Puerto Rico me lo regaló: relato de un viaje inolvidable por la identidad boricua, su naturaleza salvaje, y los siglos de historia que lo convierten en 'el destino'
Entre República Dominicana y las Islas Vírgenes, otra isla tropical de poco más de 150 kilómetros, poblada por irreductibles boricuas, nos atrapa entre sus colores coloniales, su gama de verdes mar y montaña, y una hospitalidad fuera de lo común.
Si hace un mes nos dicen que nos íbamos a despojar del disfraz de turista caribeño estándar 6.000 kilómetros allende los mares, para echarnos a la calle a janguear (léase 'janguial', Benito Antonio Martínez Ocasio mediante) probablemente hubiéramos rehusado amablemente la propuesta. Que tenemos una edad. Pero no tenemos personalidad. Ha sido poner un pie en Puerto Rico ('pe', 'erre' para los boricuas) y no pisar el hotel más que para situarnos en horizontal.
Instalamos nuestro campamento base disfrutón en la capital, San Juan (el Viejo). Este viaje a Estados Unidos (porque PR es un Estado asociado de Estados Unidos, aunque sus ciudadanos no tienen derecho al voto, entre otras cosas) nos lleva por tierra (que el mar y el aire estaban bravos, impracticables) hasta la hermosa e histórica ciudad de Ponce, capital cultural del Caribe. También recorremos kilómetros y kilómetros de naturaleza salvaje en un lugar sagrado en la cultura puertorriqueña como es el bosque tropical de El Yunque, donde conocemos personalmente al coquí, nuestro nuevo mejor amigo (después hacemos las presentaciones).
Chinchorrear con pitorro de coco, probar el mofongo (el nombre da una idea de la contundencia del plato), pedir un café con chanchito, comprarnos una pava o bailar bomba con Sheila en la playa de Loíza (la salsa se da por hecho) suma puntos para conseguir el título de hijo predilecto boricua. Casi lo tenemos. Que no cunda el pánico, que todos los palabros mencionados tendrán el don de la obicuidad cuando vayamos relatando nuestras aventuras. 'Puelto' Rico es, definitivamente, 'el destino'.
El Viejo San Juan, un pueblo encantador con 500 años de historia
Entramos en el Viejo San Juan por la puerta grande, de la mano de su paisano Benito Antonio Martínez, Bad Bunny para los amigos. Para los fans que no hayan infartado, aclarar que nos referimos a que nuestra llegada coincide con la Super Bowl y su insurrecta puesta en escena durante el intermedio (que todavía colea). Aquí el conejo malo es el boss, y los boricuas (término que define a la mezcla genuinamente puertorriqueña, y al espíritu resultante de ella entre indios taínos, africanos y españoles) le rinden pleitesía en cada esquina.
De regreso al hotel desde la azotea del hotel Alma, donde hemos divisado el magestuoso Castillo de San Cristóbal y cenado en Mar y Rosa (muy muy rico, en especial sus tostones), empezamos a tomarle el pulso a los colores de la ciudad, con sus edificios coloniales, sus bulliciosos locales nocturnos y sus maravillosas gentes. ¿Nuestro antro favorito? Sin duda, el cocktail bar La Factoría, en la mítica calle San Sebastián, donde damos nuestros primeros pasos salseros con una banda improvisada en directo (lo que pasa en San Juan de Puerto Rico, se queda en San Juan de Puerto Rico).
Desde nuestro hotel Palacio Provincial (only adults), un precioso edificio de 1874 vamos descubriendo poco a poco, adoquín a adoquín, la catedral de San Juan (donde se casó Marc Anthony en 2002 con Diana Torres), el encantador Café Caleta frente a ella, y el hotel El Convento (desde 1962), toda una institución en el Viejo San Juan, construido a mediados del siglo XVII a petición del rey Felipe IV como primer convento carmelita de América. A lo largo de su historia como hotel, El Convento ha sido anfitrión de figuras ilustres como Ernest Hemingway, Truman Capote o Rita Hayworth. Este año incluye numerosos eventos para celebrar los 375 años de legado histórico.
En El Convento conocemos a Alejandra, española que lleva 10 años en Puerto Rico y que trabaja junto a sus socios en Materia Prima, por devolverle a los puertorriqueños la esencia a través de la filosofía 'farm to table' (de la granja a la mesa). Todo un movimiento de regreso a las raíces, insurrecto con las exigencias estadounidenses de consumir productos norteamericanos, que se materializa también en otros lugares, como el restaurante Cocina Abierta. No es algo anecdótico, 'farm to table' es una forma de resistencia, y de reivindicación de lo local, el producto de proximidad y la identidad perdida.
Y también resistencia, pero de otro tipo, es la que ejercen los cruceristas en el Viejo San Juan, que llegan por oleadas (literal), agitando sus chanclas, luciendo un rojo bermellón en sus carnes, comprando souvenirs a mansalva y exhibiendo sus urgencias turísticas antes de que el pueblo con más de 500 años de historia se les convierta en calabaza (cuando zarpa el amor, perdón, ¡el barco!) Nada que objetar en contra de los cruceristas, pero oye, lo tranquila que se queda la ciudad cuando parten con la casa a cuestas...
Imprescindible en el bullicioso Viejo San Juan y su pasado militar es acercarse a conocer la impresionante fortificación del Castillo San Felipe del Morro (Patrimonio de la Humanidad), un paisaje insospechado que se asoma al mar y nos retrotrae a los tiempos de la conquista española con una belleza indiscutible. Junto a El Morro, se abre paso el barrio de La Perla, lugar viral donde los haya desde que Luis Fonsi grabó en él el mítico vídeo de 'Despacito'. En términos generales, San Juan es un lugar seguro. La Perla… so, so.
El Yunque: un día en el bosque, a ritmo de la herencia africana
Otra visita que no puede faltar en un viaje a Puerto Rico es El Yunque, único bosque subtropical en el Servicio Forestal Nacional de los Estados Unidos, explorando la exhuberante flora y fauna de la isla con vistas al Caribe y al Atlántico. Verde que te quiero verde, desde las alturas divisamos tanto Riogrande como Luquillo y Fajardo, además de la maravillosa Isla Culebra en lontananza. Desafortunadamente, y a pesar de viajar en la temporada seca, las condiciones del mar no nos permiten surcar los mares hasta la Playa Flamenco, una de las más bonitas del mundo. La Biodramina con cafeína regresa a España sin salir del blíster.
Franky, nuestro guía favorito de Bespoke, nos habla de la cultura de montaña, de cómo se forjan los puertorriqueños de tierra adentro, de su pueblo, Riogrande, de las más de 6000 cascadas de El Yunque, de la sierra de Luquillo donde los locales le dan a eso del chinchorreo, que consiste en ir recorriendo quioscos informales con paradas para comer alcapurrias (especie de croquetas con plátano majado relleno de carne o cangrejo) y beber en familia... También es Franky quien cumple nuestro deseo/obsesión de ver un coquí, rana diminuta con una potencia vocal descomunal que ya hubiera querido la Callas y que nos da las noches. Check!
Conocemos después a un personaje singular. Se llama Samuel Lind, es artista local afrocaribeño, y ha pasado sus más de 70 años de vida dedicado a la comunidad desde el arte, hasta el punto de que diseñó la bandera de Loíza. En su casa-estudio (imprescindible para entender la cultura local) charlamos con él, donde nos cuenta cómo Spike Lee le compró un cuadro, al tiempo que vemos otro que sirvió de portada a uno de los discos de Rauw Alejandro, también creado por él. Nos hubiéramos quedado de mil amores, pero en la playa nos espera Sheila, toda una institución de la Bomba, el baile que trajeron los africanos llegados a la isla como esclavos y que pone todo su afán en enseñarnos cómo dialogaban sus antepasados con el sonido del tambor. Un espectáculo digno de ver, y sentir.
La ruta del modernismo por Ponce, y un café con chanchito
Bajamos al sur de 'la isla del encanto', hasta Ponce, capital cultural del Caribe y la segunda en extensión e importancia después de San Juan. Conocido como 'La Perla del Sur', este municipio puertorriqueño exhibe un señorío especial, con edificios modernistas impresionantes de comienzos del siglo XX (precioso el Museo de la Arquitectura Ponceña). Una curiosidad: sus aceras son en chaflán, no existen las esquinas. Su plaza principal, Las Delicias, es un excelente punto de partida para recorrer la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe, la Fuente de los Leones, y el singular edificio (el más instagrameable de todo Puerto Rico) Parque de Bombas, antigua estación de bomberos icónica en rojo y negro.
Muy cerca de Ponce se encuentra la Caja de Muertos. A pesar de su nombre, se trata de un islote, pequeño paraíso natural con playas impresionantes, rutas de senderismo, y un faro singular. ¡Menos mal que no es lo que parece! De regreso al Viejo San Juan, mientras nos habla de la Ruta del Tabaco de Caguas, o de la ruta del Lechón, Franky menciona un lugar en el que sirven “un café con lechón”.
Acostumbrados a todo tipo de excentricidades culinarias, rogamos (entre risas) un alto en el camino, en la lechonera Los Amigos. Afortunadamente no es que le echen un torrezno al café con leche. Eso sí, en vez de una espiga o un previsible corazón, el dibujo que corona nuestro café es eso, un 'chanchito' (cerdo). ¿Puede haber un detalle más lifestyle que este?
Unos bailes en la Placita de Santurce y algunas cuentas pendientes
Venir a Puerto Rico y no echar unos bailables es pena capital. ¿El mejor lugar para contagiarse del ritmo local? La Placita de Santurce. En este barrio colorido y vibrante como ningún otro, Santurce, el arte urbano se adueña de las paredes y de los decibelios, que suben inversamente proporcionales a la caída de la tarde.
Barras en las que tomar algo, una detrás de otra (las barras, no las copas) en la calle Cerra, música a todo lo que da (igual que el aire acondicionado, que aquí siempre es high) y graffittis absolutamente espectaculares dan vida al barrio más libre y callejero de la isla (por lo que sea, nuestro favorito). Aquí, el janguear… (del inglés 'hang-out') ¡no se va a acabar! Después de cenar el obligado mofongo (masa a base de jugo de grasa de cerdo y plátano macho) en 'La Alcapurria Quemá' y bebernos la enésima Medalla, su cerveza estrella, nos disponemos a mover las caderas (a todo lo que den).
Si por la mañana es el café (y una pava, el sombrero tradicional que utilizaban los jíbaros –campesinos– para faenar y que tejen unas manos artesanas en esta misma plaza), por la tarde es ron y salseo (no os perdáis una visita a la destilería Ron del Barrilito en Bayamón, ni tampoco su masterclass de Piña Colada si queréis saber el origen de la bebida oficial). Los tres millones de puertorriqueños que aún permanecen en la isla (cinco ya se fueron a Estados Unidos) hacen de la hospitalidad su bandera y del baile su religión.
Aunque pasamos un día en la playa urbana con bandera azul, Isla Verde (en 'pe' 'erre' todas las playas son públicas, minipunto para los boricuas), y tan a gusto, lo cierto es que la temporada seca (presuntamente, que nos ha caído la mundial) nos ha impedido cruzar hasta la isla Culebra y la Playa Flamenco. ¡Habrá que volver! Con lluvia o sin ella, descubrir el espíritu boricua, la cultura de la celebración, recorrer su apasionante historia en el Museo de Arte, patear sus vibrantes calles, y sentirnos en casa no tiene precio, y sí mucho valor. Debí tirar más fotos de cuando te tuve…
Con un pie en la 'guagua' que nos lleva al aeropuerto, alguien vocea: “se me cuidan, familia”. No estamos llorando, es que se nos ha metido algo en el ojo…
Si hace un mes nos dicen que nos íbamos a despojar del disfraz de turista caribeño estándar 6.000 kilómetros allende los mares, para echarnos a la calle a janguear (léase 'janguial', Benito Antonio Martínez Ocasio mediante) probablemente hubiéramos rehusado amablemente la propuesta. Que tenemos una edad. Pero no tenemos personalidad. Ha sido poner un pie en Puerto Rico ('pe', 'erre' para los boricuas) y no pisar el hotel más que para situarnos en horizontal.