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Cuando Parker habla, sube el vino
  1. Gastronomía

Cuando Parker habla, sube el vino

Para todo buen aficionado al vino, hablar de Robert Parker es hacer referencia a un monstruo, para bien o para mal. Desde que en 1984 dejó

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Cuando Parker habla, sube el vino

Para todo buen aficionado al vino, hablar de Robert Parker es hacer referencia a un monstruo, para bien o para mal. Desde que en 1984 dejó su carrera en la abogacía para dedicarse en profundidad a la crítica de vinos empezó a gestarse una figura que cambiaría la concepción de un buen caldo en todo el mundo. A través de su peculiar manera de valorar tan preciado líquido, con una puntuación de 50 a 100 puntos, Parker ha conseguido ser el más temido de los catadores: cuando puntúa alto, sube el vino.

 

Como si se tratase de un Charles Foster Kane de los vinos, Parker empezó en el mundillo con muchos ideales, quería ser la voz del pueblo, el crítico que no se dejaba llevar por intereses comerciales, para acabar siendo muy discutido y acusado de plegarse a los deseos de los grandes productores. Jay Miller, su colaborador cercano, fue acusado de dejarse agasajar con viajes y regalos por algunos importadores cuyos vinos conseguían después una buena valoración. El propio Wall Street Journal se hizo eco del asunto, que termino con la disculpa pública de ambos.

 

Uno de los libros que más dio que hablar fue el que la norteamericana Elin McCoy, que trabajó con él de cerca cuando colaboró en Food & Wine, escribió una biografía no autorizada del crítico titulada The Emperor of Wine (El emperador del vino). En ella se describía la un tanto desastrosa situación gastronómica de la América rural de los 60 en la que Parker creció y cómo poco a poco el joven que estudió Historia y acabó siendo abogado, empezó a compaginar esta ocupación desde 1978 con sus críticas de vino. Todo hasta que en 1984, gracias sobre todo a la fama que le dieron sus elogiosas descripciones de la añada de 1982 de Burdeos, lo dejó todo. Desde entonces las puntuaciones que publica cuatro veces al año en su newsletter The Wine Advocate, son todo un éxito. De los 600 suscriptores de sus comienzos, ha pasado a tener en la actualidad más de 50.000.

 

Aunque su gran fama viene de una nariz prodigiosa capaz de notar los más variados matices y una gran memoria olfativa, algunos hechos han puesto en tela de juicio sus habilidades. En el 2000 declaraba al The Atlantic Monthly que al año cataba alrededor de 10.000 vinos y que “recordaba cada vino que había catado en los últimos 32 años y, a su vez, y con pocos puntos de margen de error, cada puntuación que había dado”. Pero sus críticos se frotaron las manos cuando en una cata a ciegas de los mejores quince vinos burdeos de 2005, cuya añada denominó la mejor de su vida, se confundió varias veces con algunos de ellos.

 

La 'parkerización' de los vinos

 

Sea como fuere, hay que reconocer la manera en que Parker ha cambiado la forma de elaborar el vino, llegándose a hablar de la parkerización de muchas bodegas. Y es que lo de verse recompensadas con una alta puntuación que les dé mucha publicidad y aumente el precio de sus botellas en todo el mundo se ha convertido en una auténtica obsesión. De hecho, muchos vinos norteamericanos llegan a exhibir en sus etiquetas la puntuación que Parker les ha dado, un dato que les convierte en valores seguros en el mercado. Y es que, tal como cita McCoy, “la diferencia entre una puntuación de 85 y 95 significa una diferencia de 6 y 7 millones” y “una botella calificada con un 100 puede cuadriplicar su precio”.

 

¿Y cuáles son los rasgos de los vinos parkerizados? Para comprender sus gustos hay que tener en cuenta la forma en que el crítico hace sus catas. La enorme cantidad de vinos que prueba al cabo de un año le obligan a hacerlas de forma meteórica: en una sentada puede catar de 50 a 100 vinos. El propio Parker afirmó en el programa norteamericano 60 minutos, que un vino le dice todo lo que necesita saber en cinco segundos, algo que a muchos de sus críticos les ha conducido a pensar que lo que más se tiene en cuenta son los son los niveles de alcohol y roble, dos ingredientes que han de estar muy marcados en todo vino al gusto parkerizado que se precie. También una baja acidez y un componente en tela de juicio: Brettanomyces, un tipo de levadura que en exceso puede llegar a fastidiar un vino.

 

Polémicas y críticas aparte, Robert Parker es un gran líder de opinión, el crítico más influente, de ahí que se hayan vendido todas las entradas para la cata magistral que ofrecerá en el Congreso Internacional Wine Future, que se celebrará los próximos días 12 y 13 en Logroño. Un acto que ha suscitado muchos enfados entre los viticultores riojanos, que tuvieron que presionar para que, además de esa colección de vinos con más de 90% de garnacha que Parker se empeñó en catar en una zona donde esa variedad de uva es minoritaria, se incluyeran dos con su denominación de origen. Con ellos, un Marqués del Riscal de 1945 y un Contador 2007, el norteamericano pondrá finalmente colofón en la que es su primera visita a nuestro país.

 

Se podrá estar o no de acuerdo en sus gustos, pero Parker marca con nariz de hierro las tendencias del mercado del vino. Eso sí, sin perder nunca la perspectiva porque, si hacemos caso a lo que el propio Parker dice, nadie puede sustituir nuestro propio paladar y no hay mejor educación que comprobar por uno mismo la calidad de un vino. Si algo es bueno, sobran las palabras.

Para todo buen aficionado al vino, hablar de Robert Parker es hacer referencia a un monstruo, para bien o para mal. Desde que en 1984 dejó su carrera en la abogacía para dedicarse en profundidad a la crítica de vinos empezó a gestarse una figura que cambiaría la concepción de un buen caldo en todo el mundo. A través de su peculiar manera de valorar tan preciado líquido, con una puntuación de 50 a 100 puntos, Parker ha conseguido ser el más temido de los catadores: cuando puntúa alto, sube el vino.

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