largo recorrido

Mongolia, Etiopía, Canadá: los países por los que suspiran los grandes viajeros

Un país pluscuamperfecto en la América septentrional, una tierra legendaria y épica en la Asia profunda y un reino mítico en la África más genuina y ancestral. Todo horizonte

Foto: El parque Gorkhi-Terelj de Mongolia (Foto: © GML / Getty Images / Lonely Planet)
El parque Gorkhi-Terelj de Mongolia (Foto: © GML / Getty Images / Lonely Planet)

Esta vez no vamos a hablar de pequeños rincones, sino de grandes países, de los lugares que uno siempre tiene a mano por si llega la imperiosa necesidad de soñar. De esos destinos que ponen en danza a todos los Phileas Fogg e incluso a los doctores Livingstone (supongo), exploradores sin fronteras a los que les gusta perderse para encontrarse, a lo Cortázar. En algún lago idílico de la perfecta Canadá, en la Mongolia infinita y nómada o en ese cuerno donde habita un país que hace al continente negro más ancestral, Etiopía. Los tres forman parte del ranking 'Best in travel' de Lonely Planet para 2017. Al país americano, alumno aventajado, le encontramos en primer lugar. Al asiático, en el séptimo. Y al africano, en el número 10. No hemos hecho las maletas aún, pero nos vamos. De continente en continente.

La perfecta, bella, verde e inabarcable Canadá

En Canadá todo es a lo grande; ella misma (en femenino) es el segundo país en tamaño, después de Rusia. La más septentrional, la de más kilómetros de litoral... No importa que sean las montañas, los bosques, los lagos o las cascadas. De todo hay mucho y de grandes dimensiones, así que el adjetivo 'espectacular', que nos solemos reservar para contadas ocasiones, aquí se vuelve tan normal. Y todo, claro, de postal, de bella postal. No solo las cataratas del Niágara, con la Horseshoe (suponemos que de la buena suerte), en Ontario, a la cabeza, sino el lago glaciar Peyto, dentro del parque nacional Banff, que nada tiene que envidiar a esas aguas turquesas y prometedoras de las Seychelles o las Maldivas, en versión alpina, por supuesto; tantos otros parques nacionales cuajados de tesoros (naturales) que salpican su boscosa geografía –ahí está el lago O’Hara en el de Yoho o el Wall Lake en el de Waterton Lakes, a cual más maravilloso-, y tanto paisaje virgen, sin alterar, como la bahía Hudson, en medio del océano Ártico, habitada por los osos polares y todo un mar interior.

El lago Moraine en el parque nacional Banff (Foto: © Justin Foulkes / Lonely Planet)
El lago Moraine en el parque nacional Banff (Foto: © Justin Foulkes / Lonely Planet)

No hemos hablado aún del glaciar Athabasca o sus cascadas, en las Montañas Rocosas, ni del cementerio de esqueletos de dinosaurios Dinosaur Provincial Park, o del puente colgante de Capilano, de 140 metros de longitud y a 70 metros del suelo, en Vancouver. Sí, Canadá es puro National Geographic, un paraíso para naturalistas, senderistas, montañeros, escaladores, fotógrafos y amantes de la madre tierra en general.

El hotel Prince of Wales es como Canadá: irresistible
El hotel Prince of Wales es como Canadá: irresistible

La retahíla de parajes es el cuento de nunca acabar. Este país es todo él un abrazo a la Pachamama (como la llamaban los incas), porque aun cuando se vuelve ciudad, esta ejerce de hija verde y respetuosa. Qué decir de Quebec, que presume de casco histórico diociochesco, tan afrancesada ella y encantadora, o de bellos pueblecitos, como Les Éboulements; o de Vancouver, ciudad sostenible donde las haya. Y luego están los bosques de arce, que es el árbol nacional, como el castor, tan de dibujos animados, su animal, con permiso de los renos y los alces; la Policía Montada y la mezcla de culturas inglesa, francesa e indígena (ay, sus tótems). No podía ser más bella ni más multicultural.

Para dormir: el Prince of Wales Hotel, con vistas al Waterton Lake, entre las montañas del parque nacional del mismo nombre, en Alberta. Desde 162 euros.

Mongolia, donde la vida se hace nómada

Antes de viajar a este país en medio de Asia, nada como tragarse la película alemana 'El perro mongol' (2005), de la directora Byambasuren Davaa (o su anterior 'La historia del camello que llora'); noventa minutos cinéfilos para darse cuenta de lo que es bueno. De todo lo que guarda esta tierra que formó parte de aquel imperio mongol en manos del legendario guerrero Gengis Khan, desde su capital, Ulán Bator, donde aún se respiran aires soviéticos (por sus inmensos y grises edificios de apartamentos), historia manda, junto a las tradicionales yurtas, los viejos templos, algún que otro palacio de invierno, museos plagaditos de historia –sus anales son infinitos– o un museo de los dinosaurios, también aquí (Mongolia está llena de huellas), hasta el macizo del proverbial Altái (las montañas de oro) o el desierto del Gobi, por fin.

La entrada al paraíso, en el Gran Burkhan Khaldun (Foto: © A. Duurenjargal / Unesco)
La entrada al paraíso, en el Gran Burkhan Khaldun (Foto: © A. Duurenjargal / Unesco)

Este país del Asia Oriental y Central, que fue chino (de Manchuria), no tiene acceso al mar, pero sí el horizonte de sus profundas estepas y sus altas montañas, que rivalizan en majestuosidad con el desierto. Lo que hace a Mongolia irresistible es su extensión (es el país menos densamente poblado del mundo), su legado épico y su modo de vida nómada, aún practicado por un tercio de la población, que es tibetana en su mayoría.

Están las yurtas, con sus muebles de quita y pon pintados a mano, y luego el lujo como el del Shangri-La
Están las yurtas, con sus muebles de quita y pon pintados a mano, y luego el lujo como el del Shangri-La

Faltan dedos de la mano para contar los lugares que son patrimonio de la humanidad por la Unesco (o lo serán): la cuenca del Uvs Nuur, compartida con Rusia, donde vive el leopardo de las nieves (en peligro de extinción); el paisaje cultural del valle del Orjón (mucha arqueología y la ciudad antigua de Karakorum), donde aún hoy apacientan sus rebaños los pastores nómadas; los conjuntos de petroglifos de Altái o el paisaje sagrado (aquí casi todo lo es) del Gran Burkhan Khaldun, ya lindando con los bosques de coníferas de la taiga siberiana. Y mientras, suena un violín de dos cuerdas (morin khuur) y se rinde culto al caballo, que es su animal.

Para dormir: el Shangri-La, en Ulán Bator. Desde 261 euros.

Etiopía, el otro país de las maravillas

Demasiado a menudo se cae en el error de meter a todos los países del África de más allá del desierto del Sáhara en el mismo saco, cuando lo son cada uno a su manera. Y no digamos Etiopía. La antigua Abisinia es pura leyenda, aunque luego se hace realidad en cada uno de sus monumentos, muchos declarados por la Unesco patrimonio de la humanidad. No es casualidad que sea tan auténtico, tan original, tan distinto a todo e igual a nada; de hecho, es el único país africano que no fue colonizado por una potencia extranjera. Casi un milagro. Con un calendario suyo, un sistema horario propio, un alfabeto particular y costumbres muy ancestrales. Y por si fuera poco, aislado del mundo y su ruido los años de la dictadura brutal del coronel Mengistu, de 1974 a 1991.

La misteriosa y lejana Etiopía (Foto: © Philip Lee Harvey / Lonely Planet)
La misteriosa y lejana Etiopía (Foto: © Philip Lee Harvey / Lonely Planet)

Hablamos de Adís Abeba, la orgullosa y caótica capital, y de mucho más allá, hasta llegar a las profundidades del valle inferior del río Omo, fuera del tiempo, donde los hombres y mujeres se ponen los platillos labiales y las escarificaciones son la prueba del honor de los guerreros; pasando por Lalibela, la Petra africana, con sus iglesias ortodoxas del siglo XII excavadas en la roca, donde todavía se reza como se rezaba, con los mismos ritos (son cristianos los más). De impresionar. Hay que olvidarse de las Molucas; no hay nada más exótico ni fascinante que viajar al cuerno de África –que se lo digan a Kapuściński- para reencontrarse con las antiguas civilizaciones y el que es, digámoslo así, el país de las maravillas.

Lalibela, la Petra (y la perla) de Etiopía (Foto: © Vincent Ko Hon Chiu / Unesco)
Lalibela, la Petra (y la perla) de Etiopía (Foto: © Vincent Ko Hon Chiu / Unesco)

El del Nilo Azul, el gran río, y su lago Tana, el de Gondar y su sorprendente castillo de Fasilides, el del otro emperador, Haile Selassie, el último (hasta el 1974 de Mengistu), el que no tiene salida al mar, desde que Eritrea, que era su orilla, se hizo independiente; el segundo país más poblado del continente, tras Nigeria; el de las sabanas, el de las danzas acrobáticas y el café (no todo iba ser de Colombia). Y, sí, también el del hambre y la sequía, por desgracia, que aún así está promocionándose como destino turístico. Etiopía es la patria de Lucy, la autrolepiteco, el esqueleto de 3,2 millones de años que puede verse en el Museo Nacional Etíope de la capital.

Aunque la situación ha mejorado desde el pasado 9 de octubre, el Ministerio de Asuntos Exteriores español recomienda viajar con extrema precaución y abstenerse de hacerlo por determinadas zonas (rojas). Más información, aquí.

Para dormir: el Sheraton Addis, en el centro de Adís Abeba, junto al Museo Nacional.

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