“Abel vestía playero ibicenco en el aula de un MBA en Madrid, yo no daba crédito”: Linda Scaperotto nos abre las puertas de su vida en Ibiza
Linda llegó hace casi dos décadas a España para hacer un curso en el IE, se quedó ha construido su vida entre la isla y Madrid donde nos recibe
Linda Scaperotto supo desde muy joven que las apariencias engañan. Tal vez por eso, cuando conoció a Abel Matutes Prats —hijo del exministro y hoy empresario omnipresente en la Ibiza del lujo— recién llegada de Philadelphia y alejada completamente de los intríngulis de la sociedad española, descubrió un chico que le llamó la atención por razones inesperadas: “Vestía playero ibicenco en el aula de un MBA en Madrid, yo no daba crédito”, recuerda entre risas. “Pero tenía carisma. Y algo en él me decía que era muy especial”.
Pasó su infancia en Estados Unidos. Su madre, americana, la educó en inglés; su padre, un empresario de la misma nacionalidad, le inculcó el rigor y el gusto por los detalles. “Mi familia es mitad irlandesa, mitad italiana. Mucho genio, mucho gesto, mucha intensidad”, resume. Y es que ella tiene esa vitalidad y energía de los latinos.
Con una carrera en Ciencias Políticas y Literatura Española por una universidad de Nueva York, Linda se formó para convertirse en abogada. “Pero un día me di cuenta de que si ejercía en EE. UU., me ataba a un Estado para siempre. Y yo quería viajar”, recuerda. Así fue como decidió cambiar de planes y lanzarse a cursar un MBA: “Quería abrir puertas en empresas multinacionales, moverme, vivir otras culturas”.
Veinte años después de su primer aterrizaje, Linda ha formado con Abel una familia sólida, y ha construido su propia identidad. Lo suyo no es figurar, pero cuando habla —con un acento americano marcado, pero con la precisión y emoción de cualquier española— revela una personalidad magnética. Su estilo recuerda al de una diva de otra época: discreto, refinado, sin necesidad de exagerar. “Parece una actriz de Old Hollywood”, dicen los presentes al verla posar.
Una historia de amor poco convencional
Linda conoció a Abel en una clase de macroeconomía. Él, heredero de una de las familias más influyentes del país; ella, norteamericana e independiente hacía el curso en inglés pero quiso probar una clase en español.
Con Matutes se dio algo distinto. “Era sencillo. Y eso me pareció valiente”. La frase resume bien lo que la atrajo de él: su falta de afectación, su autenticidad. Linda no se dejó seducir por los brillos que quizá una compatriota del empresario hubiera visto en su apellido.
Durante la conversación, que transcurre en su casa de la isla, desliza admiración sobre el papel de su marido en la modernización de la hostelería ibicenca. Fue este el que junto a un socio trabajaron en el relanzamiento del Ushuaïa, convirtiendo lo que era una cadena hotelera de tres estrellas en un emporio del lujo y la noche con la visión musical de Jan, fundador del Ushuaïa Club. “Ahí se juntó el hambre con las ganas de comer”, recuerda. “Abel es el que ejecuta, el que lo hace rentable. Jan es el creativo que elige lo que va a ser tendencia antes de que lo sea”. Su marido y su socio, entre otros muchos proyectos, redefinieron la noche de Ibiza y llevaron a los DJ más importantes del mundo a un nuevo tipo de espacio: Universe.
Justo la tarde anterior a este encuentro se ha inaugurado Ibiza Gallery, un espacio dedicado al retail de lujo, además de combinar una oferta en arte, gastronomía y distintas experiencias de ocio. El complejo está ubicado en Playa d’en Bossa, una zona muy popular entre los visitantes de la isla, cerca del epicentro de la noche ibicenca y reúne a las mejores marcas de lujo.
Pero más allá del glamour y la farándula, Linda tiene claro lo que valora: la autenticidad. “He visto lo que es dejarse deslumbrar por el dinero. Y también lo que hay detrás. A mí me conmueve ver a una amiga entregada a su familia. Eso sí, me impresiona”, dice. “La gente cree que soy seria, pero es que en ambientes donde no me siento cómoda, me reservo. Solo me abro cuando hay energía limpia”.
Sus inquietudes
Linda llegó a Ibiza con 24 años para pasar 10 días y se quedó nueve años, empezó trabajando en marketing en la empresa: “Nunca había vivido con un hombre, ni había pensado en tener una familia numerosa. Pero me enamoré de él, del proyecto, de la isla”, recuerda. Hoy tiene cuatro hijos —dos chicos y unas gemelas que con 11 años, una de ellas ya tiene pensado lanzar su propia marca de cosmética—, y una agenda que conjuga su faceta de inversora, madre y mentora.
“Quería estar presente en la infancia de mis hijos, sin arrepentimientos. Me fui de la empresa cuando nacieron las gemelas: él viajaba, yo también, mi madre estaba enferma de cáncer… sentí que tenía que parar”, explica. Y así fue como se certificó como coach profesional en EE. UU. y lanzó su práctica en Madrid, con una sensibilidad especial hacia las mujeres emprendedoras, “descubrí que podía ayudar de otra forma”, confiesa.
Cada martes, Linda pasa consulta en Casa Calma, un proyecto sin ánimo de lucro en Madrid creado por una amiga “sagitario muy espiritual” donde terapeutas, astrólogas, músicos y coaches ofrecen su saber sin intercambio económico. “Soy buena amiga porque intento ser discreta y leal. Por eso la gente me cuenta cosas. Y por eso decidí formarme: para saber gestionar lo que recibo y poder ayudar de verdad”.
Me gusta la gente que sabe cuándo callar
Su despacho en Pozuelo está en proceso de inaugurarse: “Voy a empezar con un día a la semana. Luego ya veremos. A veces no hay que tenerlo todo planeado”, dice con la serenidad de quien ha aprendido a surfear la incertidumbre con sabiduría.
Su coaching no es de frases bonitas ni “espiritualidad de Pinterest”. Ella va al grano. “Te vas con un papel en la mano con metas, plazos y pasos claros. Si vienes, es para trabajar. Pero también para escucharte. Y para cambiar”.
Espiritualidad y pies en la tierra
Hablamos de coaching, pero también de astrología, intuición, empatía. “Soy de agua. Me guía mucho la energía. Y con los años he aprendido a hacer caso a esa vocecita interior. Antes no lo hacía. Ahora sí. Y nunca falla”, dice mientras recuerda cómo se ganó a una de sus mejores amigas, una gallega, a base de persistencia: “Al principio no me quería. Pero yo vi algo en ella. Y ahora sé que si le digo que salgamos a matar, lo deja todo”.
En su vida no hay división entre lo espiritual y lo tangible. Invierte en negocios, diseña planes de marketing y a la vez cree que hay energías que no se explican. “La gente me ve y piensa que soy pura lógica, pero no. Yo escucho mucho”, confiesa.
Estilo: lujo sin gritar
Aunque podría vestir de Dior cada día, Linda prefiere marcas como EGB, la tienda multimarca de su amigo Víctor, en Ibiza, o firmas discretas y sostenibles. “Abel compra en centros comerciales a buen precio y yo no soy de caprichos. Me gusta que las cosas duren. Me gusta el buen gusto, no el logo”. Sus tiendas fetiche son EGB (Ibiza) y Mallorca. De restaurantes no quiere hablar por no revelar lugares de encuentro tranquilos, pero menciona con cariño Ses Coles y Can Pau, de su amiga Alba, “dos sitios muy de ibicencos de verdad”.
Me guía mucho la energía. Y con los años he aprendido a hacer caso a esa vocecita interior. Antes no lo hacía. Ahora sí. Y nunca falla
Cuando hablamos sobre su físico, dice que se cuida, pero no se obsesiona. “Hago deporte cinco veces por semana, tanto por estética como por salud mental. Me ayuda a equilibrar energía”. Tiene gimnasio en casa y entrena en Madrid. ¿Complejos? “Claro que tengo. A veces me siento demasiado corpulenta comparada con mis amigas modelos. Pero luego pienso: esto es lo que hay, y me gusta”.
Mientras hablamos, pasan sus hijos y alguno interviene, se ve una mentalidad preclara en alguno de ellos, cuando lo mencionamos, ella confiesa que una de sus hijas, con 11 años, le pidió un préstamo a su padre para lanzar una línea de cremas, hizo el plan de negocio. “Yo también fui emprendedora. Con una amiga abrimos una tienda de puericultura en Ibiza cuando tuvimos nuestros primeros hijos. Siempre he tenido ese gusanillo”, explica.
Madrid como destino
Desde hace algunos años, Linda y su familia viven entre Ibiza, los veranos y en Madrid el resto del año: “Nos mudamos para que los niños tuvieran más opciones educativas. Y porque yo quería un colegio americano”.
En Pozuelo ha encontrado también un círculo de amigas que considera “su tribu”. “La mayoría son extranjeras. Linda no quiere ser famosa. Le gusta moverse sin que la miren, ayudar sin esperar nada a cambio y vivir al margen del ruido. Pero su historia, su mirada y su forma de estar en el mundo son dignas de atención. Conectada, maternal, espiritual, práctica, una mujer llena de dualidades que conectan.
Una vida entre bambalinas
Mientras Abel multiplica sus negocios, Linda prefiere el silencio. La discreción, para ella, no es timidez sino estrategia. “Hay poder en no estar siempre disponible”, dice. Pasa los veranos en Ibiza, pero no la verás en los photocalls ni en las mesas centrales de los beach clubs, ella se esconde en uno de los pocos lugares de la isla donde no hay cobertura, la Cala Aubarca. “Solo se puede llegar en barco, nos vamos todos los fines de semana de verano, es la forma en la que encontrar tiempo de calidad”.
“Pasan cosas muy bonitas en los márgenes”, dice con una media sonrisa. En su caso, los márgenes son físicos y simbólicos: fuera del núcleo social ibicenco, fuera de la exposición, pero presente, influyente.
Un hogar que no una casa
Vive en pegada a su suegro con vistas a Dalt Vila, rodeada de vegetación salvaje y una piscina que parece un espejo de agua. La casa huye de la sofisticación en los interiores, “quiero vivir en una casa que oiga a mis hijos”, confiesa, y es que desde hace tiempo la experta en marketing y coaching decidió que quería vivir en espacios acogedores. “Nos cambiamos de casa en Madrid y lo agradezco, mi marido se queja de que no tiene espacio para hacer barbacoas con amigos, pero yo prefiero no tardar diez minutos en llegar a donde me dejé las zapatillas”. En Ibiza reciben mucho más: ““Organizamos cenas BBQ, con amigos en casa, a mí me encanta la decoración de las mesas”, dice mientras coloca una composición de buganvillas y peonías en la mesa. “Llevo trabajando con este florista muchísimos años”, confiesa. Dejando claro que ella, para todo, busca gente en la que confiar.
Su casa, como ella, no grita. Mezcla texturas cálidas, piezas artesanales, obras de arte contemporáneo, entre ellas una de su amiga Blanca Cuesta, cuando le intentamos sonsacar de este y algún otro nombre propio solo nos dice: “Es una madre entregada, lo más importante en su vida es su familia”. Habla con admiración de su amiga Carla Pereyra (“una mujer listísima”).
En Ibiza, el silencio tiene otra densidad. “Aquí se escucha el viento. El mar. No hace falta música”. Sus hijos corren por el jardín sin móviles. Linda ha limitado los dispositivos al mínimo. “No quiero que pierdan la capacidad de aburrirse”. En una esquina del salón hay una librería baja. Allí se mezclan libros de feminismo, arte y política con cuentos infantiles y cómics. “Me gusta que todo esté mezclado. Como en la vida”.
Esta tarde cualquiera en su casa: Linda camina descalza sobre el cemento pulido de su porche. Tiene una jarra de limonada en la mano. Sus hijos juegan entre la casa del abuelo y la suya, mientras arrastran el jet-lag del vuelo anterior. “No sé si soy feliz. Pero estoy tranquila. Y eso ya es mucho”.
Linda Scaperotto supo desde muy joven que las apariencias engañan. Tal vez por eso, cuando conoció a Abel Matutes Prats —hijo del exministro y hoy empresario omnipresente en la Ibiza del lujo— recién llegada de Philadelphia y alejada completamente de los intríngulis de la sociedad española, descubrió un chico que le llamó la atención por razones inesperadas: “Vestía playero ibicenco en el aula de un MBA en Madrid, yo no daba crédito”, recuerda entre risas. “Pero tenía carisma. Y algo en él me decía que era muy especial”.