Crítica de '53 Domingos': Carmen Machi, Javier Cámara y Javier Gutiérrez, hermanos juntos pero no revueltos
Película modesta que, en lugar de esconder sus orígenes teatrales, los potencia y en la que Cesc Gay nos muestra que no hay mejor pegamento familiar que la mentira o el silencio
El cine que adapta obras teatrales no siempre sale bien parado. Tampoco aquellas películas que parecen teatrales sin tener origen en un libreto, ya que el cine requiere movimiento y, cuando se fundamenta demasiado en los diálogos y poco en las imágenes, puede devenir en tortura para el espectador.
No es el caso de '53 Domingos', la breve pero incisiva película de Cesc Gay, basada en su homónima obra teatral, que ha desembarcado con éxito en Netflix este fin de semana.
La premisa del film es sencilla: tres hermanos a los que dan vida Javier Cámara, Carmen Machi y Javier Gutiérrez organizan una reunión para hablar de un padre de 86 años, que ya ha demostrado que no tiene las capacidades suficientes como para seguir viviendo solo. ¿Qué hacer con él?
La gran baza de Cesc Gay, que siempre se ha movido como pez en el agua en el terreno de los diálogos y en el perfilado de personajes reconocibles por cualquier espectador, es que jamás intenta esconder los orígenes teatrales de la película.
Tanto que hasta la división de la historia en tres actos es muy evidente. El primero muestra las reticencias de Julián (interpretado por un Javier Cámara siempre al borde de la crispación) a organizar la reunión en su casa y presenta a los otros dos personajes a través de su punto de vista y el de una narradora omnisciente, Alexandra Jiménez, que da vida a su pareja.
Julián es un actor frustrado que va de casting en casting y de fracaso en fracaso. Al menos laboral. Su hermana, Natalia (Carmen Machi) vive complaciendo a un marido que le es infiel y parece no haber tenido espacio vital para desarrollar un mayor carácter (su estallido es uno de los momentos más divertidos de la cinta). Víctor, el tercer hermano (Javier Gutiérrez consiguiendo caernos mal) es un esnob con vida de pijo de las afueras que acaba de publicar una novela llamada, precisamente, '53 Domingos'.
Este hecho será uno de los detonantes de la historia, que continúa con un segundo acto (Natalia y Julián intentando que la cena salga adelante) y un tercero (la cena en sí). Puro teatro.
Otro recurso también teatral es la ruptura de la cuarta pared, a través del personaje de Alexandra Jiménez, que, mirando a cámara, nos presenta a los tres hermanos en la primera secuencia. Su voz en off vuelve a aparecer de cuando en cuando para guiarnos y matizar la acción y, en muchas ocasiones, contarnos lo que no verbalizan los otros personajes.
Poniendo las cartas teatrales sobre la mesa, y los habituales trucos más deudores de las tablas (el de la bombilla en este caso) que del cine, Cesc Gay consigue oro de sus actores. También de lo que sale por su boca, en unos parlamentos que muestran envidias implícitas, rencores pasados y diferencias de personalidad que podemos reconocer en cualquier grupo de hermanos.
Las reuniones familiares han generado grandes películas, bien sea desde la comedia costumbrista ('A casa por vacaciones', pequeña joya algo olvidada dirigida por Jodie Foster) o desde los ejercicios de estilo ('Celebración', de Thomas Vinterberg).
Al contrario que esta última (que hacía gala de un tono dramático y diametralmente opuesto a la película de Cesc Gay) '53 Domingos' no posee grandes florituras estéticas y la cámara siempre se mueve en función de los actores, deambulando por un espacio único, ese apartamento en el que viven Javier Cámara y Alexandra Jiménez. Las únicas veces en las que se rompe la unidad de espacio hacen que la película respire, pero la verdad es que tampoco lo necesita.
Gay tampoco esconde las modestas pretensiones de su adaptación cinematográfica. No se trata de construir el guion del siglo ni de desvelar los misterios más recónditos del alma humana, sino de ofrecer un relato con el que el espectador se identifique y pueda reflexionar sobre esas verdades incómodas que no nos atrevemos a decir a los nuestros. Como esos dos hermanos que prefieren obviar si les ha gustado o no la novela escrita por el tercero. Ya lo dijo alguien: ¿a quién le interesa la sinceridad?
Con '53 Domingos', Cesc Gay parece saber, mejor que nadie, que no hay mejor pegamento familiar que la mentira o el silencio.
El cine que adapta obras teatrales no siempre sale bien parado. Tampoco aquellas películas que parecen teatrales sin tener origen en un libreto, ya que el cine requiere movimiento y, cuando se fundamenta demasiado en los diálogos y poco en las imágenes, puede devenir en tortura para el espectador.