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Mickey Rooney, la estrella infantil que denunció los malos tratos de su hijastro
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falleció el pasado lunes a los 93 años

Mickey Rooney, la estrella infantil que denunció los malos tratos de su hijastro

Rooney era uno de los últimos bastiones del viejo Hollywood, cuya longevidad y denuncia a su hijastro han vuelto a la palestra con motivo de su muerte

Foto: Rooney, en una imagen reciente (Gtres)
Rooney, en una imagen reciente (Gtres)

Uno de los últimos bastiones del viejo Hollywood. Así se podría definir a Mickey Rooney, que empezó haciendo cortos durante el cine mudo, vivió la época dorada de la Metro, y ha muerto esta semana con las botas puestas, como uno de esos veteranos secundarios que aportan brillo a cualquier aparición. Sin embargo, el eterno compañero fílmico de Judy Garland también vivió sus pesadillas dentro y fuera del hipertrofiado y manipulado mundo del cine. Fuera de él hay varios ejemplos, como la denuncia que interpuso contra su hijastro por supuestos malos tratos asegurando que Christopher Amber no le daba de comer, le privaba de sus medicinas, y le había robado el pasaporte para que no pudiese viajar. El malestar entre ellos llegó a tal calibre que incluso le acabó acusando de haber intentado apropiarse de su patrimonio.

El efecto ‘bola de nieve’ no se hizo esperar y los problemas con su esposa se unieron a los de su hijastro. Poco después del pleito contra este, que dejó en manos del abogado Michael Agustine la gestión del patrimonio de Rooney, el diminuto actor se separaba de Jan Chamberlin, y le dejaba una pensión de 3.000 dólares mensuales a cambio de que lo dejase en paz. La consecuencia más directa de la enemistad con su propia mujer y el hijo de esta fue que el protagonista de Hijos de la farándula se trasladó a vivir con Mark y su nuera. Con ellos ha acabado pasando los dos últimos años de su vida. El viejo rifirrafe entre madre, hijo y actor se ha reavivado esta semana con la muerte de Rooney. Los problemas no han venido, como era de esperar, por el patrimonio del actor, que sólo ascendía a unos ridículos 18.000 dólares, sino por el lugar de entierro de su cuerpo.

Michael Agustine, el gestor de Rooney, ha tratado de evitar por todos los medios que la esposa y el hijastro del actor se entrometiesen en los planes que el propio actor tenía para su descanso eterno. Según Agustine, pretendía ser enterrado en un cementerio de veteranos o en alguno de los muchos dedicados a las estrellas de Hollywood. De manera muy oportuna, su esposa aseguraba que esta misma semana iba a hablar con él de las diferencias entre ambos, que se enteró por la prensa de su fallecimiento y que su marido quería ser enterrado en el cementerio de Westlake Village. La intromisión, que ha dejado el cadáver de Mickey Rooney varios días de más en el depósito de cadáveres ha hecho que su gestor califique a la viuda y a su hijo como “ladrones” y que manifieste su deseo de que ni siquiera acudan al funeral. Finalmente, se decidía que fuese enterrado en el Hollywood Forever.

Rooney en una imagen del esplendor de su carrera El niño mimado por Louis B. Mayer

“Fui la estrella más taquillera a los 19, y a los 40 nadie quería contratarme”, dijo Rooney una vez. Pese a los sinsabores vitales de estos últimos años, Mickey Rooney nunca abandonó lo que más le gustaba: actuar frente a una cámara. Hasta tal punto que todavía tiene pendientes de estreno dos películas. Con ocho matrimonios a lo largo de su vida y alguno de ellos excesivamente breves (con Ava Gardner apenas estuvo un año), es de suponer que su vida personal no fue tan feliz ni tan brillante como los ingenuos musicales que protagonizó en su juventud. Sin embargo, la imagen que los norteamericanos tuvieron de él fue radicalmente opuesta a lo turbio. Sonriente, tan descarado como la propia menudez de su cuerpo y con una jovialidad eternamente asociada a su rostro, esas fueron las bazas con las que jugó siendo tan solo un niño, cuando un ejecutivo de la Metro se fijó en él y lo contrató para el estudio del león.

Fue en 1937 cuando interpretó por primera vez a Andy Hardy, su personaje más famoso, y la idea que tenía Louis B. Mayer del adolescente americano: sano, deportivo, familiar, conquistador y entrañablemente divertido. Fuera de la pantalla, Rooney era un conquistador nato que se pasaba por el forro las estrictas normas de ‘papá Mayer’. En 1938, por ejemplo, Norma Shearer, viuda de Irving Thalberg, el productor estrella del estudio, se recuperaba del golpe de su muerte rodando la opulenta María Antonieta. Pocos podían imaginar entonces que, entre toma y toma, la actriz mantenía un affaire con Mickey. Nada fuera de lo normal en el Sodoma y Gomorra moderno que siempre fue Hollywood, salvo porque para Louis B. Mayer suponía un escándalo que Shearer, recientemente viuda y una de sus actrices más reputadas, estuviese acostándose con un chico de 18. Por supuesto, hizo que el departamento de publicidad del estudio mantuviese bien oculto el romance, que apenas duró unas semanas.

Con la que nunca tuvo ni un solo roce fue con Judy Garland. De hecho, se convirtió en un garante de su talento tras protagonizar varios musicales juntos, y en uno de los primeros en darse cuenta de que las pastillas eran unas malas compañeras del trabajo de la actriz. Aunque él mismo cayó en el infierno de las drogas en la década de los 70 y acabó superándolo, el caso de Garland fue opuesto. El actor siempre se emocionaba al recordar que ella no lo había superado y que, mientras que él llegó a nonagenario, ella falleció joven en 1969. Sin embargo, décadas antes de que existiesen las Spice Girls o Justin Bieber, ambos fueron los multitudinarios ídolos adolescentes de los norteamericanos. Y seguramente será esa la imagen que perdure por mucho que su hijastro y su mujer hayan intentado pervertir el último deseo de este bajito con eterna cara de niño.

Uno de los últimos bastiones del viejo Hollywood. Así se podría definir a Mickey Rooney, que empezó haciendo cortos durante el cine mudo, vivió la época dorada de la Metro, y ha muerto esta semana con las botas puestas, como uno de esos veteranos secundarios que aportan brillo a cualquier aparición. Sin embargo, el eterno compañero fílmico de Judy Garland también vivió sus pesadillas dentro y fuera del hipertrofiado y manipulado mundo del cine. Fuera de él hay varios ejemplos, como la denuncia que interpuso contra su hijastro por supuestos malos tratos asegurando que Christopher Amber no le daba de comer, le privaba de sus medicinas, y le había robado el pasaporte para que no pudiese viajar. El malestar entre ellos llegó a tal calibre que incluso le acabó acusando de haber intentado apropiarse de su patrimonio.

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