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LUJO

La crisis rasga las vestiduras de los sastres londinenses

El imaginario Phileas Fogg pasaba los días plácidamente en el número siete de esta calle hasta que le dio por demostrar que era posible dar la

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La crisis rasga las vestiduras de los sastres londinenses
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    El imaginario Phileas Fogg pasaba los días plácidamente en el número siete de esta calle hasta que le dio por demostrar que era posible dar la vuelta al mundo en ochenta días hecho un pincel y sin perder un ápice de estilo. Savile Row lleva más de tres siglos convertida en sinónimo de la elegancia máxima en el vestir masculino, pero en estos tiempos de crisis cabe preguntarse si el lujo más absoluto seguirá teniendo flagship store durante mucho tiempo más en alguna esquina de esta vía. En 2006 sólo quedaban 19 sastres, y la sangría parece continuar en la actual situación económica.

    Este 2008 ha sido duro para la firma Hardy Amies, que había abierto su tienda en 1946. En su sastrería se vistieron desde Stanley Kubrick o Vivien Leigh hasta la mismísima reina de Inglaterra pasando por su alter ego Helen Mirren, pero el mes pasado advirtió sobre la posibilidad de un concurso de acreedores después de que el fondo de inversión islandés Arev Brands Limited, su accionista principal con un 49,3% de los títulos, rechazara invertir más en la compañía. Su declive había comenzado unos años antes, en 2003, tras el fallecimiento de su creador y la pérdida del estatus de proveedor real, y continuó con el turbio robo realizado por un antiguo empleado. Su política de aperturas y la expansión por Internet tampoco han dado los recursos que la empresa habría deseado.

     

    Parece sin embargo que la mala pata de Hardy Amies tiene que ver más con errores en la política de la empresa que con una crisis generalizada en el negocio. A escala global las firmas de lujo continúan vendiendo a ritmos que no son precisamente recesivos, como acaba de demostrar LVMH al anunciar sus resultados en los nueve primeros meses del año, y las grandes marcas abren tiendas sin parar: sin ir más lejos Madrid cuenta desde este mismo mes con nuevas tiendas de Oscar de la Renta y Marc Jacobs, y queda muy poco para que las Holly Golightlys más castizas puedan mojar unos churros en chocolate a primera hora de la mañana frente a la tienda de Tiffany’s del barrio de Salamanca. Aun así, hay quien cree que la salvación del negocio del lujo no llegará de la mano de las grandes firmas, sino de los pequeños sastres.

     

    “Este tiempo va a ser duro para los bienes masivos de lujo y para la sobredimensionada pero extremadamente lucrativa industria de los it-bags”, asegura a la web Luxist Anda Rowland, propietaria de Anderson & Sheppard, otra de las firmas centenarias en esto del tailor-made suit. Para la empresaria la base del problema puede estar en la ‘desmagnetización’ del polo londinense: “La gente de Londres no quiere gastar y los de fuera viajan cada vez menos aquí”. A pesar de eso tiendas como la suya siguen a rebosar de “nuevos clientes y muchos pedidos”. Para ello la iniciativa pública ha tenido que meter baza.

     

    Junto al gobierno local y a los dos principales propietarios inmobiliarios, los sastres han desarrollado un proyecto para mantener intacta la idea de Savile Row como centro de la industria de la sastrería. El plan apuesta por colocar oficinas en las primeras plantas y trasladar las tiendas a pie de calle, lo que indefectiblemente libera espacio para que abran nuevos locales comerciales de marcas que generen más movimiento de clientes.

     

    Por el momento los sastres de Savile Row miran con atención hacia Oriente y tratan de reforzar su marca conjunta. Como en tantos otros sectores, los clientes del Golfo Pérsico, la India o China son objetivo preferente y algunas firmas han optado directamente por franquiciar su marca para abrir locales en Asia. Otras han sido directamente adquiridas por compañías orientales, como ha ocurrido con Kilgour por parte del grupo inversor JMH, radicado en Dubai. Además, han conseguido registrar la marca de calidad ‘Savile Row Bespoke’ para que nadie pueda hacer trajes que no cumplan una serie de requisitos de excelencia a la hora de elaborarlos. Ahora sólo falta que su estilo siga estando en boga... y eso es cuestión de modas.
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