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Nazareth Castellanos, neurocientífica, sobre ser generosa: "Cultivar significa que tú siembras. Hay veces que no va a nacer algo, porque no todo depende de nosotros"
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Nazareth Castellanos, neurocientífica, sobre ser generosa: "Cultivar significa que tú siembras. Hay veces que no va a nacer algo, porque no todo depende de nosotros"

La neurocientífica sostiene que la ciencia apunta en otra dirección y explica por qué determinadas actitudes pueden desarrollarse con la práctica

Foto: Nazareth Castellanos, neurocientífica y doctora en neurociencia. (YouTube: Aprendemos Juntos)
Nazareth Castellanos, neurocientífica y doctora en neurociencia. (YouTube: Aprendemos Juntos)

Ser generoso no siempre nace de forma espontánea. A veces se entrena, se practica y se incorpora poco a poco a la manera en la que miramos a los demás. Así lo explica la neurocientífica Nazareth Castellanos, que defiende que la generosidad no es solo un rasgo fijo de la personalidad, sino una actitud que puede trabajarse.

La experta hace referencia a un estudio en el que se preguntó a distintas personas si se consideraban generosas o altruistas. Muchas respondieron que no especialmente, como si esa forma de comportarse dependiera únicamente del carácter. Sin embargo, la investigación planteó algo distinto: probar durante un tiempo a actuar de manera más generosa de forma voluntaria.

El resultado, según explica Castellanos, fue revelador. Las personas que eligieron practicar pequeños gestos de generosidad experimentaron cambios asociados a un mayor bienestar. No se trataba de fingir una emoción ni de obligarse a ser feliz, sino de crear las condiciones para que esa forma de estar en el mundo pudiera aparecer.

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Ahí es donde la neurocientífica introduce una idea clave: “Cultivar significa que tú siembras”. Para Castellanos, cultivar no implica controlar por completo el resultado. Igual que ocurre con una semilla, puede que algo no brote o que no salga exactamente como esperamos, porque no todo depende de nosotros. Pero sembrar aumenta las posibilidades de que algo cambie.

Esta visión resulta especialmente interesante porque aleja la generosidad de la exigencia moral. No se trata de ser perfecto ni de estar siempre disponible para los demás, sino de empezar por acciones pequeñas: escuchar con más atención, ofrecer ayuda cuando es posible, agradecer, compartir tiempo o tener un gesto amable sin esperar una recompensa inmediata.

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La neurociencia lleva años estudiando cómo determinados hábitos influyen en el cerebro y en el bienestar emocional. En este caso, Castellanos señala que la práctica voluntaria de la generosidad puede relacionarse con cambios cerebrales y con una mejora en la sensación de felicidad. Dicho de otra forma: actuar de forma más generosa también puede transformar cómo nos sentimos.

La idea no es convertir la bondad en una obligación, sino entenderla como una práctica cotidiana. Porque, como recuerda la neurocientífica, cultivar es sembrar. Y aunque no siempre podamos decidir qué nace, sí podemos elegir qué tipo de gestos ponemos cada día sobre la mesa.

Ser generoso no siempre nace de forma espontánea. A veces se entrena, se practica y se incorpora poco a poco a la manera en la que miramos a los demás. Así lo explica la neurocientífica Nazareth Castellanos, que defiende que la generosidad no es solo un rasgo fijo de la personalidad, sino una actitud que puede trabajarse.

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