La relación con los padres cambia con los años. Lo que en la infancia se vive como admiración absoluta, en la adolescencia puede convertirse en distancia, conflicto o necesidad de independencia. Para Elsa Punset, ese recorrido forma parte de la evolución emocional de cualquier persona.
La escritora y divulgadora reflexiona sobre un proceso que, según explica, han abordado grandes referentes de la psicoterapia, desde Freud y Jung hasta Erich Fromm. Un camino que no tiene que ver solo con hacerse mayor, sino con aprender a mirar la propia historia familiar desde otro lugar.
Punset distingue tres grandes etapas. La primera llega durante la infancia, cuando los padres ocupan un lugar casi idealizado. “Básicamente, adoras a tus padres”, señala. No se trata de una admiración casual: en esos primeros años son quienes protegen, cuidan y ofrecen seguridad.
Después aparece la adolescencia, una fase en la que surge la necesidad de separarse emocionalmente. El hijo empieza a construir su identidad, a cuestionar normas y a marcar distancia.
Según Punset, es ahí cuando muchas personas se atreven a enfrentarse a sus padres, no necesariamente por rechazo, sino porque necesitan “cortar el cordón umbilical” para empezar a ser ellas mismas.
La tercera etapa es, quizá, la más compleja: comprender y perdonar. La escritora sostiene que llega un momento en la vida adulta en el que la mirada sobre los padres deja de ser tan rígida. Ya no se les observa solo como figuras de autoridad, sino también como personas con límites, errores, heridas y circunstancias propias.
Para Punset, no alcanzar esa fase puede tener consecuencias emocionales importantes. “Conozco a personas que no han logrado perdonar a sus padres”, afirma. Y añade que vivir instalado en ese conflicto puede convertirse en una forma de guerra interna, porque los padres también forman parte de la propia identidad.
Cambiar la relación de madre e hija. (Pexels/ Vitaly Gariev)
El mensaje de Punset no implica justificar cualquier daño ni borrar lo vivido, sino cambiar el enfoque. Comprender no siempre significa aprobar, pero sí puede ayudar a dejar de mirar el pasado desde el reproche permanente. En ese sentido, crecer también supone aceptar que los padres no fueron perfectos y que, probablemente, nadie lo es.
La relación con los padres cambia con los años. Lo que en la infancia se vive como admiración absoluta, en la adolescencia puede convertirse en distancia, conflicto o necesidad de independencia. Para Elsa Punset, ese recorrido forma parte de la evolución emocional de cualquier persona.