Mario Alonso Puig, cirujano: "La vergüenza no solo hace que una persona piense que ha cometido un error, sino que puede llevarla a creer que ella es el error"
Cuando deja de estar vinculada a lo que hemos hecho y pasa a definir cómo nos vemos, puede alimentar el rechazo hacia uno mismo, el miedo a exponerse y distintas estrategias para ocultar la vulnerabilidad ante los demás
Sentir vergüenza después de equivocarse forma parte de la experiencia humana. El problema puede aparecer cuando la valoración deja de centrarse en una conducta concreta y se transforma en un juicio negativo sobre uno mismo. Ya no se piensa únicamente “he hecho algo mal”, sino que la sensación empieza a acercarse a “hay algo malo en mí”.
Esta diferencia es la que destaca Mario Alonso Puig, médico y cirujano, al abordar cómo puede afectar la vergüenza a la percepción personal: “La vergüenza no solo hace que una persona piense que ha cometido un error, sino que puede llevarla a creer que ella es el error”.
Cuando el juicio pasa del comportamiento a la identidad
La distinción resulta importante. Una equivocación puede reconocerse, repararse y servir para modificar una conducta. Sin embargo, cuando la vergüenza alcanza a la propia identidad, puede alimentar pensamientos de inferioridad, rechazo hacia uno mismo o miedo a ser juzgado.
Puig explica que, cuando alguien siente que existe algo “defectuoso” en su interior, puede comenzar a tratarse con dureza. Ese diálogo interno negativo mantenido puede afectar al bienestar emocional, aunque conviene evitar establecer relaciones automáticas entre sentir vergüenza y desarrollar un trastorno psicológico.
La vergüenza tiene además una dimensión corporal. Como otras emociones vinculadas a la amenaza social, puede acompañarse de respuestas de activación fisiológica, algo que Puig relaciona con la participación de estructuras cerebrales como la amígdala y con la respuesta del sistema nervioso simpático.
Las ‘máscaras’ para evitar mostrar vulnerabilidad
Otra consecuencia puede ser el deseo de ocultarse. Algunas personas reducen su exposición social, evitan determinadas situaciones o procuran pasar inadvertidas por miedo a que los demás descubran aquello que ellas mismas consideran inaceptable.
Pero la respuesta también puede adoptar la dirección contraria. Puig señala que una apariencia exageradamente segura o la necesidad constante de demostrar fortaleza pueden funcionar, en determinados casos, como mecanismos para proteger una vulnerabilidad que cuesta aceptar.
Sentir vergüenza después de equivocarse forma parte de la experiencia humana. El problema puede aparecer cuando la valoración deja de centrarse en una conducta concreta y se transforma en un juicio negativo sobre uno mismo. Ya no se piensa únicamente “he hecho algo mal”, sino que la sensación empieza a acercarse a “hay algo malo en mí”.