Así fue la infancia y juventud de Begoña Villacis: "Con 17 años empecé a trabajar de camarera, aunque a mis padres no les hizo ninguna gracia"
La exvicealcaldesa de Madrid mira atrás y evoca cómo sus sueños, inquietudes y el entorno en el que creció fueron moldeando, paso a paso, a la mujer que es hoy en día
La niñez de Begoña Villacís transcurrió como una narración temprana de curiosidad y una formación estrechamente vinculada a la lectura y al pensamiento crítico. La exvicealcaldesa de Madrid rememora en 'Mis primeros veinte' para Vanitatis una infancia tranquila, entre paseos y momentos cotidianos que, con el tiempo, se han convertido en un valor al alza. En aquella casa, las continuas conversaciones no eran un acompañamiento, sino el centro de una forma de vivir, que poco a poco, fue forjando una mirada atenta hacia todo cuanto la rodeaba.
Ese entorno familiar, fuertemente relacionado por la cultura, es clave para comprender la construcción de una personalidad inquieta y analítica. Nació en Madrid, en 1977 y creció entre debates domésticos y referentes sólidos, que convirtieron la curiosidad en una constante. Tanto la influencia de sus padres como una educación basada en la libertad de pensamiento fueron definiendo una identidad en la que lo personal y lo público se entrelazan con naturalidad, anticipando una trayectoria marcada por la exigencia.
PREGUNTA. ¿Cuál es el primer recuerdo de tu infancia que conservas con nitidez?
RESPUESTA. Aunque cueste creerlo, recuerdo ir en mi carrito mientras mis padres me llevaban hacia el Templo de Debod. Íbamos por la calle Luisa Fernanda y yo saludaba a la gente. Guardo esa escena con mucha claridad: hacía un día estupendo y había muchísimo sol.
P. ¿Hubo alguna persona en tu infancia que marcara especialmente tu forma de ser?
R. Sí, mis padres. Ambos fueron fundamentales y de cada uno aprendí cosas muy importantes. Los dos eran grandes lectores y en casa siempre entraban todos los periódicos. Empecé leyendo ‘El Pequeño País’ y ‘Gente Menuda’ y eso hizo que nunca dejara de leer prensa. Además, tenían, y siguen teniendo, una biblioteca enorme; ya no saben ni dónde colocar más libros. Siempre había alguno a mano y yo iba enlazando una lectura con otra.
De mi padre aprendí muchísimas cosas, desde astronomía hasta economía, siempre de una manera muy didáctica. Era un gran padre. También me enseñó la igualdad, porque mi casa era de las pocas que no funcionaban de forma machista en aquella época. Le veía implicarse en las tareas domésticas, aunque no se le dieran especialmente bien. De hecho, creo que mi gusto por la comida quemada viene de él, porque siempre acababa quemándolo todo.
De mi madre aprendí la fortaleza. Era una mujer universitaria en una época en la que pocas lo eran; se pagó sus estudios, empezó a trabajar cuando todavía no era habitual y más tarde montó su propia empresa. Nunca se rinde y consigue incluso las cosas más difíciles.
Cuando la gente me pregunta cómo llevo que me reconozcan por la calle, siempre respondo: “Eso es que no habéis paseado con mi madre por Chamberí”. Allí la conoce muchísima más gente que a mí. He tenido la suerte de crecer rodeada de muchísimo cariño, y eso me ha marcado profundamente. Creo que cuando tus padres te quieren y te hacen sentir segura, afrontas la vida de otra manera. De hecho, mi madre me dice a menudo: “Begoña, tú no le tienes miedo a la vida”, y esa seguridad se la debo completamente a ellos.
P. ¿Eras más de obedecer o de cuestionarlo todo?
R. De cuestionarlo todo. Si no entiendo algo, nunca voy a obedecerlo. En cambio, si lo entiendo, lo razono, lo asumo y lo comparto, entonces lo defenderé a muerte.
"En mis veinte fueron muy importantes Nirvana y después Foo Fighters. La música siempre ha sido una gran influencia para mi"
P. ¿Cuál fue tu primera gran travesura o la vez que más te metiste en problemas?
R. Seguramente no fue la peor travesura que hice, pero hay una que recuerdo especialmente. Tenía clase de solfeo con un profesor que venía a casa porque a mí me encantaba la música, aunque el solfeo no tanto. Un día me escapé para irme a jugar al fútbol con mis amigos. Sé que es una tontería y probablemente he hecho cosas peores, porque siempre he sido muy inquieta, pero lo recuerdo mucho porque él se puso muy triste y yo me sentí fatal.
P. ¿Cuál fue el primer sueño o meta que recuerdas haber tenido? ¿Qué queda de él hoy?
R. Mi primer gran sueño… en realidad eran tres, aunque solo he cumplido uno. Primero con ser astronauta porque me fascinaba la astronomía. En casa me hablaban mucho del tema, veía documentales, leía libros y siempre me ha apasionado la ciencia ficción. Obviamente, no he llegado a ser astronauta. También soñaba con marcar un gol en el Bernabéu, y eso tampoco lo he conseguido. Soy de la época de Hugo Sánchez; aunque yo me identificaba más con Sanchís, soñaba con marcar un gol 'a lo Hugo'. No pudo ser, pero al menos he visto al Real Madrid marcar muchísimos, y con eso me conformo.
El tercer sueño sí lo cumplí: quería ser abogada. Todo nació después de ver ‘12 hombres sin piedad’. Me siento abogada, porque ejercí muchos años y, de alguna manera, en política también me he dedicado a lo mismo: defender la justicia y los derechos, aunque a nivel colectivo. Ahora sigo haciéndolo desde la asociación que dirijo, ‘Spain DC’. Así que, en cierto modo, sigo siendo un poco todo eso. Todavía siento una emoción enorme cuando veo al ser humano llegar o rodear la Luna; me sigue pareciendo increíble que hayamos sido capaces de conseguir algo así.
P. ¿Tuviste algún ídolo o referente que influyera especialmente en ti?
R. Mis padres. Y luego, en la música, grupos y artistas como The Doors o David Bowie. Me han gustado muchísimos artistas de aquella época. En mis veinte fueron muy importantes Nirvana y después Foo Fighters. La música siempre ha sido una gran influencia para mi.
"Me enorgullece haber conseguido casi siempre mantener una buena relación con las personas con las que he compartido parte de mi vida"
P. ¿Había alguna asignatura o profesor que te marcara?
R. Agustín, por ejemplo, en matemáticas y ciencias, consiguió que me gustaran ambas materias. También recuerdo muchísimo a Rosa María, mi profesora de infantil. Se dio cuenta de que aprendí a leer antes que el resto de los niños y, mientras los demás hacían otras actividades, ella me daba libros para que siguiera practicando. Gracias a eso entré en EGB leyendo perfectamente y ya devorando libros. Le debo mucho a esa profesora porque entendía que cada niño necesitaba algo distinto; no intentaba imponer el mismo ritmo a todos. Además, era increíblemente cariñosa.
También recuerdo con muchísimo cariño a Pilar, en 5º de EGB, por su cercanía y afecto. Y a Asun, profesora de lengua, que también me recomendaba y prestaba libros Con Luis, en primero, me terminé toda la colección de ‘El Barco de Vapor’. Me hicieron una especie de pequeño reconocimiento que me hizo sentir muy orgullosa, porque entonces yo me veía un poco como un bicho raro por lo mucho que me gustaba leer.
P. ¿Qué amistad de adolescencia fue clave en tu vida y por qué?
R. Diría que mi amiga Pili, una amiga del barrio con la que empecé a tener las primeras conversaciones adultas. Fuimos creciendo y aprendiendo juntas. Y luego está mi amiga René, mi “hermana americana”, con quien también fui madurando y descubriendo el mundo. A las dos las sigo conservando en mi vida.
P. ¿Cómo recuerdas tu primer amor? ¿Y tu primer desamor?
R. Pues mi primer amor… esto me da mucha vergüenza, porque nunca hablo de mi vida privada. Y también el desamor, aunque, la verdad, no he tenido muchos, salvo quizá en la política; ahí sí. En cualquier caso, conservo muy buenas amistades. De hecho, me enorgullece haber conseguido casi siempre mantener una buena relación con las personas con las que he compartido parte de mi vida.
¿Te independizaste joven? ¿Qué te llevó a dar ese paso y cómo lo recuerdas? Y, si no fue así, ¿qué viaje o experiencia fuera de tu entorno te marcó más?
R. Sí, me independicé joven. Para una madrileña, y más para quienes no tenemos que salir de nuestra ciudad para estudiar, lo habitual era ver a los amigos independizarse cerca de los 30. Pero yo, con 26 años, ya estaba embarazada de mi primera hija. Me independicé alrededor de los 24, me casé con 25 y fui madre con 27; la segunda llegó con 28. Así que sí, se puede decir que corrí bastante.
Di ese paso tan pronto porque siempre he sido muy independiente y he valorado la libertad por encima de todo. Aunque tiene truco, porque, pese a esa necesidad de volar, siempre he tenido a mis padres muy cerca, y ellos a mí. Y así es más fácil lanzarse: con un pie siempre en tierra firme.
Lo que sí hice muy joven fue irme a vivir a Estados Unidos con 15 años. Entre estancias y regresos, pasé allí casi tres años. En aquella época eso no era tan habitual. No había internet, ni WhatsApp, ni videollamadas, y viajar en avión no era tan común. Cuando te ibas, te ibas de verdad. Muchas amigas se lo planteaban, pero les daba miedo. Yo me atreví y fue una de las experiencias más importantes de mi vida. Primero, porque era la primera vez que me iba sola y además a un país cuyo idioma apenas conocía. Y segundo, porque descubrí un entorno completamente distinto al mío. Me abrió muchísimo la mente.
La España de los 90 era mucho más homogénea: prácticamente no había inmigración, todos vestíamos parecido y compartíamos referentes muy similares. Y, de repente, aterricé en una realidad multicultural y diversa. Vivía en un barrio afroamericano, rodeada de otras culturas, otras formas de vivir, otras comidas y otras dinámicas familiares. La familia con la que conviví, además, tenía un espíritu muy hippie; el padre había hecho autostop hasta Woodstock. Todo aquello era radicalmente distinto a lo que yo conocía y, en gran parte, responsable de que hoy siga teniendo una mente muy abierta.
De Estados Unidos volví no solo con un idioma, sino también con unas enormes ganas de conservar mi libertad y empezar a trabajar cuanto antes. Veía que muchos jóvenes allí se mantenían solos y eso me marcó mucho. Con 17 años empecé a trabajar de camarera, aunque a mis padres no les hacía ninguna gracia, y con 20 ya trabajaba en Zara mientras estudiaba la carrera. Desde entonces no he dejado de trabajar.
Y hubo un momento muy pequeño, pero del que sigo sintiéndome especialmente orgullosa: cuando pude decirles a mis padres: “Papá, mamá, no quiero cobrar paga”. Lo dije siendo muy joven y todavía hoy me emociona recordarlo.
La niñez de Begoña Villacís transcurrió como una narración temprana de curiosidad y una formación estrechamente vinculada a la lectura y al pensamiento crítico. La exvicealcaldesa de Madrid rememora en 'Mis primeros veinte' para Vanitatis una infancia tranquila, entre paseos y momentos cotidianos que, con el tiempo, se han convertido en un valor al alza. En aquella casa, las continuas conversaciones no eran un acompañamiento, sino el centro de una forma de vivir, que poco a poco, fue forjando una mirada atenta hacia todo cuanto la rodeaba.