Crítica de 'Love Story: John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette': la serie postureo que no puedes dejar de mirar
Aunque muchas veces opta por el camino trillado, es imposible no rendirse a la historia de amor de estos príncipes de América y a su recreación de una estética noventera llena de top models, drogas de diseño y moda minimalista
Hace pocos días un amigo acuñaba, a propósito del estreno de 'Cumbres Borrascosas', el concepto de 'película postureo', palabra esta última bastante en desuso después del abuso que se hizo de ella tras la eclosión de las redes sociales.
Cambiando lo de película por serie, podríamos aplicar el mismo concepto a la última creación de Ryan Murphy, 'Love Story: John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette'. Unas palabras que definen esas producciones que, como las pompas de jabón, son preciosas y agradables a la vista pero una vez estallan las acabas olvidando y no dejan más rastro que el de unas inanes gotitas.
Esta 'love story' poco o nada tiene que ver con aquella lacrimógena historia de amor setentero del mismo título que protagonizaron Ryan O'Neil y Ali McGraw. La serie nos narra el romance entre el hijo del mítico presidente Kennedy y la empleada de Calvin Klein a la que conoció en 1992; la rubia angelical que se convirtió en su pareja hasta que ambos perdieron la vida en un accidente de avioneta en 1999.
La nueva serie antológica de Murphy comienza precisamente por ese momento: cuando ambos, aún calientes por su última discusión, se suben a la aeronave con un destino fatal que, al menos en el primer capítulo, no llegamos a ver.
Los minutos que siguen a ese prólogo nos llevan, mediante un flashback, a las vidas del hijo predilecto de América y de la que sería su novia. Mientras ella destaca como algo más que una simple vendedora ante clientas como la mismísima Annette Benning, él ve cómo los titulares de la prensa sensacionalista destacan que ha vuelto a suspender el examen de abogacía.
Un escrutinio que, unido a su popularidad por un físico de atleta, le hace sentirse continuamente comparado con su progenitor, historia y leyenda de Estados Unidos.
El acercamiento entre ambos parece el inicio de un cuento de hadas inevitable desde el mismo momento en el que cruzan sus miradas en una gala benéfica en la que ella se ha colado sin previo aviso. El nacimiento de unos príncipes de América en un país que siempre echó mano de su propia 'realeza'.
Ese momento está resaltado por primeros planos que potencian ese carácter de romance y fábula, también alimentado por las bellezas físicas de sus protagonistas, Paul Anthony Kelly y Sarah Pidgeon.
Imposible no mirarlos e imposible no interesarse por cómo se van enamorando el uno del otro, pese a que la historia en sí carezca de un conflicto claro, más allá de si ella perdona que él siga enrocado en su amorío con una alocada Daryl Hannah (estamos seguros de que Dree Hemingway, bisnieta del escritor y actriz que le da vida, se ha visto más de una vez 'Peligrosamente juntos') o ella avance en su posición en una empresa tan dura como Calvin Klein.
Algunos diálogos ("Para salir con él hay que renunciar a un montón de cosas") también parecen recurrir a clichés ya explorados en otras series.
La ficción mejora cuanto más explora los conflictos de clase y la burbuja creada en torno a los privilegiados de la sociedad estadounidense, cuyo mayor problema era evitar las cámaras de unos paparazzi desplegados por medio Manhattan. Un 'detonante' clásico de guion que aparece de cuando en cuando a través de personajes como la Jackie a la que interpreta una solemne Naomi Watts, el gran reclamo del reparto.
Pero, si 'Cumbres Borrascosas' no es en absoluto una mala película aunque sea una película postureo, lo mismo se puede decir de esta 'Love Story'.
Con una dirección más que sólida, los creadores apuestan por una estética noventera que refleja a las mil maravillas cómo era aquel Nueva York de top models, cocaína, delgadez extrema, moda minimalista y fiestas en casoplones con 'open-plan' y espacios abiertos.
Un estilo reforzado por el uso continuado de canciones de la época (durante los paseos del joven en su inseparable bicicleta y la melena al viento de ella saliendo del metro) y un grano ocre en la fotografía que se acerca al de las fotografías de cualquier portada del 'Vogue' de la época.
Aunque muchas veces solo cumple con el tradicional biopic de 'quién y cuándo hizo qué', 'Love Story' también logra descifrar algunas de las claves de sus dos protagonistas.
La secuencia de la primera cita, en la que Bessette le pregunta a Kennedy a qué edad supo que era el hijo de un presidente ("Nunca me habían hecho esta pregunta", contesta él) es quizá la mejor de un primer capítulo en el que, como ocurría con la etapa de Lady Di en 'The Crown', uno no puede dejar de mirar para ver si los productores han seguido religiosamente la historia de los dos amantes malditos que todos conocemos.
Pero una cosa es que fuesen malditos y otra muy distinta es que fuesen lo suficientemente interesantes, más allá de su trágico final y de su posición social, como para ver sus vidas recreadas en la pantalla.
Puede que ese sea el gran pecado de esta serie adictiva y con una recreación de los 90 que supone un placer para los sentidos.
De vez en cuando aparece algún destello de imaginación en la dirección (la voz en off de Naomi Watts cuando le aconseja a su hijo sobre cómo debe ser la mujer que lo enamore sobre imágenes de Sarah Pidgeon en su trabajo), pero en líneas generales, 'Love Story: John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette' nos da (ni más ni menos) lo que esperamos de ella con una funcionalidad tan agradable como la de esa información de Wikipedia que buscas sin esperar que te descubra los secretos más recónditos del Universo. Y en eso, esta 'Love Story' de finales de siglo XX es todo un éxito.
Hace pocos días un amigo acuñaba, a propósito del estreno de 'Cumbres Borrascosas', el concepto de 'película postureo', palabra esta última bastante en desuso después del abuso que se hizo de ella tras la eclosión de las redes sociales.