Hay un momento en la vida en el que el cuerpo empieza a “hablar”. No necesariamente a través de enfermedades, sino con señales más sutiles: una noche mal dormida pesa más que antes, el metabolismo se ralentiza o la recuperación tras el ejercicio deja de ser inmediata. Es entonces cuando el llamado reloj biológico comienza a hacerse evidente. Para el neurólogo Conrado Estol, este reloj interno es mucho más determinante que la edad cronológica. “Los pequeños pasos que tomás a los 30, 40, 50 años son los que te permiten que tengas 80 o 90 como los querés tener”, afirma. Su mensaje es claro: el envejecimiento no es solo cuestión de tiempo, sino de decisiones acumuladas.
En el interior de cada célula existe un sistema que mide el paso del tiempo: los telómeros. Estos fragmentos de ADN se acortan cada vez que una célula se divide, actuando como un contador biológico. Cuando se vuelven demasiado cortos, la célula pierde capacidad de regeneración y acaba deteriorándose.
Este proceso es natural, pero su velocidad depende en gran medida del estilo de vida. A partir de los 40 años —e incluso antes—, el peso de la genética disminuye y los hábitos ganan protagonismo. Estol lo explica con un contraste contundente: la duración de la vida puede variar enormemente entre individuos. Mientras John Lennon murió a los 40 años, la francesa Jeanne Calment alcanzó los 122. “Olvídate del reloj cronológico, hay un reloj biológico que es tu tiempo, el de tus células”, subraya.
Durante la juventud, el cuerpo compensa el desgaste con rapidez. A los 20 años, la reparación celular es eficiente. Sin embargo, con el paso del tiempo este proceso se ralentiza y el organismo necesita más esfuerzo para mantener el equilibrio. Factores como la alimentación, el ejercicio o el descanso influyen directamente en este desgaste. El estrés crónico, por ejemplo, eleva los niveles de cortisol, mientras que acostarse tarde altera el ritmo circadiano. Ambos desajustes obligan al cuerpo a consumir más energía de la necesaria. Además, cada órgano tiene su propio ritmo biológico. Cuando estos ritmos se desincronizan, el impacto no es inmediato, pero con los años pasa factura.
Para que no renuncies a hacer deporte al aire libre en invierno. (Pexels)
Aunque la mayoría de las personas reconoce la importancia de comer bien y mantenerse activo, Estol insiste en que hay otros factores menos visibles que son igual o más determinantes. “El que interesa es tu reloj biológico y el de tus órganos. Y para eso hay que hacer unos deberes: comida y ejercicio lo sabemos todos, pero no sobre el sueño”, explica. Dormir bien no es un lujo, sino una necesidad biológica clave. A esto se suma un aspecto menos tangible: el “alimento del espíritu”. Las relaciones sociales, los vínculos afectivos y la gestión del estrés forman parte del cuidado integral del organismo. Según el neurólogo, esta dimensión emocional y social es la más difícil de mantener, pero también la que marca la diferencia a largo plazo.
La imagen tradicional del envejecimiento está ligada al paso de los años. Sin embargo, la biología plantea una visión distinta: no envejecemos solo por el tiempo que pasa, sino por cómo lo vivimos. Dormir adecuadamente, moverse con frecuencia, mantener una dieta equilibrada y cultivar relaciones sociales activas no solo mejora el presente, sino que define el futuro. Son, en palabras de Estol, los “pequeños pasos” que determinan la calidad de vida décadas después.
Hay un momento en la vida en el que el cuerpo empieza a “hablar”. No necesariamente a través de enfermedades, sino con señales más sutiles: una noche mal dormida pesa más que antes, el metabolismo se ralentiza o la recuperación tras el ejercicio deja de ser inmediata. Es entonces cuando el llamado reloj biológico comienza a hacerse evidente. Para el neurólogo Conrado Estol, este reloj interno es mucho más determinante que la edad cronológica. “Los pequeños pasos que tomás a los 30, 40, 50 años son los que te permiten que tengas 80 o 90 como los querés tener”, afirma. Su mensaje es claro: el envejecimiento no es solo cuestión de tiempo, sino de decisiones acumuladas.