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Viaja por Europa: si eres un sibarita, la suiza (y muy cool) Basilea está hecha para ti

Es la ciudad del Rin, casi alemana y casi francesa, otro reino de los de la bici y el buen vivir, llenita de museos y tan amante de la vanguardia como de la tradición. Aquí se brinda con cerveza

Foto: Basilea es para recorrerla en bici. (Foto: Getty Images)
Basilea es para recorrerla en bici. (Foto: Getty Images)

A no ser que te hayas despistado y lo que quieras sea un sol haciendo justicia, y tumbarte a la bartola a ver el mar y las olas pasar, esta ciudad vieja que ha hecho tradición de la modernidad te dará lo que buscas. Por su estampa, su pasión casi revolucionaria por la cultura, su buen vivir y, por supuesto, su gran río (el Rin). Basel es suiza por los pelos, porque por geografía, podría haber sido francesa o alemana, y en cierta manera lo es. De hecho, en la lengua de Goethe se la conoce como Dreiländereck. O sea, "esquina de los tres países". Basilea es la ciudad de las tres fronteras. No hay mejor lugar para burlarse de la rutina. Nos vamos.

Un río sin vals y muchísimos museos

Todos los caminos te llevarán al gran río, que empieza aquí (o termina) su viaje navegable al mar (del Norte). Hacia el sur irá a desaguar al lago Constanza. Es tan europeo e inmenso como el Danubio, pero no tiene vals. Si no es al río, los pies te llevarán al museo. Es difícil no tropezar con uno aquí, pues no se cuentan con los dedos de la mano ni aun con los de los pies: hay hasta cuarenta y no precisamente domésticos. Un clásico es el Museo de Arte (la morada del 'Retrato de una mujer de 34 años', de Holbein el Viejo) y uno de vanguardia, el del escultor de hierro Jean Tinguely (el padre de las maravillosas máquinas del arte cinético, gloria dadaísta), en un pabellón acristalado sobre el Rin, obra de Mario Botta. Es tan cultural Basel: alberga la feria del mercado internacional de arte de mayor fortuna (Art Basel), que acaba de celebrarse (del 14 al 17 de junio), y el gran evento de los relojes (Baselworld, en marzo).

Museo Tinguely, obra de Mario Botta. (Foto: Gtres)
Museo Tinguely, obra de Mario Botta. (Foto: Gtres)

La patria de Herzog & de Meuron

De Basilea te sorprenderá su modernidad con mayúsculas, como si esta se hubiera inventado aquí, a la sombra de su soberbia catedral gótica (Münster), que fue románica, sobrevivió a duras penas a un terremoto, y presume de torres irregulares. No hay nada como mirarla desde el Rin. Te acordarás de ella cuando salgan a tu encuentro las estrellas arquitectónicas de vanguardia, del ya citado Mario Botta (el edificio circular del Banco de Pagos Internacional), de Renzo Piano (Fundación Beyeler, de 127 metros de largo) o cualquiera de los delirios de los hijos del lugar, Herzog&de Meuron (centro polideportivo de Pfaffenholz, por ejemplo). Esos dos arquitectos que han revolucionado la arquitectura de hoy haciendo 'artesanal' la tecnología con mucha imaginación. Sí, los mismos que alumbraron y vistieron de verde el CaixaForum de Madrid. Basilea es como ellos: verde e innovadora, de bicicleta y edificio de última generación.

La catedral y el Rhin. (Foto: Gtres)
La catedral y el Rhin. (Foto: Gtres)

Una casa que es hotel, teatro y más

En el centro desembocarás sin querer en la Casa Roja, el ayuntamiento (Rathaus) llamado así por el color de su piedra arenisca, bellamente adornado y coronando la plaza del Mercado. Deja que engorden tus recuerdos. Y como lo que nos gusta es ser suizos como los que más mientras hayamos echado el ancla aquí, vamos a entrar en Teufelhof Basel, en pleno casco antiguo (Leonhardsgraben 49), que es una casa cultural y de invitados. Varios edificios históricos conectados entre sí que son el colmo del sibaritismo: hotel, restaurantes (Bel Etage para gourmets y Atelier), café, bar, tienda de vinos y hasta teatro. Como para no salir. Son fondas de ciudad donde van a parar los trasnochados felices con alma bohemia (y no tanto).

Una habitación del Hotel del Arte.
Una habitación del Hotel del Arte.

Si no tenemos todavía hotel, es el momento de preguntar por una de las habitaciones con ramalazo artístico que son redecoradas cada tres años con muebles de diseño y que hacen el 'hotel de arte', porque luego hay otro que es 'hotel galería', con 23 habitaciones exclusivas. Y está asentado sobre las históricas murallas, de las que aún quedan restos en el sótano. Casi una metáfora de la ciudad.

A pie, en bici y ¡en barco!

Estamos en una capital cultural y se nota; también ciudad universitaria donde las haya, la más vieja de Suiza (1459). En sus aulas enseñaron Erasmo de Rotterdam, Paracelso y Nietzsche; estremece pensarlo. Basilea es Basilea a pie, por supuesto, en bici (aquí, la reina) y, mejor aún, a bordo de un barco de los que surcan el Rin, rematado por parques y zonas verdes: hasta sus grandes puertos de carga y Rheinfelden, por la ruta de las esclusas. Es difícil no querer a esta ciudad: a su casco antiguo, sus librerías de viejo y sus boutiques a la última. Basel (en alemán) juega muy bien sus cartas.

Así es Basilea. (Foto: MySwitzerland)
Así es Basilea. (Foto: MySwitzerland)

Buenos tragos (de cerveza)

El Zum Braunen Mutz (St. Alban-Rheinweg 70) es cervecería, bar y restaurante. La cantina de basilienses de todas las generaciones: un puerto donde recalar y abandonarse a los buenos tragos. Podrás tomar la primera bebida del día, dentro del desayuno, y la última de la noche, mientras te sientes un suizo más. Y el río, cerca. Siguen los placeres cerveceros, que aquí llenan los días, en Stadtkeller (Marktgasse 11), la típica tasca en el centro con cocina suiza tradicional y muchas cervezas de barril.

Basilea sabe lo que es el buen vivir. (Foto: Gtres)
Basilea sabe lo que es el buen vivir. (Foto: Gtres)

La tentación de la Selva Negra

Y si vas en ruta, saca mapa y sitúate: estás a un paso de la Selva Negra (espesura, relojes de cuco y Herman Hesse) y el macizo de los Vosgos. Basilea es muy fría y norteña, tal vez calculadora, pero luego viene el carnaval y se vuelve tan mediterránea que pierde el juicio (lo dicen hasta en su oficina de turismo): tres días de fiesta muy callejera. El mismo alboroto del que hace gala su mercado de Navidad, muy tradicional, muy suizo y hasta idílico. Pero ahora es verano y lo suyo es acoplarse a la orillita del Rin.

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