Adiós a Irene de Grecia, la princesa rebelde que compraba en el mercadillo y no quería hablar del amor
Figura discreta pero imprescindible de la realeza europea, la princesa Irene de Grecia y Dinamarca dedicó su vida a la ayuda humanitaria, la música y la reflexión espiritual
Irene de Grecia junto a la reina Sofía en 1961. (Gtres)
La princesa Irene de Grecia y Dinamarcaha sido, gracias a su incesante labor en pro de los desfavorecidos, una de las grandes figuras humanitarias del siglo XX. Durante casi tres décadas presidió la ONG Mundo en Armonía, que trabajó incansablemente por la mejora de la vida de diferentes colectivos en España, India o Grecia, además de ayudar en casos de emergencia, como en el tsunami de 2004 en la isla indonesia de Sumatra.
Tuvo una vida poco convencional, desde su nacimiento en Sudáfrica hasta su muerte este 15 de enero. Su madre, Federica de Grecia, y sus hermanos mayores, Sofía y Constantino, vivían en este país exiliados, mientras su padre, Pablo de Grecia, llevaba los asuntos de Estado desde El Cairo, en plena guerra. Quizá por ello le pusieron el nombre de Irene, que significa paz en griego.
Vivió gran parte de su vida en diferentes países. Con diez años ingresó en el colegio alemán de Salem, y a los veinticinco años, en 1967, tras el Golpe de los Coroneles, su hermano, el entonces rey Constantino, se exilió, primero a Italia y posteriormente a Inglaterra, donde la Familia Real británica les acogió afectuosamente debido al parentesco del rey Pablo, padre de Irene, con el difunto Felipe de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II.
Irene de Grecia junto a sus hermanos. (Getty)
Irene les acompañó a Italia, pero posteriormente se fue a vivir con su madre a la India, país que conocieron en un viaje oficial y que cautivó a ambas. Madre e hija se iniciaron en la meditación y la filosofía oriental a través del profesor hindú Mahata Teva (TMP Mahadevan), profesor de Filosofía en la Universidad de Madrás (actual Chennai), donde Irene se especializó en el Estudio Comparado de las Religiones.
Tanto la reina Sofía como Irene han sido grandes apasionadas de la música clásica. La princesa incluso llegó a dar algunos conciertos en Europa —en Londres, en Grosvenor Square— y en Estados Unidos, como el que ofreció en Cincinnati con su profesora Gina Bachauer y el director de orquesta Max Rudolf, tras el cual declararía: “Entendí lo que era sentirse uno con la orquesta, fue una época increíble, sentía una paz enorme, era como nadar en agua de paz”.
Irene de Grecia, en una imagen de archivo. (Getty)
Sin embargo, sus compromisos humanitarios inclinaron sus esfuerzos hacia su organización Mundo en Armonía, por la que recibiría diferentes reconocimientos, como el doctorado honoris causa en Humanidades por la Universidad Lake Forest de Illinois (Estados Unidos) y el de la Universidad de Connecticut (Storrs). También fue vicepresidenta de la Fundación Banco Santander Central Hispano y miembro del Consejo de Honor de la Asociación Peres para la Paz en España.
Con su fallecimiento, la reina Sofía ha perdido, además de una hermana, a una compañera siempre fiel y discreta, con la que ha vivido durante décadas en el Palacio de la Zarzuela, donde disponía de un dormitorio con saloncito, baño y vestidor.
Su personalidad arrolladora me conmovió en la primera ocasión en que pude conocerla personalmente, y también años después, cuando tuve el honor de escribir su biografía autorizada y de tener charlas distendidas en las que no esquivó ningún tema, salvo el amor, del que no podía hablar porque, según decía, podría afectar a terceras personas.
Me comentó entusiasmada —y así se refleja en el libro 'Irene de Grecia, una princesa rebelde' (Plaza & Janés)— lo preparada que estaba la entonces princesa Letizia, la fortaleza de su hermana ante las adversidades, el carácter cordial del rey Felipe VI o su relación con todos sus sobrinos, que la llamaban tía Pecu, porque es una persona peculiar.
Irene de Grecia en una de sus últimas apariciones públicas. (Efe)
También pude observar su fino sentido del humor, patente en la anécdota en la que mostró sus zapatos a una señora muy encopetada, en un banquete real, donde la princesa afirmaba que le habían costado 20 euros y que los había comprado en el mercadillo de Majadahonda. Nos reímos con ganas aquella tarde en la que me contaba cómo viajó a la India con 100 vacas y su apuro por el olor que desprendía cuando llegó al hotel y compartió ascensor con otros huéspedes.
Su cara se transformaba cuando la llamaba su hermana. Un día que se nos hizo tarde, la llamó para decirle: “¿Dónde estás? Te estamos esperando para cenar”, y mirándome, como pillada en falta, me dijo: “Tengo que irme”. Su única objeción al libro fue el cambio en el título, que en origen iba a ser 'La princesa humilde', y ella prefería 'rebelde'. Lo justificó así: “En mi entorno tengo muchos privilegios para denominarme humilde, pero sí soy rebelde porque siempre he actuado de forma diferente”.
Era de esas personas que se preocupan por los demás. Trataba con la misma dignidad a gente humilde o poderosa. Miraba a los ojos y siempre te preguntaba cómo estabas o qué tal tus hijos (de los que conocía los nombres), e intentaba facilitar al máximo todo. Era una persona con empatía, una gran persona. El rey Juan Carlos llegó a decir de ella: “Es la persona con el corazón más grande que conozco".
La vi por última vez en 2023, en la presentación de las memorias de un amigo común, Diego Hidalgo. Me acerqué a saludarla y no me reconoció. Una de sus amigas le dijo: “Mira, es Eva Celada, la escritora que escribió tus memorias”. Ella me regaló una amplia sonrisa, pero sus ojos ya no me miraban.
La princesa Irene de Grecia y Dinamarcaha sido, gracias a su incesante labor en pro de los desfavorecidos, una de las grandes figuras humanitarias del siglo XX. Durante casi tres décadas presidió la ONG Mundo en Armonía, que trabajó incansablemente por la mejora de la vida de diferentes colectivos en España, India o Grecia, además de ayudar en casos de emergencia, como en el tsunami de 2004 en la isla indonesia de Sumatra.