El regreso de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh en clave estilística: un jumpsuit deportivo, vuelta a los 90 y todo al rosa
El Bilbao Exhibition Center acogió el esperado reencuentro entre la cantante y la banda donostiarra, marcado por una estética pop que evocaba directamente a la nostalgia
La lluvia no pudo parar a las miles de personas que hacían cola frente al Bilbao Exhibition Center. Nadie parecía dispuesto a moverse. Ni los paraguas vencidos por el viento ni las zapatillas empapadas podían competir con la nostalgia que flotaba en el ambiente. Después de casi dos décadas, Amaia Montero volvía al escenario junto a La Oreja de Van Gogh con su gira 'Tantas cosas que contar'. Y, como ocurre con los grandes regresos pop, la música era solo una parte del fenómeno. En la otra, estaba la estética. Esa capacidad de un look para resumir una época de un solo vistazo.
La cantante apareció sobre el escenario envuelta en un estilismo minimalista. Fuera de florituras, lució un maillot jumpsuit rosa chicle de silueta ajustada, cuello alto y líneas limpias, combinado con unas botas color pastel de tacón medio y efecto arrugado. Una mezcla que lleva directamente a la década de los 90 y principios de los 2000.
La elección era aparentemente sencilla. Sin embargo, funcionaba como una declaración de intenciones. Y es que Amaia no regresaba convertida en otra artista; lo hacía siendo el recuerdo exacto que toda una generación había conservado de ella, aunque actualizado bajo el filtro visual de 2026.
El rosa, además, estaba escogido a conciencia. Lejos del tono naïf con el que se asocia habitualmente este color, adquiría una lectura más poderosa, optimista y, sobre todo, pop. En un escenario dominado por pantallas en tonos fucsias, el estilismo creaba una continuidad cromática que convertía a la cantante en el centro absoluto del espectáculo. Todo conducía hacia ella. Hacia la voz que marcó las adolescencias de quienes ahora casi se quejan de la rodilla cuando llueve o de aquellos que buscaban tazos y tatuajes en los paquetes de Grefusa. Un público que acudía al concierto con la sensación de estar reencontrándose también con una parte de sí mismos.
La elección del maillot también dialoga con una tendencia cada vez más presente en la moda escénica contemporánea: el regreso de las prendas de una sola pieza, inspiradas en el universo dance y aeróbico de finales de los noventa y principios de los 2000. Firmas como Balenciaga, Mugler o Skims llevan varias temporadas reivindicando siluetas elásticas y ceñidas que abrazan el cuerpo casi como una segunda piel.
Han pasado diecinueve años desde aquella última actuación con la banda en Tenerife y ocho desde su último concierto propio en España. Demasiado tiempo como para que el regreso pudiera ser discreto. Los rumores de su vuelta crecieron en el verano de 2024, cuando apareció por sorpresa junto a Karol G en el estadio Santiago Bernabéu para interpretar 'Rosas'. Aquella actuación funcionó como un termómetro. Bastaron unos minutos sobre el escenario para comprobar hasta qué punto el imaginario de La Oreja de Van Gogh seguía intacto en el público español. El anuncio oficial llegó meses después, con una salida atropellada de Leire Martínez.
El concierto de Bilbao ha terminado de confirmar que la nostalgia se ha convertido en uno de los motores culturales más poderosos de la actualidad. Las canciones despiertan recuerdos, sí, pero también lo hacen las imágenes. El pelo rubio de Amaia iluminado en rosa, las botas, el micrófono en la mano y esa escenografía limpia y luminosa construyen ya una nueva postal pop para quienes crecieron escuchando 'Cuéntame al oído', '20 de enero' o 'La playa'.
La lluvia no pudo parar a las miles de personas que hacían cola frente al Bilbao Exhibition Center. Nadie parecía dispuesto a moverse. Ni los paraguas vencidos por el viento ni las zapatillas empapadas podían competir con la nostalgia que flotaba en el ambiente. Después de casi dos décadas, Amaia Montero volvía al escenario junto a La Oreja de Van Gogh con su gira 'Tantas cosas que contar'. Y, como ocurre con los grandes regresos pop, la música era solo una parte del fenómeno. En la otra, estaba la estética. Esa capacidad de un look para resumir una época de un solo vistazo.