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Viajes de cine: descubre el hotel en Trujillo decorado por el mejor amigo de Ava Gardner y Coco Chanel

A esta noble ciudad le pasa lo que le pasaba a la duquesa de Alba. Que le sobran los títulos y los palacios. Una lección de historia a la que tampoco le falta glamour. Cosa de Duarte Pinto Coelho

Foto: El jardín de la Casa de Orellana, decorada por Duarte Pinto Coelho.
El jardín de la Casa de Orellana, decorada por Duarte Pinto Coelho.

Vamos a conquistar Trujillo como si fuéramos el mismísimo Pizarro. O sea, a ser felices en tierra de conquistadores. En medio de ese bosque de casas de indianos, esa arquitectura portentosa que vino de las Américas, y con ese espíritu nobiliario que anima y embellece toda Extremadura. Guadalupe, Zafra, Plasencia, Olivenza, qué más da. Para colmo, nos alojamos en una mansión que decoró el insigne Duarte Pinto Coelho, o sea, el anfitrión de esta suerte de Studio 54 que fue su salón. El amigo de Truman Capote, Ava Gardner, Coco Chanel o Dalí. Sí, Trujillo es Pizarro y Orellana y otros tantos que se hicieron a la mar, pero también es Pinto Coelho y, claro, le sobra glamour. Para colmo, está a poco más de dos horas de Madrid (por la A-5). Imprescindible: mirar a las torres y campanarios. Por si las cigüeñas...

1. Aristocrática por demás. Decíamos que le sobra el glamour y no digamos los títulos. Como si fuera la duquesa de Alba de las villas. Ciudad muy noble, muy leal, insigne y muy heroica (todo ello con mayúsculas). Que para eso es cuna de Francisco Pizarro, el conquistador de Perú, que a lomos de su caballo acapara el protagonismo de la soberbia (y renacentista) Plaza Mayor, y de otro Francisco, el de Orellana, el descubridor del Amazonas. No hay nada como tomar una lección de historia aquí.

Así es la Plaza Mayor de Trujillo. (Foto: Turismo de Extremadura)
Así es la Plaza Mayor de Trujillo. (Foto: Turismo de Extremadura)

2. Monumental. Esta emoción de estar en un sitio principal crece cuando se tiene ante los ojos el imponente castillo, la iglesia de Santa María la Mayor, del siglo XIII, y tantos palacios que a bote pronto no se pueden contar: el de la Cadena, el de San Carlos, el de Lorenzana, el de la Conquista, el de Juan Pizarro, el de Chaves Mendoza... Donde hay palacios en torno a la plaza de Pizarro hubo antes del siglo XVI arrabales, artesanos y comerciantes. Hoy se suman bares, restaurantes, la oficina de información turística... Las vueltas que da la vida.

Ayer convento, hoy Parador de Turismo.
Ayer convento, hoy Parador de Turismo.

3. Y muy religiosa. La de Santa María no es la única iglesia: hay otras dos en la ciudad y cuatro más en los arrabales. Luego están los numerosos conventos (San Miguel, San Antonio, los Dominicos...), entre ellos el de Santa Clara, que es el Parador Nacional de Turismo, con dos gloriosos (y gozosos) claustros; el monasterio de San Francisco el Real de la Coria, que es sede de una fundación, y ermitas. De locura.

4. Jugando al Exin Castillos. Pero en la realidad. Porque en esta villa y sobre todo en su barrio viejo, que es el de intramuros, se conserva no solo la fortaleza de dimensiones pantagruélicas -si fuera comida-, reformada y restaurada por los siglos de los siglos, con dos aljibes árabes cubiertos con bóveda de cañón, sino su muralla, cuatro de sus siete puertas y 17 torres.

5. Y Orellana ¿qué? Se habla mucho de Pizarro y Orellana, el que trajo noticias al viejo mundo del hoy tan castigado Amazonas, también era de aquí y aquí también construyó su casa, hoy convertida en un hotel que nos devuelve a la época del old Hollywood y el derroche de glamour. Casa de Orellana es el hotel a que nos referíamos, el que decoró Duarte Pinto Coelho, el amigo de Truman Capote, Elsa Schiaparelli, Ava Gardner, Coco Chanel, Maria Callas o Salvador Dalí. ¿Su mayor y mejor rival? El Palacio Chaves Mendoza, que compró el propio Pinto Coelho, otro elegante hotel con jardín a conquistar. Precio: desde 76 euros.

El hotel Casa de Orellana es la casa del descubridor del Amazonas que decoró un portugués.
El hotel Casa de Orellana es la casa del descubridor del Amazonas que decoró un portugués.

6. Un hotel con mucha solera. No es solo porque tiene la solera del siglo XV y está en el recinto amurallado de la villa medieval, sino porque Casa de Orellana con su torre almenada y su arco apuntado en la portada bajo los diez roeles del escudo de los Orellana es el hotel boutique que lleva la marca de este artista más que decorador que hizo de Trujillo su paraíso. Tiene patio, piscina y jardín, y solo cinco solicitadísimas habitaciones. ¿Una para ti? Precio: desde 130 euros.

La Casa de Orellana por dentro.
La Casa de Orellana por dentro.

7. Para rematar la faena... La Abadía, que ya no es cosa de monjes (lo fue: de los agustinos, un hospital), sino de los conquistadores de barras y buen ambiente. Su terraza bien vale una misa. Antes, habrá que pasar por el legendario mesón La Troya, que hace aún más grande la plaza. No todos los días se come en un palacio del XVI. Mucho ibérico, queso excelente y las bondades de la cocina extremeña: revueltos varios (cardillos, trigueros o criadillas), carrillada en salsa o cochifrito, huevos rotos y migas.

La apetecible terraza de La Abadía (bar).
La apetecible terraza de La Abadía (bar).

8. Esos alrededores... No sabrás para dónde tirar..., si es que Trujillo con todos sus encantos te deja un respiro. Si al Parque Nacional de Monfragüe, a la dehesa extremeña en sí, al maravilloso valle del Jerte o a las bellas y cercanas Guadalupe (con el monasterio de la Virgen Morena), Yuste (allí donde se alojó y murió Carlos V), Plasencia (con sus dos catedrales en una) y Mérida, la del teatro romano. Por no hablar del propio Cáceres, que siempre es un regalo.

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