Así han cambiado los relojes de los papas hasta el Apple Watch de León XIV
A veces los accesorios más interesantes no son los más caros, sino los que mejor explican quién los lleva
Los relojes siempre han contado más cosas de las que parecen. Hablan de dinero, de estatus, de profesión, de obsesiones personales y, muchas veces, de cómo alguien quiere ser percibido. Por eso resulta tan interesante la imagen que estos días circula por redes sociales comparando los relojes de cuatro papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y el recién elegido León XIV.
Aunque la imagen simplifica bastante la realidad, sí refleja una evolución bastante llamativa en la forma de entender el poder dentro de la Iglesia Católica durante las últimas décadas.
La secuencia parece casi diseñada por un sociólogo de consumo. Del Rolex Datejust asociado a Juan Pablo II se pasa a un Junghans minimalista con Benedicto XVI, después al famoso Casio MQ-24 de Francisco y, finalmente, a un Apple Watch en la muñeca de León XIV. No es solo una cuestión de relojes. Es una fotografía de cuatro momentos históricos diferentes.
Juan Pablo II pertenecía a una generación para la que determinados símbolos de autoridad no resultaban problemáticos. El papa polaco construyó una figura inmensamente popular y carismática, pero también profundamente institucional.
Durante décadas, un Rolex era simplemente un reloj excelente. No necesariamente una declaración de riqueza ostentosa, sino un objeto asociado al prestigio, la durabilidad y cierto éxito profesional. En los años ochenta y noventa nadie analizaba una muñeca papal con la misma intensidad con la que hoy se examinan los bolsos de una ministra o las zapatillas de un presidente. En aquel momento ese reloj rondaba los 1775 euros, ahora tiene un precio de unos 17000.
En los últimos años lo sustituyó por un Longines más ligero.
Con Benedicto XVI la conversación empezó a cambiar. Joseph Ratzinger siempre proyectó una imagen mucho más intelectual que mediática. De hecho, una de las frases que suelen utilizar quienes analizan su estilo es que representaba una elegancia académica casi centroeuropea. El Junghans que aparece en la comparación encaja perfectamente con esa percepción: diseño alemán, líneas limpias, ausencia de gestos llamativos. En la actualidad este reloj ronda los 1500 euros.
Hasta que llegó Francisco y alteró por completo las horas papales. Jorge Mario Bergoglio entendió desde el primer día que los símbolos importaban. Desde la primera vez que apareción en el balcón de la Plaza San Pedro, recordemos que cambió los tradicionales mocasines rojos por zapatos ortopédicos de piel negra. La cruz pectoral de oro, la reemplazó por una sencilla de plata, y también el anillo del pescador: eligió un anillo de plata en lugar del tradicional de oro. Renunció al apartamento papal tradicional, eligió vivir en la Casa Santa Marta, utilizó vehículos modestos cuando podía y convirtió la austeridad en una herramienta de comunicación extremadamente eficaz.
Su reloj, cómo no, terminó convirtiéndose en una pequeña leyenda de internet. Durante años se publicaron artículos, vídeos y análisis sobre aquel sencillo Casio MQ-24 de apenas unas decenas de euros que llevaba habitualmente. No porque fuera un gran reloj, sino precisamente porque no lo era. Mientras muchos líderes mundiales lucían piezas valoradas en miles o decenas de miles de euros, Francisco aparecía con un reloj de plástico que cualquiera podía comprar. La imagen funcionaba porque reforzaba exactamente el mensaje que quería transmitir. Humildad, sencillez y cercanía.
El experto en relojería Ben Clymer, fundador de Hodinkee, llegó a señalar en varias ocasiones cómo el fenómeno Francisco demostraba que el valor simbólico de un reloj puede superar con creces su valor económico.
Ahora, con la visita del Papa a Madrid, la atención se ha desplazado hacia León XIV. Desde su elección, muchos observadores han empezado a fijarse en detalles aparentemente secundarios de su imagen pública. Entre ellos, el reloj. Algunas fotografías recientes muestran que utiliza un Apple Watch en determinadas ocasiones, algo que encaja bastante bien con el perfil que se está empezando a dibujar de él. Porque si Francisco representaba la austeridad visible, León XIV parece encarnar otra idea distinta: la funcionalidad tecnológica.
Un Apple Watch no es un reloj de lujo, pero tampoco es un objeto especialmente ascético. Sirve para recibir mensajes, monitorizar actividad física, consultar información o mantenerse conectado. En cierto sentido, resulta bastante representativo del mundo al que se enfrenta este Papa. Hace muchísimo más que medir el tiempo, gestiona datos, ayuda en el día a día. Y hay que tener en cuenta que León XIV es un gran aficionado al deporte, especialmente le gustan el tenis, la natación y el béisbol. Algo que encajaría perfectamente con las utilidades de este reloj.
Durante décadas la autoridad se expresó mediante símbolos permanentes: coronas, anillos, báculos o relojes mecánicos diseñados para durar generaciones. Hoy vivimos en una cultura donde la utilidad inmediata tiene más valor que la permanencia. Un Apple Watch queda obsoleto en pocos años. Un Rolex puede pasar de padres a hijos durante décadas.
Probablemente por eso la imagen se ha viralizado tanto. No habla realmente de relojes. Habla de cómo ha cambiado nuestra relación con el poder, con el consumo y con la propia idea de autoridad. Y, de paso, recuerda algo que la moda lleva años demostrando: a veces los accesorios más interesantes no son los más caros, sino los que mejor explican quién los lleva.
Los relojes siempre han contado más cosas de las que parecen. Hablan de dinero, de estatus, de profesión, de obsesiones personales y, muchas veces, de cómo alguien quiere ser percibido. Por eso resulta tan interesante la imagen que estos días circula por redes sociales comparando los relojes de cuatro papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y el recién elegido León XIV.