Raúl Del Pozo: los secretos tras el periodista de aldea, republicano, leal al rey Juan Carlos y con una vida nocturna ‘oscura’
Fallece Raúl Del Pozo, periodista y escritor español, reconocido por su independencia, humor y aguda mirada sobre la sociedad. Una vida dedicada a la cultura y la verdad, dejando un legado irrepetible en la prensa española
Raúl del Pozo, en una imagen de archivo de 1999. (Europa Press)
Raúl Del Pozo era un hombre libre en el amplio sentido de la palabra. Nació en La Torre, una aldea de la provincia de Cuenca, donde aprendió a leer, a escribir y a respetar al maestro. Esto último era algo que tenía grabado a fuego y no entendía cómo se permitía la mala educación. Cuando hablaba con él sobre este tema para hacer algún reportaje sobre educación, me dijo una frase muy ilustrativa: “Se perdió el respeto cuando los alumnos comenzaron a tutear a los profesores. No hubo vuelta atrás y ahí comenzó el desgaste”.
Era generoso y nunca ponía pegas cuando se le llamaba para cualquier asunto, donde su comentario siempre resultaba ilustrativo. La última vez fue en el 20º aniversario de la boda de Felipe VI y Letizia Ortiz, de la que me dijo: “La chica del pueblo le ha dado más brillo a la Corona que todas las tiaras de los Borbones”. Era republicano de corazón y juancarlista de palabra.
Jesús del Pozo, en una imagen de archivo. (Europa Press)
Cuando el rey emérito se marchó a los Emiratos, le llamó por teléfono. Fue de las pocas personas que estuvieron al tanto de ese viaje y siempre mantuvo que no fue por elección “sino por recomendación”. Don Juan Carlos hablaba con él a menudo y no le impuso silencio, entre otras cosas porque sabía que su lealtad iba por otro lado.
Esa fidelidad la mantenía con sus amigos, sus conocidos, con los camareros del café Gijón, que fue durante años su segunda casa, y con cualquiera que le cayera bien. Con los otros, con los trepas, ni agua.
Raúl del Pozo, en una imagen de archivo. (Europa Press/Jesús Hellín)
Era espléndido a la hora de dar información y la frase de “llama a Raúl que él te cuenta” era una especie de mantra para los redactores más jóvenes y para todos. Era presumido, le gustaba ir como un pincel y también coquetear. Durante años su recorrido comenzaba en Gades, continuaba en El Coq para acabar en Boacccio, donde compartía whisky con las figuras de toda la vida.
No escondía su vida nocturna, que él calificaba de oscura, cuando se juntaba con algunos de sus amigos para jugar al póker en lugares clandestinos. En uno de los chalets del elitista barrio de El Viso se reunía con marquesas, directores de cine, actores y delincuentes de guante blanco. Unas veces salía triunfante y otras tenía que pedir dinero prestado al cerillero del café Gijón. Se lo devolvía con interés y con un regalo: unas veces era una tele de plasma y otras un paseo en Rolls-Royce, el coche de su gran amiga Lita Trujillo.
Raúl Del Pozo era un hombre libre en el amplio sentido de la palabra. Nació en La Torre, una aldea de la provincia de Cuenca, donde aprendió a leer, a escribir y a respetar al maestro. Esto último era algo que tenía grabado a fuego y no entendía cómo se permitía la mala educación. Cuando hablaba con él sobre este tema para hacer algún reportaje sobre educación, me dijo una frase muy ilustrativa: “Se perdió el respeto cuando los alumnos comenzaron a tutear a los profesores. No hubo vuelta atrás y ahí comenzó el desgaste”.