La psicología revela: las personas que rechazan abrazos y besos no es porque sean frías ni distantes es porque permite a la persona conservar el control sobre su entorno y constituye un ejercicio de autocuidado
La necesidad de espacio personal varía enormemente entre individuos y también depende de la confianza, la cultura, las experiencias previas y el contexto en el que se produce el contacto
Esto dice la psicología si evitas abrazar a las personas (Canva)
Hay quien conoce a alguien y, casi automáticamente, se acerca para darle dos besos o un abrazo. Para otras personas, ese mismo gesto supone entrar demasiado rápido en un terreno reservado a familiares, amigos o personas con las que existe confianza. Ninguna de las dos formas de relacionarse permite determinar por sí sola si alguien es más cariñoso, sociable o distante.
La psicología ayuda a entender esta diferencia a través del concepto de espacio personal. Cada persona mantiene alrededor de su cuerpo una distancia con la que se siente cómoda y que puede cambiar dependiendo de quién tenga delante. Cuando alguien atraviesa ese límite sin que lo esperemos, es posible experimentar incomodidad y buscar instintivamente recuperar distancia.
Aunque determinadas experiencias negativas pueden hacer que alguien proteja especialmente su espacio corporal, existen muchas personas que simplemente prefieren reservar el contacto físico para quienes conocen bien (Canva)
Rechazar un abrazo también puede ser poner un límite
Decidir quién puede tocarnos y de qué manera forma parte de la autonomía corporal. Por eso, preferir un saludo verbal o un apretón de manos ante alguien poco conocido puede entenderse sencillamente como una manera de establecer límites.
Mantener esa distancia permite a algunas personas sentir un mayor control sobre la interacción y evitar un contacto físico que no desean. Desde esta perspectiva, respetar el propio nivel de comodidad puede formar parte del autocuidado, sin necesidad de convertir una preferencia personal en un problema psicológico.
Conviene evitar otra asociación frecuente. Una persona que no quiere abrazos no tiene necesariamente baja autoestima, un trauma previo ni un problema con sus relaciones. Aunque determinadas experiencias negativas pueden hacer que alguien proteja especialmente su espacio corporal, existen muchas personas que simplemente prefieren reservar el contacto físico para quienes conocen bien.
Algo diferente ocurre cuando aparece un miedo intenso y persistente al contacto físico que provoca ansiedad importante, síntomas como taquicardia o conductas de evitación que interfieren con la vida cotidiana. En estos casos puede existir un problema que merezca valoración profesional.
Para la mayoría, sin embargo, la explicación puede ser mucho más sencilla. No querer besar o abrazar a una persona desconocida no equivale a rechazarla emocionalmente. A veces solo significa que para llegar al contacto físico primero hace falta algo que no puede acelerarse: confianza.
Hay quien conoce a alguien y, casi automáticamente, se acerca para darle dos besos o un abrazo. Para otras personas, ese mismo gesto supone entrar demasiado rápido en un terreno reservado a familiares, amigos o personas con las que existe confianza. Ninguna de las dos formas de relacionarse permite determinar por sí sola si alguien es más cariñoso, sociable o distante.