Bad Bunny más allá del fenómeno global: infancia humilde, amores mediáticos y contradicciones de una estrella
El artista puertorriqueño atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera mientras su vida sentimental, sus raíces familiares y su activismo siguen alimentando el fenómeno global que rodea a Benito Martínez Ocasio
Cuanto más grande se hace la estrella, más empeñado parece Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como Bad Bunny, en recordar de dónde viene. En un momento en el que llena estadios, lidera listas globales y convierte cada aparición pública —de la Met Gala al intermedio de la Super Bowl— en un acontecimiento viral, el artista puertorriqueño sigue hablando de Vega Baja, de su familia y de aquella vida sencilla que tenía antes de que el mundo entero aprendiera a pronunciar su nombre.
Ahí reside parte de su magnetismo. Detrás del cantante que revolucionó el reguetón hay un hombre tímido que soñaba con cantar mientras observaba el mar de Puerto Rico. Nació el 10 de marzo de 1994 en Bayamón, aunque creció en Almirante Sur, una comunidad de Vega Baja donde todavía hoy se le recuerda como “el chico que cantaba en el balcón”. Su padre, Benito Martínez, trabajaba como camionero; su madre, Lysaurie Ocasio, era profesora de inglés. En casa sonaban las baladas de Juan Gabriel, la salsa clásica y el merengue, una banda sonora que acabaría moldeando el oído musical del artista mucho antes de que descubriera el trap.
A diferencia de otras historias asociadas al género urbano, la suya no está marcada por la marginalidad ni por una adolescencia especialmente conflictiva. Él mismo ha contado en varias ocasiones que era feliz en casa y que prefería pasar tiempo con su familia antes que estar horas en la calle. Mantiene además una relación muy estrecha con sus hermanos menores, Bernie y Bysael, a quienes considera casi sus mejores amigos. Esa conexión familiar sigue estando muy presente en su discurso incluso ahora, cuando vive entre giras internacionales —como la que le ha traído este mayo y junio a España—, campañas de lujo y mansiones millonarias.
Bad Bunny en la Met Gala 2024. (Getty Images)
La música apareció pronto. Desde niño acompañaba a su madre a la iglesia y cantó en el coro hasta los 13 años. Después llegaron Daddy Yankee, Héctor Lavoe y los primeros freestyles improvisados para divertir a sus compañeros del instituto. Aunque era reservado, encontró en el arte una manera de expresarse. También en la estética. Mucho antes de convertirse en icono de moda, ya mostraba interés por el skate y la lucha libre, dos universos que han influido después en su forma de vestir y en esa mezcla de masculinidad clásica y códigos fluidos que define su imagen pública.
Resulta llamativo que alguien que ahora representa el éxito global del reguetón estuviera lejos del circuito habitual de la industria musical puertorriqueña. Otros artistas surgían desde San Juan, pero Benito grababa canciones desde Vega Baja y las subía a SoundCloud mientras estudiaba Comunicación Audiovisual en la Universidad de Puerto Rico en Arecibo. Para sobrevivir, trabajó empaquetando compras en un supermercado. Aquella doble vida —universitario de día, artista emergente de noche— terminó cambiando cuando el tema 'Diles' empezó a circular en internet y llamó la atención del productor DJ Luian.
El resto pertenece ya a la historia reciente de la música latina. 'Soy peor' se convirtió en un himno generacional y abrió la puerta a una carrera meteórica que transformó el trap latino en fenómeno mainstream. Pero incluso en pleno ascenso, Bad Bunny ha querido dar una imagen muy distinta a la del artista inaccesible. Su nombre artístico, de hecho, nace de una fotografía infantil en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadado durante un Domingo de Resurrección.
Su activismo político
Su dimensión pública, sin embargo, no se explica solo por la música. Benito ha sabido construir un personaje que mezcla vulnerabilidad emocional, provocación estética y activismo político. En Puerto Rico, su implicación social terminó de consolidar una conexión con gran parte del público. En 2019 salió a las calles junto a Residente y Ricky Martin para protestar contra el entonces gobernador Ricardo Rosselló en unas manifestaciones históricas que paralizaron la isla. Aquel gesto lo alejó definitivamente de la imagen del artista despolitizado.
El cantante puertorriqueño en su actuación en la Super Bowl. (Getty Images)
También se ha convertido en una figura especialmente relevante dentro del debate sobre las nuevas masculinidades en la música urbana. Ha apoyado públicamente los derechos LGTBIQ+, criticado comentarios homófobos dentro del género y reivindicado mensajes contra la violencia hacia las personas trans. Uno de los momentos más comentados llegó durante su actuación en el programa de Jimmy Fallon, cuando apareció con una camiseta denunciando el asesinato de Alexa Negrón Luciano —una mujer trans— en Puerto Rico.
Las mujeres de su vida
Y luego están las relaciones sentimentales, uno de los aspectos que más curiosidad despierta alrededor del cantante. Aunque siempre ha intentado preservar cierta intimidad, su vida amorosa ha terminado ocupando titulares. La relación más importante y duradera de su vida pública es probablemente la que mantuvo con Gabriela Berlingeri. Se conocieron en 2017 en Puerto Rico y durante años construyeron una historia discreta, lejos de la exposición constante que rodea al artista. Ella participó incluso en el tema ‘En casita’ y fue quien fotografió una de las portadas más comentadas de Rolling Stone protagonizadas por el cantante.
Su ruptura, nunca explicada del todo, alimentó especulaciones durante meses. Más aún cuando ambos volvieron a ser vistos juntos a comienzos de 2025 durante las fiestas de San Sebastián en Puerto Rico.
Bad Bunny en una foto de archivo. (EFE)
La relación con Kendall Jenner representó, en cambio, el otro extremo con paparazzi, alfombras rojas y atención mediática permanente. Desde sus primeras imágenes juntos en Beverly Hills hasta sus apariciones compartidas en Coachella o campañas para Gucci, la pareja se convirtió en una de las más observadas del panorama internacional. La historia terminó entre rumores de idas y venidas.
Mucho más delicada fue la polémica con Carliz de la Cruz, su pareja antes de la fama. La demanda presentada por ella en 2023 por el uso de la frase “Bad Bunny, baby” fue un elemento inesperado en su vida. La historia de aquella nota de voz grabada años antes terminó convertida en un caso judicial multimillonario.
Mientras tanto, Benito continúa ampliando un patrimonio que poco tiene que ver con aquel joven que trabajaba embolsando compras en Vega Baja. Sus propiedades en Los Ángeles o Nueva York reflejan el alcance de su fortuna y de su transformación en icono global. Mansiones en Hollywood Hills y áticos imposibles en Manhattan forman parte ahora de su paisaje cotidiano. Y, aun así, cada vez que habla de sí mismo, vuelve al mismo lugar: la familia, Puerto Rico y el niño que cantaba desde el balcón de su casa mientras los vecinos se paraban a escucharlo.
Cuanto más grande se hace la estrella, más empeñado parece Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como Bad Bunny, en recordar de dónde viene. En un momento en el que llena estadios, lidera listas globales y convierte cada aparición pública —de la Met Gala al intermedio de la Super Bowl— en un acontecimiento viral, el artista puertorriqueño sigue hablando de Vega Baja, de su familia y de aquella vida sencilla que tenía antes de que el mundo entero aprendiera a pronunciar su nombre.