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Sandra Ferrer, psicóloga: "Cuando alguien nos hiere ponemos una capa de defensas por delante"
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Sandra Ferrer, psicóloga: "Cuando alguien nos hiere ponemos una capa de defensas por delante"

A simple vista puede parecer frialdad, distancia o falta de entrega, pero muchas veces es otra cosa: una forma de protegerse

Foto: La psicóloga Sandra Ferrer. (Instagram/@programamia)
La psicóloga Sandra Ferrer. (Instagram/@programamia)

A veces lo que se ve desde fuera como frialdad, distancia o “miedo al compromiso” no es más que una reacción aprendida. La psicóloga Sandra Ferrer lo explica con una imagen sencilla: cuando alguien nos hiere, “ponemos una capa de defensas por delante”. No porque queramos vivir detrás de un muro, sino porque, en algún momento, ese muro fue la forma más rápida de no rompernos.

Ferrer describe la experiencia emocional como si estuviera organizada por capas. “En el núcleo duro está la esencia”, señala. Después llega “la herida”, que se forma con las experiencias difíciles, y por último aparece “la tercera capa: las defensas”. El problema, dice, es que esas defensas no solo frenan a quien podría hacernos daño: también impiden que alguien pueda conocernos de verdad. “Tú no quieres que una persona que no te conoce de nada vea tu parte esencial. Ni siquiera quieres que vea tu herida”, apunta.

De ahí nace una contradicción que muchas personas reconocen: deseo de intimidad y, a la vez, retirada. Ferrer lo resume así: “Nos morimos de ganas de enamorarnos” y de estar con alguien que nos acepte “tal como somos”, pero “a la vez no me muestro”, porque hay una parte protectora que “custodia la puerta de tu corazón” y repite el recordatorio de siempre: “Recuérdalo, la última vez… lo que nos pasó”. Esa vigilancia constante puede parecer exagerada, pero para ella tiene sentido si se mira con perspectiva: “Esa parte defensiva tenía una función muy válida. Fue la mejor manera que supiste… para sobrevivir”.

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El giro llega cuando lo que fue útil deja de serlo. Lo que un día fue “adaptativo”, advierte, “ahora ya no lo es”. Y ahí está la trampa: la defensa ya no te protege del todo, pero sí te limita. “Más bien, te está impidiendo vivir”, dice. En la práctica, esto se traduce en patrones repetidos: cortar una relación antes de saber si funciona, desconfiar de entrada o reaccionar con intensidad ante señales pequeñas.

Para salir de ese piloto automático, Ferrer propone entrenar una parte interna que llama “el yo testigo” o “yo observador”. Es ese lugar mental que puede mirar lo que pasa sin dejarse arrastrar. “Cuando la herida se activa, es muy ruidosa”, explica, y justo ahí conviene que aparezca esa voz que observa y pone palabras: “Se está activando fuerte la herida de abandono. Estoy dejando una relación antes de saber si realmente funciona”. No para juzgarse, sino para entenderse.

Cuando la herida se activa, es muy ruidosa

Ese “yo testigo”, dice, es “muy sabio, muy neutro” y ayuda a hacer algo que suele costar: reconciliarse con los propios protectores. “Nos reconciliaremos con estas defensas, les pondremos nombre”, plantea, porque nombrar lo que ocurre abre una opción distinta a reaccionar siempre igual. Y, sobre todo, introduce una idea incómoda pero liberadora: “Aquí me doy cuenta de que no todo es del otro”.

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Porque cuando la explicación se coloca siempre fuera, el dolor se queda intacto. Ferrer lo dice sin rodeos: “Cuando lo pongo todo en el otro, lo que estoy haciendo es huir del dolor”. Mirar hacia dentro no significa cargar con culpas ni justificar a nadie; significa recuperar margen de maniobra. Entender la defensa, agradecerle lo que hizo en su momento y decidir, poco a poco, si hoy te sigue haciendo falta… o si ya puedes abrir la puerta un poco más.

A veces lo que se ve desde fuera como frialdad, distancia o “miedo al compromiso” no es más que una reacción aprendida. La psicóloga Sandra Ferrer lo explica con una imagen sencilla: cuando alguien nos hiere, “ponemos una capa de defensas por delante”. No porque queramos vivir detrás de un muro, sino porque, en algún momento, ese muro fue la forma más rápida de no rompernos.

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