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Los duques de Windsor, una historia de amor y joyas

Eduardo VIII podía haber cambiado la historia del Reino Unido, pero permaneció en el trono menos de un año. La historia de las amantes de los
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Los duques de Windsor, una historia de amor y joyas
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    Eduardo VIII podía haber cambiado la historia del Reino Unido, pero permaneció en el trono menos de un año. La historia de las amantes de los reyes de Inglaterra es tan larga como la de su régimen parlamentario, pero las intenciones del nuevo rey de contraer matrimonio con la norteamericana Wallis Simpson, una mujer divorciada, le obligó a renunciar al trono.

    Durante décadas, los duques se intercambiaron valiosos regalos elaborados por Cartier. El apego por la Maison le venía al duque de familia: su abuelo el rey Eduardo VII, que ejercía gran influencia en el pequeño Eduardo, decía de Cartier que era “rey de joyeros y joyero de reyes”. No es de extrañar, por ejemplo, que Eduardo encargara al joyero la realización de un sello de platino y oro con rubís y zafiros engarzados para regalárselos a su futura esposa. La joyería Cartier muestra estas piezas por primera vez en España entre el siete y el 23 de noviembre (ver álbum).

    Y es que Wallis, que ya había estado casada en dos ocasiones, era la mujer más retratada en las revistas de moda y la más solicitada en las fiestas de la alta sociedad londinense. El maestro de fotógrafos Cecil Beaton decía de ella entonces que se había convertido “en el colmo de la elegancia. Todo Londres se aglutina a su alrededor (...) Es sin duda alguna el personaje público del momento”.

    Una boda y un peregrinaje

    Dos alianzas de platino elaboradas por Cartier sellaron en junio de 1937 la boda de Wallis y Eduardo en el castillo Candé à Monts, en la localidad francesa de Touraine. La pareja, convertida en titular del ducado de Windsor, comenzó entonces un largo peregrinaje que les llevó a las Bahamas durante la Segunda Guerra Mundial, donde Eduardo fue gobernador general, para acabar en París, ciudad en la que vivieron su amor hasta el fallecimiento del duque en 1972. Antes de las Bahamas había tenido lugar su reunión con Adolf Hitler y algunos jerarcas nazis, con quienes habían entrado en contacto a través de su amiga Diana Mitford, pero esa es una historia bien distinta.

    No hubo ciudad europea por la que los duques de Windsor no quisieran pasar durante sus primeros años de matrimonio, y para recordarlo encargaron a Cartier una pitillera y una polvera de oro con un mapa de Europa en sus tapas en el que las ciudades visitadas iban quedando marcadas con piedras de colores y unidas mediante líneas de esmalte rojas y azules.

    Tras su definitivo asentamiento en París, los duques de Windsor se convirtieron en un elemento fundamental de la alta sociedad francesa y en el filón favorito de la prensa rosa del momento. Liberados de obligaciones oficiales y protocolaria, se embarcan en una vida de lujo, fiestas y glamour, de Cannes a Saint Moritz y de Deauville a Palm Beach. Son tiempos de bailes, partidas de golf y recepciones informales, y de grandes piezas de joyería, como el collar draperie de turquesas y amatistas creado por Cartier en 1947, con el que Simpson se presentó en el baile de la Orangerie del Palacio de Versalles en 1953.

    Por entonces, Wallis ocupaba las portadas de Vogue y las mujeres se apresuraban a copiar su estilo de líneas depuradas; y el duque se convertía en el prototipo de aristócrata dandy: tartanes y cachemires de colores vivos marcaban una tendencia que décadas después sigue llevando el nombre de su ducado.

    Algunas de las mejores piezas de Cartier que fueron propiedad de la duquesa eran creaciones joyeras con motivos felinos, cuyo primer exponente fue el broche pantera con un zafiro cabujón de 152 quilates. Estas piezas nacieron del estudio parisino de la artista Jeanne Toussaint, en el que la pareja solía reunirse con la artista y otros amigos, como Beaton, que no ahorraba elogios del encuentro: “Una sensibilidad de artista y al pasión de un coleccionista se reúnen aquí para lograr un resultado de alto nivel intelectual”.

    Cartier recuperó las joyas en una subasta de Sotheby’s tras la muerte de la duquesa, en 1986, y desde entonces han sido expuestas en varios grandes museos de todo el planeta. Ahora llegan a la joyería de la casa en la calle de Serrano de Madrid, donde se exhiben acompañadas de dibujos preparatorios y fotografías, así como de algunas piezas felinas de otras dos grandes coleccionistas de joyas como Nina Dyer, que fue esposa del barón Thyssenwww, y Barbara Hutton.