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Cuadros pintados por mujeres en los que no reparas y la increíble historia detrás de sus pintoras
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Recorrido de género

Cuadros pintados por mujeres en los que no reparas y la increíble historia detrás de sus pintoras

Nos adentramos en las dos pinacotecas más importantes de España para arrojar luz sobre algunas de sus obras más virturosas, pintadas por mujeres cuya vida fue una auténtica historia de fortaleza

Si has visitado alguna vez has deambulado por el Museo Nacional del Prado o el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, habrás pasado por delante de ellos. Su estructura, el trazo de sus pinceladas o el movimiento al que pertenecían, no te harían recapacitar en si eran cuadros pintados por mujeres... ¿O tal vez sí? Lo cierto es que nombres como Artemisia Gentileschi, Clara Peteers o Sonia Delaunay, aunque reconocidos para el ojo experto, no son los que se enseñan en las aulas, ni tampoco en los que el guía se detiene al visitar la pinacoteca.

Sin embargo, la historia detrás de cada uno de ellos, desde la simbología de la obra hasta la maestría con la que se realizaron, pero sobre todo, la vida de cada una de las mujeres pintoras que los firmó merece recibir la luz que tanto se perseguía en el Renacimiento. Con la ayuda de comisarias y conservadoras de dos de los museos más importantes de España, realizamos un paseo escondido -por suerte para nosotras a puerta cerrada- por las pinacotecas, poniendo el foco en ellas.

Antes de comenzar la experiencia, conviene tomar un par de apuntes. Por ejemplo que, aunque ahora parezcan tan pocas, en realidad las mujeres estaban presentes en los talleres de pintura -a veces familiares, a veces de sus maridos- trabajando en obras de primer nivel... Sin embargo, su firma no aparecía en ningún lienzo y sus pinceladas quedaban diluidas a ojos de la historia.

placeholder Visitantes en el Museo del Prado. (A. B.)
Visitantes en el Museo del Prado. (A. B.)

El acceso de las mujeres a las academias de pintura tampoco estaba permitido, lo que imposibilitaba que recibieran clases de nociones tan importantes como anatomía, por ello no veremos desnudos masculinos, pero tampoco pinturas de enormes batallas, géneros reservados para los hombres. En su lugar, los bodegones y las escenas de la intimidad del hogar eran territorio femenino. Pero cuidado, eso no significaba que su técnica y su forma de pintar fuera inferior, sino todo lo contrario.

"Estas mujeres tuvieron que ser mejores que sus contemporáneos hombres en todos los ámbitos de la vida para que se les permitiera, simplemente, coger un pincel", Leticia Ruiz Souza, Jefa de Colección de Pintura Española del Renacimiento del Museo Nacional del Prado.

El determinante y escondido rol de las mujeres en el arte no se limitaba solo a la pintura, también se extiende al mecenazgo. Reinas y mujeres de la nobleza encargaban obras de arte y, por tanto respaldaban a los artistas, incluso el Museo del Prado le debe su existencia a la reina Isabel de Braganza (cuya estatua ahora preside uno de sus halls) sin embargo, en muchas ocasiones se identificaba como mecenas al matrimonio.

placeholder Estatua de Isabel de Braganza en el Museo del Prado. (A. B.)
Estatua de Isabel de Braganza en el Museo del Prado. (A. B.)
placeholder Clara Marcellán, comisaria del Museo Nacional Thyssen-Bornesmiza. (A. B.)
Clara Marcellán, comisaria del Museo Nacional Thyssen-Bornesmiza. (A. B.)

Un detalle que, como apunta Clara Marcellán, conservadora de Pintura Moderna del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, se está corrigiendo ahora a través de algo tan sencillo como el cambio en las cartelas que acompañan a las obras. Antes se mencionaba al matrimonio noble de forma genérica, invisibilizando quién era la verdadera fuerza detrás de la compra. Ahora, el museo está rescatando el nombre propio de la mujer con su apellido de soltera.

  • Museo Nacional del Prado

Sofonisba Anguissola, la dama de compañía

El padre de Sofonisba Anguissola (1530 - 1626), Amilcare Anguissola, identificó rapidamente el talento de su hija y, aunque se esforzó en que sus seis hijas tuvieran formación artística, fue a ella a la que promocionó, convirtiéndose en algo así como su representante -se dice que incluso le hizo llegar dibujos suyos a Miguel Ángel-. Al tratarse de una joven educada, políglota, con conocimiento de las artes y de la nobleza, se convirtió en dama de compañía de la reina Isabel de Valois, trasladándose a Madrid, un puesto mucho más importante que el de pintora de la corte.

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placeholder Retrato de Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II pintado por Sofonisba Anguissola. (A. B.)
Retrato de Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II pintado por Sofonisba Anguissola. (A. B.)

Fue en la corte de Felipe II donde sus dotes artísticas se valoraron especialmente y comenzó a realizar retratos con pinceladas muy finas y sombras envolventes. La minuciosidad en los detalles como el cabello, las golas o las texturas de los tejidos destacaban por encima de la obra de otros retratistas de la época. Sin embargo, por su condición de aristócrata y mujer, solo pudo dedicarse a formatos más íntimos. Como señala Leticia Ruiz, ella tuvo que ser una 'estratega' para introducir complejidad en sus retratos, convirtiéndolos casi en escenas de género o crónicas de la vida en la corte -es considerada reina indiscutible del retrato cortesano- ya que la gran pintura histórica (como lienzos de batallas) estaba vetada a las mujeres por decreto social. Su obra influyó en pintores como Sánchez Coello.

“Fue la gran maestra de la observación que, durante siglos, vio cómo sus cuadros eran atribuidos a hombres”. Leticia Ruiz

En su vida personal, Sofonisba también rompió con lo establecido. Tras la muerte de la reina, Felipe II le concertó un matrimonio con un noble siciliano, pero ella terminó casándose (tras enviudar) con un capitán de un barco y volvió a Italia. Se casó con él sin pedir permiso real. Murió a los 90 años, manteniendo su estatus de gran dama e incluso el pintor flamenco joven Van Dyck acudió a ella en busca de consejo.

placeholder  Obras en el Museo del Prado: Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II, Felipe II, Ana de Austria, Autorretrato y Retrato de Alessandro Farnese.
Obras en el Museo del Prado: Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II, Felipe II, Ana de Austria, Autorretrato y Retrato de Alessandro Farnese.

Artemisia Gentileschi, la venganza pictórica

Artemisia Gentileschi (1593 - 1656) es quizá junto a Lavinia Fontana la pintora más conocida y para comprender su obra es necesario conocer su dramática historia que utilizó como combustible para ser un prodigio del estilo caravallesco.

placeholder Leticia Ruiz, doctora en Historia del Arte, posa para Vanitatis. (A. B.)
Leticia Ruiz, doctora en Historia del Arte, posa para Vanitatis. (A. B.)
placeholder Noelia García Pérez, catedrática de Historia del Arte, posa para Vanitatis. (A. B.)
Noelia García Pérez, catedrática de Historia del Arte, posa para Vanitatis. (A. B.)

Hija del pintor Orazio Gentileschi, se formó en el taller familiar pero, de nuevo, la historia se repite, superaba con creces a todos sus hermanos. Entró como aprendiz en el taller de Agostino Tassi, donde este sería su maestro, pero a los 18 años, el pintor la violó. En vez de llevar con vergüenza este suceso, Artemisia denunció lo ocurrido y llevó al pintor a juicio, un juicio perfectamente documentado, del que se sabe tanto la fecha en la que ocurrió la violación, como que la pintora (a pesar de ser víctima) fue torturada con cordeles en los dedos para verificar su testimonio. Pero, genio de la resiliencia donde las haya y a pesar de que Agostino Tassi fuera condenado tan solo con un año de exilio fuera de Roma -que encima se saltó-, huyó a Florencia, donde se casó con el pintor Pierantonio Stiattesi (un salvoconducto social para 'limpiar' su nombre tras el escándalo del juicio) y continuó con su obra creando escenas íntimas y femeninas con violencia pasional.

“Ella tiene varios 'Judit decapitando a Holofernes' de varios momentos distintos, pero siempre potenciando el papel de la mujer valiente o decidida”. Noelia García Pérez, Catedrática y comisaria de ‘El Prado en femenino’ del Museo Nacional del Prado

Ese hecho traumático, sumado a sus dotes y a su excelente técnica, siguiendo la estela de Caravaggio, la convirtieron en una pintora que dominaba el claroscuro pero sin renunciar al color, colaba su rostro en algunos de los personajes principales, un síntoma de valentía y orgullo (poco habituales en mujeres). A lo largo de su carrera, pintó muchas veces el pasaje bíblico de 'Judit decapitando a Holofernes', cuadros en los que, mientras algunos señalan la sangre que parece que te va a salpicar, lo interesante está en que se trata de una escena protagonizada por mujeres, en un ambiente casi de hermandad y, como apunta Leticia Ruiz, no se trata de mujeres que esperan ser rescatadas, sino heroínas, mujeres fuertes (incluso robustas), valientes, decididas... Un poco como un reflejo de sus vivencias.

placeholder Detalle de la firma de Artemisia Gentileschi en el 'Nacimiento de San Juan Bautista'. (A. B.)
Detalle de la firma de Artemisia Gentileschi en el Nacimiento de San Juan Bautista. (A. B.)
placeholder 'Nacimiento de San Juan Bautista'. (A. B.)
Nacimiento de San Juan Bautista. (A. B.)

El cuadro de Artemisia Gentileschi del Prado, el Nacimiento de San Juan Bautista, refleja a la perfección esa idea de ambiente doméstico, protagonizado por mujeres, con sombras, pero con una presencia muy potente del color y con un posible autorretrato en la mujer en el centro de la obra, mostrando, además su belleza, un tributo resaltado en tratados de la época. Porque sí, además de virtuosas, educadas y políglotas, las mujeres también debían ser hermosas.

Obras en el Museo del Prado: Nacimiento de San Juan Bautista.

Clara Peeters, el perfeccionamiento flamenco

Clara Peeters (1587 - 1657)perpetúa esa idea de mujer ilustrada que dominó la técnica pero que solo pudo dedicarse a un ámbito, el de los bodegones. Pero claro, ella también fue excelsa. Pionera del bodegón en la Amberes del XVII, no se sabe mucho de sus orígenes porque solo se cuenta con sus primeras obras para localizarla en un momento y lugar concretos, su historia es un misterio y solo contamos con sus cuadros como único registro de su existencia. Al tener prohibido el estudio de la anatomía, sus cuadros se centran en mesas servidas que reflejaban sobre todo el lujo de la élite flamenca.

placeholder Cuadros de Clara Peeters en el Museo del Prado. (A. B.)
Cuadros de Clara Peeters en el Museo del Prado. (A. B.)

Su grado de detalle, desde las naturalezas muertas con caza, pescados o flores hasta las porcelanas y las piezas de orfebrería logran que te quedes petrificada analizando cada pieza de la composición. Entre sus atrevimientos estaba, por ejemplo, incluir su nombre en sus obras de forma soterrada, como en la empuñadura de un cuchillo o incluso colar su retrato en el reflejo del menaje.

“Peeters incluía su rostro de forma casi microscópica en los reflejos de las jarras o copas de sus cuadros... una manera sutil pero firme de decir 'yo estuve aquí y yo creé esto'”. Noelia García Pérez

Como detalle, Clara Peteers, fue la primera mujer en tener una monográfica en el Prado, corrigiendo un olvido sistemático y demostrando su derecho a ser reconocida como una profesional de éxito que, además fue el detonante para la creación del National Museum of Women in the Arts en Washington D.C. Eso sí, en su época, tener uno de los precisos -y preciosos- bodegones de Clara Peeters colgado en el salón era sinónimo de lujo.

placeholder Autorretrato escondido de Clara Peeters en su obra 'Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces', en el Museo del Prado. (A. B.)
Autorretrato escondido de Clara Peeters en su obra 'Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces', en el Museo del Prado. (A. B.)
placeholder Detalle de la firma de Clara Peeters en uno de sus bodegones. (A. B.)
Detalle de la firma de Clara Peeters en uno de sus bodegones. (A. B.)

Obras en el Museo del Prado: Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, pan, vino y jarra de peltre; Bodegón con pescados, ostras y gambas y Bodegón con gavilán, aves, porcelana y conchas.

Angelica Kauffmann, cofundadora de la Royal Academy de Londres

Podría considerarse a Angelica Kauffmann (1593 - 1656) como una niña prodigio. Era políglota y aprendió a pintar en el taller de su padre, sin embargo, ella no se limitaba a dar pinceladas, ya de adolescente, colaboraba con su padre en pinturas murales, colgándose de andamios para pintar en iglesias de Suiza y Austria. Un "trabajo muy físico y poco habitual para una mujer", precisa Leticia Ruiz; una prueba de su determinación. Viajó por Italia pero no como una turista del Grand Tour, sino como una profesional trabajando. "Para destacar, Kauffmann debía ser 'excelsa' en todos los ámbitos: debía poseer belleza, modales impecables y una gran cultura general”. Leticia Ruiz

Mientras las pintoras de la época quedaban relegadas a los retratos, los bodegones y las obras íntimas, Angelica aspiraba a la pintura de historia (que incluía grandes batallas, temas mitológicos o pasajes bíblicos complejos), un ámbito que en el Renacimiento y el Barroco, se consideraba un género mayor y estaba reservado a los hombres. Para poder pintar una batalla o una escena histórica, los artistas necesitaban dominar la anatomía humana, especialmente el desnudo masculino en movimiento y tensión. A las mujeres, por decoro y normas sociales, se les prohibía terminantemente asistir a clases de dibujo con modelos al desnudo.

placeholder Retrato de Anna Escher von Muralt, por Angelica Kauffmann. (A. B.)
Retrato de Anna Escher von Muralt, por Angelica Kauffmann. (A. B.)

Tanto en sus lienzos grandes de temas mitológicos como en sus retratos, su estilo sigue la tendencia del neoclasicismo, buscando una belleza idealizada y equilibrada, pero huyendo de los excesos decorativos de épocas anteriores, como se puede apreciar el retrato de 'Anna Escher von Muralt' en el museo del Prado. Su dominio de la técnica y su educación y el hecho de que fuera una mujer excelsa (culta, hermosa y brillante) contribuyeron a que fuera respetada por los académicos y llegara a ser cofundadora de la Royal Academy de Londres.

Obras en el Museo del Prado: Retrato de Anna Escher von Muralt.

  • Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Berthe Morisot, la mujer en la Primera Exposición Impresionista

Berthe Morisot  (1841 - 1895) vivió en la espuma del impresionismo, pero también rompió moldes ya que se dedicó de forma profesional a la pintura en un momento en el que no estaba demasiado bien visto y no contaba con la aprobación de su familia. De origen burgués, Berthe Morisot tomó como escuela el museo del Louvre, donde conocería a Édouard Manet, una relación que la acompañaría toda su vida ya que terminó casándose con su hermano Eugène Manet, pintor que dejó su carrera a un lado para ser el apoyo de Morisot.

placeholder 'Pastora desnuda tumbada' por Berthe Morisot. (A. B.)
'Pastora desnuda tumbada' por Berthe Morisot. (A. B.)

Fue fundadora del grupo impresionista, siendo la única mujer en la Primera Exposición Impresionista y participaría en todas sus exposiciones, salvo en la de 1886, debido al nacimiento de su hija Julie. De la obra de Berthe Morisot siempre se ha destacado la dulzura de sus composiones, a menudo mujeres, sin embargo, como declara Clara Marcellán, es importante prestar atención a sus pinceladas, "su técnica era prodigiosa y poseía un trazo súper vigoroso, nada delicado", precisaba Clara Marcellán o la importancia de la luz en todas sus composiciones, como en El espejo psiqué,la cual expuso en la Primera Exposición Impresionista.

“En su certificado de defunción no figura que fuera 'artista', lo que evidencia la lucha constante por el reconocimiento oficial”. Clara Marcellán

Siempre defendió su profesión y mantuvo su apellido de soltera para exponer, en vez de utilizar el de su marido. Sin embargo, y a apesar de su determinación, en su certificado de defunción no no figura como artista.

placeholder Visitantes en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza junto al cuadro `El espejo psiqué' de Berthe Morisot. (A. B.)
Visitantes en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza junto al cuadro `El espejo psiqué' de Berthe Morisot. (A. B.)
placeholder Detalle de `El espejo psiqué'. (A. B.)
Detalle de `El espejo psiqué'. (A. B.)

Obras en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: Pastora desnuda tumbada y El espejo psiqué.

Sonia Delaunay: color, lienzo y confección

Creadora junto a su marido del 'Simultaneísmo' u 'Orfismo', la historia de Sonia Delaunay (1885 - 1979) da para una serie de Netflix. Nació en Ucrania en una familia muy humilde, por lo que la enviaron a San Petersburgo con su tío. Allí recibió una educación exquisita en la que, por supuesto, la pintura tuvo un rol determinante. Para continuar con su enseñanza artística y cosmopolita, viajó a París, en pleno esplendor de las vanguardias. Pero su familia la reclamó en Ucrania para casarla, para evitarlo, Sonia contrajo un 'matrimonio blanco' con el galerista Wilhelm Uhde (amigo suyo y homosexual) para poder quedarse en París. Más tarde conocería al también pintor Robert Delaunay, con quien se casaría tras divorciarse de Uhde. De esa unión nacería el colorido 'Simultaneísmo', pinturas que se basan en el contraste simultáneo de los colores siguiendo la idea de que el color no es algo estático, sino que cambia y genera una vibración rítmica dependiendo de los tonos que tenga al lado.

placeholder Marta Ruíz del Arbol, conservadora de Pintura Moderna en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. (A. B.)
Marta Ruíz del Arbol, conservadora de Pintura Moderna en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid. (A. B.)

Pero la inquietud de Sonia no se quedaría en los lienzos tradicionales, sino que expandió su uso del color y de las formas a los tejidos. Bordó mantas de patchwork siguiendo la técnica, lo trasladó a vestidos, usando tejidos ricos como la seda y se metió en las artes decorativas, ampliando su negocio. Tras la Revolución de 1917, fundó en Madrid la 'Casa Sonia', diseñando moda y decorando hogares. “Lo que la diferencia y lo que le va a penalizar después es que ella sí que hace artes aplicadas... se las considera inferiores porque en ese momento lo que prima es la idea del arte por el arte”, señala Marta Ruiz del Árbol , conservadora senior de Pintura Moderna del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, a pesar de ello, Sonia Delaunay fue la primera mujer viva en tener una retrospectiva en el Louvre.

“Ella diseña estos vestidos simultáneos, liberando el cuerpo femenino del corsé para convertirlo en un cuadro en movimiento”. Marta Ruiz del Árbol

Sus prendas deseconcertaban el cuerpo femenino, liberándolo y convirtiéndolo en un lienzo en sí mismo. Una de sus obras en del museo Thyssen, Vestidos simultáneos, está compuesto por tres maniquíes con tres vestidos que siguen ese patrón de color y formas geométricas rítmicas. Venía a ser como un boceto de futuros vestidos pero en un cuadro de grandes dimensiones.

Obras en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: Vestidos simultáneos (Tres mujeres, formas, colores), Naturaleza muerta portuguesa.

placeholder Sala de las musas en el Museo del Prado. (A. B.)
Sala de las musas en el Museo del Prado. (A. B.)

Sofonisba, Artemisia, Clara, Angelica, Berthe o Sonia son solo algunas de las mujeres cuyas obras permanecen en silencio embelleciendo salas de las pinacotecas madrileñas, sin embargo, la lista es más amplia, a veces identificadas con nombres y apellidos y otras a modo de maestras pinceladas en cuadros célebres firmados por otros. Cada día, museos como el del Prado o el Thyssen, se esfuerzan por colocarlas en el lugar que merecen y que la historia les ha negado, a través de cartelas, recorridos o exposiciones, pero también es importante conocer sus historias para descubrir que términos actuales como el techo de cristal o las consecuencias por denunciar una agresión, llevan ocurriendo siglos.

Para ser pintora o escritora, una mujer debía ser excelsa: inteligente, discreta, políglota y con conocimientos de música y arte. Como señala Leticia Ruiz parafraseando a Jane Austen, a las mujeres se las educaba con "un poquito de todo" (idiomas, arte, etc.) con el objetivo de que no destacaran demasiado ni invadieran el mundo de los hombres.

Con este paseo escondido por los museos, te invitamos a redescubrir salas en las que ya has estado, pero prestando más atención a las obras pintadas por mujeres para devolverles el lugar que siempre les perteneció, sin olvidar que disfrutamos de ellas porque también fueron preservadas por manos femeninas.

Si has visitado alguna vez has deambulado por el Museo Nacional del Prado o el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, habrás pasado por delante de ellos. Su estructura, el trazo de sus pinceladas o el movimiento al que pertenecían, no te harían recapacitar en si eran cuadros pintados por mujeres... ¿O tal vez sí? Lo cierto es que nombres como Artemisia Gentileschi, Clara Peteers o Sonia Delaunay, aunque reconocidos para el ojo experto, no son los que se enseñan en las aulas, ni tampoco en los que el guía se detiene al visitar la pinacoteca.

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