurriola, con Urgull e Igueldo al fondo. ©Euskadi Turismo
La playa de la Zurriola, con Urgull e Igueldo al fondo. ©Euskadi Turismo

Tras pasar por el ritual de comprobar que Urgull, la isla de Santa Clara e Igueldo están donde tienen que estar, pintando para ti el paisaje a lo Zuloaga, pero con muchísima más luz, toca ganar altura. No puedes imaginarte un comienzo de día mejor. Ni el bendito ‘continuará’ que, en honor al festival, será de cine, y, en honor al otro festival, a ritmo de jazz. Esto promete ser toda una jam session. Improvisamos.

• Vive la experiencia

Por supuesto, puedes tomar Igueldo a pie, pero lo suyo es hacerlo en funicular (sale cada 15 minutos), un tren de cremallera que funciona desde 1912 y que te brindará una emoción antigua, de taza de porcelana, Baroja y balneario. De cuando las sensaciones se experimentaban a cámara lenta. Abriéndose paso el ingenio a trancas y barrancas entre las espesura casi selvática de los helechos y las gigantescas hortensias, con tiempo más que de sobra para desenfundar gadgets y disparar fotos y autofotos, mientras llegas sin velocidad de vértigo a un singular parque de atracciones de los que ya no hay, en el que la ‘montaña suiza’, que no rusa, es la reina.

Luego, hay ponis, salas de espejos, río misterioso y un laberinto de 1930, casi otro mundo. Lo que te espera en estas alturas, sobre todo, es el grandioso espectáculo de mirar y mirar alrededor. Si quieres desde el Torreón, el viejo faro conocido como La Farola. Con suerte, serás testigo de ese fenómeno óptico extraordinario conocido como ‘el destello verde’, a la hora del orto o a la del ocaso.

•  Hoy te sientes como…

Ethan Hawke y Julie Delpy recorriendo Viena como Jesse y Celine en Antes del amanecer, de Richard Linklater, el primer y feliz capítulo de su trilogía sobre el amor. Aunque puede que prefieras encarnar al protagonista de El rayo verde, de Julio Verne. Estás dentro de su novela más romántica, publicada por entregas en Le Temps en 1882, a la que también le puso imaginación. 

Aunque no toda, porque el destello amarillo verdoso en cuestión, aunque hay quien dice haberlo visto azulado e incluso violeta en un más difícil todavía, es un fenómeno óptico real que ocurre en el horizonte cuando el sol sale o se esconde, con el cielo despejado y la atmósfera limpia. Huye si el romanticismo no es lo tuyo, porque, según la leyenda y el padre de Phileas Fogg, si dos personas miran la luminaria a la vez quedarán unidas para siempre, cual Tristán e Iseo. No se podía esperar menos de una historia con un protagonista llamado Aristobulus Ursiclos. 

• El café del día

Un café Linizio Lungo, con notas de cereales y malta, que tienes que tomar con leche. Algo que en Donostia está emparejado con su excelencia el cruasán, un bollo de origen incierto que se tiene por francés y que te parecerá de aquí. Así se las gastan los maestros pasteleros, no solo los chefs. Te preguntarás enseguida si hasta la fecha habías probado otro igual.

• De la playlist de la DJ María Arias eliges...

Trumpets & Flowers, de Uner… My Touch Girl Original Mix de L. Mind… Tienes hasta diez opciones distintas. Pincha y disfruta de la música que te va a acompañar mientras respiras brisa desde lo alto del monte Igueldo.

• Qué puedes hacer después

A los pies de Igueldo tienes entrelazadas, como dándose la mano, las tres playas que refrescan la ciudad de San Sebastián. Ondarreta, con las famosas esculturas de Chillida peinando los vientos, y la Concha, todo un abrazo del mar, son las dos que dibujan la bahía hasta llegar al buen puerto, y la Zurriola, la de las olas y el surf. Andando desde el peine hasta el puerto te vendrá a la cabeza que fue residencia veraniega de reyes. Te sentirás igual.

El Peine de los Vientos. ©Euskadi Turismo
El Peine de los Vientos. ©Euskadi Turismo

De Ondarreta a la Concha, pasando por La Perla y el Londres

Belle Époque no es solo una película ni un recuerdo. Lo comprobarás cuando vayas desde Ondarreta hasta la Concha, separadas ambas por el pico del Loro (el promontorio sobre el que se alza el palacio de Miramar), andando, que es el medio de transporte preferido del donostiarra de pro, incluso por delante de la bici, que ha ganado mucho terreno. Puedes hacerlo descalzo por la orilla o calzado por el interior, recorriendo la barandilla que separa la tierra del mar. En ninguno de los casos serás el único, sino al revés: formarás parte integrante de una comitiva de paseantes profesionales (damos fe), ataviados la mayoría con distinción (en San Sebastián no se chiringuitea). Pasarás por delante de La Perla, balneario aristocrático donde los haya, hoy templo de la talasoterapia, con una terraza sobre el mar que te llamará con la insistencia de un bolero, y del Londres, el mítico y evocador hotel decimonónico.

La bahía de la Concha desde la subida a Urgull. Foto: Euskadi Turismo
La bahía de la Concha desde la subida a Urgull. Foto: Euskadi Turismo

Llegar a buen puerto: ¿lo viejo, lo nuevo, subir a Urgull o hacerse a la mar?

Es probable que cuando llegues al final de la Concha, donde te esperan los jardines de Alderdi Eder, el tiovivo de este otro París y el ayuntamiento que fue casino, donde Rotschild y Mata-Hari se jugaron sus dineros, quieras hacer el camino inverso recreando el mito del eterno retorno, pero lo mejor es adentrarse en los vericuetos del puerto, al refugio de los barcos cantábricos y al olor de las irresistibles sardinas que se sirven en tabernas que tienen, para entendernos, cierto encanto lisboeta. Ahora que has llegado a buen puerto y que has descubierto el San Sebastián más marinero, puedes elegir entre:

- Conquistar el Monte Urgull (sí, el del Cristo que se sufragó por suscripción popular), y entonces ya solo te quedará Ulía de las cimas urbanas.

- Coger la senda del Paseo Nuevo que te llevará hacia la desembocadura del Urumea, con paradas obligadas en los insignes teatro Victoria Eugenia y hotel María Cristina, nobles por demás; te depositará ante los muros del Kursaal de Moneo, y te hará arribar a la playa brava y surfera de la Zurriola, en el barrio de Gros.

- Hacerte a la mar abierta en el ‘Ciudad de San Sebastián’, que te sacará de la bahía, o coger una barquita hasta la sorprendente isla de Santa Clara, donde también, vaya vaya, hay playa, y a la que se puede ir de excursión o de picnic. Es un merendero varado en el mar.

- Sumergirte en ese otro mar adentro que es ‘lo viejo’, el paraíso del comer de pie, o sea, de pinchos, navegando por la calle 31 de agosto, entre bares (La Cepa, La Viña, A Fuego Negro…) y casas con solera, o sea, las que sobrevivieron al incendio; las iglesias de Santa María y San Vicente, la plaza de la Constitución, con sus balcones numerados para (des)uso taurino, y el museo de San Telmo, al que le ha salido un jardín vertical. Todo entre hordas de turistas y nativos, y mucha mucha animación.

La plaza de la Constitución. ©Euskadi Turismo
La plaza de la Constitución. ©Euskadi Turismo

- Visitar el histórico acuario, ya modernizado, pero toda una institución (se fundó en 1928), aunque la mejor de las 'peceras', sin lugar a dudas, está extramuros, en el anchuroso mar.

La guinda del pastel (vasco): las vistas desde Ulía

Habíamos dicho que desde Igueldo las vistas son de escándalo y nos reafirmarnos, pero queda por decir, sobre todo a los oídos del viajero que resulta incansable, que nadie se puede ir de San Sebastián sin haber trepado, aunque sea en coche, al monte Ulía y haber abierto de par en par los ojos. Bueno, y la boca, porque aquí está el restaurante Mirador de Ulía, de Rubén Trincado, en lo alto, y un maravilloso albergue donde también dan de comer y con fabulosas vistas desde su recoleta pero inolvidable terraza. Allí abajo, a sus pies, nos espera Arzak, ya en el camino a Irún, a Francia.

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