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Así fue la infancia y juventud de Elsa Anka: “Mi primer amor fue un chico del colegio, un año mayor que yo”
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'Mis primeros veinte'

Así fue la infancia y juventud de Elsa Anka: “Mi primer amor fue un chico del colegio, un año mayor que yo”

La actriz y presentadora evoca una infancia familiar y cálida, marcada por recuerdos íntimos, y reflexiona sobre sueños de juventud, el inconformismo aprendido y la importancia de atreverse a romper límites heredados

Foto: Foto: Cortesía / Diseño: Sofía Sisqués.
Foto: Cortesía / Diseño: Sofía Sisqués.

Elsa Anka recuerda su infancia como un refugio de escenas cotidianas que aún hoy conserva con una nitidez: las Navidades familiares, su abuela haciéndole compañía cuando enfermaba o el gesto protector de su padre llevándola dormida en brazos hasta casa. Pero tras esos recuerdos también se encuentra una mujer que aprendió pronto a cuestionar los límites que otros daban por inevitables y que hizo del inconformismo una forma de avanzar.

La presentadora y actriz repasa en ‘Mis primeros veinte’ para Vanitatis los sueños que marcaron su juventud: viajar, ir a Disneyland o atreverse a ser artista. Nacida en Barcelona en 1965, Elsa Anka reflexiona sobre la importancia de romper con los patrones heredados. Desde las enseñanzas silenciosas de su abuela hasta el papel fundamental de la terapia en su vida adulta, también reivindica el valor de creer en uno mismo y lanzarse a perseguir aquello que parece imposible.

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PREGUNTA. ¿Cuál es el primer recuerdo de tu infancia que conservas con nitidez?

RESPUESTA. Recuerdo las comidas familiares de Navidad con toda la familia: me hacían subirme a una silla para cantar un villancico o recitar algo y así ganarme el aguinaldo. También me veo sentada a la mesa con mi hermana, peleándonos o haciendo chiquilladas.

Por otro lado, a mi abuela al lado de mi cama cuando me ponía enferma: ella haciendo ganchillo y contándome cuentos mientras vigilaba que no me destapara, y yo sudando por la fiebre. E incluso recuerdo perfectamente cómo mi padre me sacaba dormida del coche y me llevaba en brazos hasta casa. Me despertaba un poco, pero seguía haciéndome la dormida porque me encantaba que me llevara así. 

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P. ¿Hubo alguna persona en tu infancia que marcara especialmente tu forma de ser?

R. Mi abuela paterna, la que hacía ganchillo a todas horas. Vivía con nosotros y la cantidad de veces que, ya de mayor, me han venido a la cabeza frases suyas que entonces, cuando me las decía, no entendía.

Fue una mujer muy sufrida. Su vida, marcada también por el conformismo, me ha servido precisamente como ejemplo de lo que no quería replicar: de romper con eso y rebelarme. Lamento que no tuviera una vida mejor. Era una persona muy buena. La quería muchísimo. 

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P. ¿Eras más de obedecer o de cuestionarlo todo?

En mi casa la única opción era obedecer. Pero tuve la suerte de ser la pequeña, y mi hermana me abrió mucho camino. Eso me hizo ser más despierta y también cuestionármelo todo más. Así que se lo agradezco, aunque ya no esté. 

P. ¿Cuál fue tu primera gran travesura o la vez que más te metiste en problemas?

R. No era mala, pero sí muy bicho. Más movida que mi hermana. Sé que mi madre se desesperaba conmigo porque, cuando iba a la despensa a por zanahorias para preparar caldo, sofritos o lo que fuera, yo ya me las había acabado. Ella solo me pedía que la avisara, pero yo echaba mano y me las zampaba sin decir nada. Antes el súper no estaba a la vuelta de la esquina ni existía Glovo, así que le fastidiaba muchísimo. 

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P. ¿Cuál fue el primer sueño o meta que recuerdas haber tenido? ¿Qué queda de él hoy? 

R. ¡Soñaba una y otra vez con ir a Disneyland! Para nosotros aquello era algo inalcanzable, imposible. Eso era lo que me repetían. Pero a mí me daba igual, porque seguía soñando e imaginándome que algún día iría. Lo conseguí a los 21 años, por mí misma. Y, para mí, aquello fue hacer realidad un sueño de verdad.

P. ¿Tuviste algún ídolo o referente que influyera especialmente en ti?

R. Recuerdo que leía una colección de libros que se llamaba Puck. Era una chica que vivía aventuras, bastante independiente y atrevida, y me fascinaba. Quizá ella me inspiró en algo. 

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P. ¿Había alguna asignatura o profesor que te marcara?

R. Me marcó la Srta. Carmen, que nos daba inglés. Yo quería, por encima de todo, hablarlo y tenía que prepararme para cumplir mi sueño de viajar, porque ese era otro de mis grandes sueños. Ella era una mujer muy moderna para la época: muy alta, con el pelo muy corto, así a lo ‘garçon’, y era la que más marcaba la diferencia.

P. ¿Qué amistad de adolescencia fue clave en tu vida y por qué?

R. Fue y sigue siendo Maite. La recuerdo repartiendo caramelos por los pupitres el día de su sexto cumpleaños. Nunca más nos separamos, y la vida hizo que acabáramos siendo cuñadas al casarnos con dos hermanos. Nuestros hijos son primos hermanos. Y aquí seguimos, claro. Ella es amiga, confidente, familia, hogar… 

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P.¿Cómo recuerdas tu primer amor? ¿Y tu primer desamor?

R. Inocente. Era un chico del cole, un año mayor que yo. Y el primer desamor… eso duele muchísimo. Crees que a nadie le ha pasado nunca y que a nadie le ha dolido tanto como a ti. Piensas que jamás se te va a pasar. Duele mucho.

P. ¿Te independizaste joven? ¿Qué te llevó a dar ese paso y cómo lo recuerdas? Y, si no fue así, ¿qué viaje o experiencia fuera de tu entorno te marcó más?

R. Muy joven, a los 21 años. Di ese paso porque tenía ganas de hacer todo aquello que me decían, e insistían, que era inalcanzable e imposible. Quería viajar, cruzar el charco, ir a Disney, ser artista… Nadie a mi alrededor lo había hecho y nadie me había enseñado que podía atreverme. Y me atreví. ¡Qué importante es atreverse en la vida!

La infancia de Elsa Anka

No nos vamos a engañar: he tenido que “entender” muchas cosas y sanar. Y, para ello, la terapia ha sido fundamental. Por eso, el mensaje sería ese: animar a la gente a atreverse. Yo podría haberme quedado ahí, replicando lo que mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos venían haciendo: asumir lo que les tocó y punto. Tener sueños es vital, y creer en ellos es el motor para seguir viviendo con ilusión.

Elsa Anka recuerda su infancia como un refugio de escenas cotidianas que aún hoy conserva con una nitidez: las Navidades familiares, su abuela haciéndole compañía cuando enfermaba o el gesto protector de su padre llevándola dormida en brazos hasta casa. Pero tras esos recuerdos también se encuentra una mujer que aprendió pronto a cuestionar los límites que otros daban por inevitables y que hizo del inconformismo una forma de avanzar.

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