El silencio dentro de una discusión puede ser bálsamo o arma. Ángela Fernández advierte que “callarnos no es siempre una buena estrategia” y subraya que, para algunas personas, tomarse una pausa resulta útil si se comunica bien y tiene un propósito claro: evitar respuestas impulsivas o desde la rabia.
Recuerda que “hay una línea muy fina que podemos cruzar”, de modo que conviene revisar la intención con la que se calla y cómo se explica ese silencio a la otra persona. Fernández traza la línea entre guardar silencio como autorregulación y aplicar la ley de hielo. Lo primero es una pausa consciente que respeta las necesidades de ambos y da espacio para bajar la activación emocional.
Lo segundo “no busca paz, busca castigo”: ignorar deliberadamente, hacer sentir invisible y “manipular con el silencio para ‘enseñar una lección’”. Ese patrón, remarca, es abuso psicológico y erosiona la confianza porque convierte el vínculo en un campo de castigos y recompensas encubiertos.
La psicóloga explica que una pausa sana no bloquea la relación ni el conflicto; se orienta, se avisa y se pacta. “Tomar una pausa o guardar silencio puede ser sano” si se indica con claridad que es temporal y con qué objetivo se hace: no reaccionar “de manera desproporcionada” y volver a hablar “con calma y perspectiva”. Así se valida que cada persona puede necesitar tiempos distintos —hay quienes requieren expresar de inmediato y quienes precisan distancia para pensar— sin que eso se convierta en un castigo.
El ghosting o la luz de gas son señales inequívocas de una relación tóxica. (Pexels/Alina Rossoshanska)
La clave es decir lo que se va a hacer y por qué. “Di que necesitas una pausa, que no quieres reaccionar de manera desproporcionada, que necesitas tiempo y espacio y que después lo hablaréis con calma”, propone. Añadir un marco —por ejemplo, acordar cuándo retomar la conversación o cómo avisar— ayuda a que el silencio no se perciba como abandono. También invita a “validar y respetar las emociones del otro”, de modo que la pausa sea un gesto de cuidado compartido y no una retirada hostil.
Si el silencio se usa para controlar, herir o generar angustia, estamos ante una dinámica dañina. Cuando se evita todo contacto para “hacer pagar”, se bloquea cualquier diálogo y la otra persona no sabe qué está ocurriendo, conviene pedir ayuda profesional y revisar cómo se afrontan los conflictos. La diferencia, resume Fernández, “está en la intención y en la manera de expresárselo a la otra persona”, cuidando la comunicación para que el silencio sea un recurso de regulación y no un castigo.
El silencio dentro de una discusión puede ser bálsamo o arma. Ángela Fernández advierte que “callarnos no es siempre una buena estrategia” y subraya que, para algunas personas, tomarse una pausa resulta útil si se comunica bien y tiene un propósito claro: evitar respuestas impulsivas o desde la rabia.