En el año 2000, cuando publicó Modernidad líquida, el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman puso nombre a una sensación difusa que atravesaba a las sociedades contemporáneas: la fragilidad. Nada parecía sólido. Ni el empleo, ni las relaciones, ni las identidades. Todo fluía, cambiaba, se deshacía. Como un líquido. Esa metáfora no era literaria, sino diagnóstica. En la modernidad líquida —explicaba— nada está diseñado para durar. Vivimos en adaptación constante, en una provisionalidad permanente que alimenta la incertidumbre. Y en ese escenario, la felicidad se convierte en un objetivo escurridizo. Años después, en una entrevista, lanzó una frase que resume su crítica cultural: “Sea cual sea tu rol en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar”.
Cuando Bauman afirma que “todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda”, no está condenando el acto de comprar en sí mismo. Lo que cuestiona es el desplazamiento simbólico que ha convertido el consumo en el principal camino hacia el bienestar. En el capitalismo tardío, sostiene, hemos reducido la felicidad a algo externo y adquirible. Se mide, se exhibe y se actualiza. La lógica del mercado ha ocupado el espacio que antes pertenecía a la comunidad, la espiritualidad o el conocimiento. El resultado es una felicidad asociada al rendimiento y a la posesión.
Piscis compra para llenar vacíos emocionales. (Pexels)
Esta visión contrasta con tradiciones filosóficas clásicas como la eudaimonía de Aristóteles o la serenidad defendida por los estoicos, donde el bienestar no dependía de lo que se tenía, sino de cómo se vivía. En Amor líquido, Bauman profundizó en el terreno de las relaciones personales. “Los vínculos humanos son hoy la principal fuente de felicidad y, al mismo tiempo, el mayor motivo de miedo”, escribió. En una sociedad donde todo es reemplazable, incluso el amor se vuelve provisional.
Paradójicamente, mientras la evidencia académica —como el conocido estudio longitudinal de la Universidad de Harvard sobre desarrollo adulto— apunta a que las relaciones de calidad son uno de los principales predictores de felicidad duradera, la cultura del consumo impulsa la búsqueda de satisfacción inmediata fuera de esos vínculos. Se produce así una tensión constante: deseamos conexión, pero tememos el compromiso. Buscamos seguridad, pero evitamos lo que exige permanencia.
Si ayudamos a un hijo con el 50% de la compra de un piso, ¿es una donación? (Foto: iStock)
Frente a ese panorama, la propuesta implícita del pensador polaco no es ascética ni moralizante. No se trata de demonizar el mercado, sino de recordar que existen otras fuentes de plenitud: trabajar en colaboración, meditar, estudiar, cultivar relaciones, participar en la comunidad. Actividades que no siempre producen euforia inmediata, pero que construyen sentido a largo plazo. Según numerosos estudios, las experiencias orientadas al crecimiento personal y al compromiso social se asocian con niveles más estables de bienestar subjetivo. Bauman insistía en que su papel no era definir qué es una sociedad feliz, sino “ayudar a los ciudadanos a entender lo que ocurre para que tomen sus propias decisiones”. Comprender el funcionamiento de la realidad —advertía— facilita encontrar sentido en un entorno cambiante.
En el año 2000, cuando publicó Modernidad líquida, el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman puso nombre a una sensación difusa que atravesaba a las sociedades contemporáneas: la fragilidad. Nada parecía sólido. Ni el empleo, ni las relaciones, ni las identidades. Todo fluía, cambiaba, se deshacía. Como un líquido. Esa metáfora no era literaria, sino diagnóstica. En la modernidad líquida —explicaba— nada está diseñado para durar. Vivimos en adaptación constante, en una provisionalidad permanente que alimenta la incertidumbre. Y en ese escenario, la felicidad se convierte en un objetivo escurridizo. Años después, en una entrevista, lanzó una frase que resume su crítica cultural: “Sea cual sea tu rol en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar”.