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Ralph Adolphs, neurocientífico, sobre las emociones de un animal: “Son conscientes de sus propias emociones”

Las emociones no son una característica exclusiva de los seres humanos. La neurociencia lleva décadas estudiando cómo distintas especies responden ante amenazas, recompensas o situaciones sociales,

Foto: El neurocientífico habla sobre las emociones de los animales (Youtube)
El neurocientífico habla sobre las emociones de los animales (Youtube)

Las emociones no son una característica exclusiva de los seres humanos. La neurociencia lleva décadas estudiando cómo distintas especies responden ante amenazas, recompensas o situaciones sociales, y ha encontrado patrones de conducta y mecanismos cerebrales que permiten analizar esos estados sin depender de lo que un animal pueda “contarnos”. Sin embargo, una cuestión resulta bastante más difícil de resolver: si esos animales experimentan conscientemente lo que sienten.

Ralph Adolphs, neurocientífico y profesor del California Institute of Technology (Caltech), aborda precisamente esta frontera entre lo que la ciencia puede medir y aquello que todavía resulta difícil demostrar. Para el investigador, existen argumentos sólidos para atribuir emociones a numerosos animales, aunque conviene distinguir entre tener un estado emocional y poder demostrar científicamente su experiencia consciente.

placeholder Convivir con una mascota también puede favorecer momentos de desconexión y contacto con el entorno. (Magnific)
Convivir con una mascota también puede favorecer momentos de desconexión y contacto con el entorno. (Magnific)

¿Qué necesita una conducta para considerarse una emoción?

Adolphs propone estudiar las emociones mediante características observables y medibles. Entre ellas aparecen la prioridad (un estímulo emocional puede imponerse sobre otras conductas), su valencia positiva o negativa, la intensidad variable de la respuesta y su capacidad para mantenerse durante cierto tiempo.

Con estos criterios, explica, muchos comportamientos observados en animales, incluidos perros y gatos, encajan perfectamente dentro de lo que denomina “emociones funcionales”. Es decir, estados internos que modifican la conducta del organismo y le permiten responder de manera flexible ante lo que sucede a su alrededor.

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El matiz aparece cuando se intenta averiguar cómo se sienten esos estados desde la perspectiva del propio animal. “No tengo ninguna duda de que también tienen experiencias conscientes de las emociones”, sostiene Adolphs. El problema, reconoce, es metodológico: actualmente no existe una prueba científica capaz de comprobar directamente esa experiencia subjetiva en otra especie.

Sentir una emoción y poder demostrarla no es lo mismo

La dificultad también existe entre humanos. Sabemos que estamos tristes, enfadados o asustados porque podemos acceder a nuestra propia experiencia y describirla. Un animal no puede comunicar esa vivencia mediante el lenguaje humano, por lo que convertir la consciencia subjetiva en requisito para estudiar sus emociones dejaría a la ciencia ante un problema prácticamente irresoluble.

Adolphs plantea por ello separar ambos niveles. La neurociencia puede estudiar qué provoca un estado emocional, cuánto dura, cómo cambia de intensidad y qué comportamiento desencadena sin necesidad de resolver primero el complejo problema de la consciencia.

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Es una estrategia similar a la empleada para investigar otros procesos cerebrales, como la memoria o la visión. Los científicos pueden estudiar cómo funcionan sin tener que demostrar qué experiencia consciente acompaña a cada proceso.

Esta distinción evita además una conclusión demasiado sencilla: observar miedo, alegría o apego en una mascota no permite saber exactamente cómo vive internamente esa emoción.

Las emociones no son una característica exclusiva de los seres humanos. La neurociencia lleva décadas estudiando cómo distintas especies responden ante amenazas, recompensas o situaciones sociales, y ha encontrado patrones de conducta y mecanismos cerebrales que permiten analizar esos estados sin depender de lo que un animal pueda “contarnos”. Sin embargo, una cuestión resulta bastante más difícil de resolver: si esos animales experimentan conscientemente lo que sienten.

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