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El perfume que no grita: así huelen las almas conscientes
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El perfume que no grita: así huelen las almas conscientes

Ese perfume al que vuelves una y otra vez. El que no sigue modas, porque está en sintonía contigo

Foto: Moodra (Cortesía)
Moodra (Cortesía)

Desde sus orígenes más remotos, el perfume no nació para impresionar, sino para invocar. En las culturas antiguas, perfumarse era un gesto espiritual, casi sagrado, con el que se pretendía “vestir el alma”, no el cuerpo. Era una forma de acercarse a lo divino, de purificarse antes de un ritual o simplemente de alinear la piel con la energía interior. En ese contexto, la fragancia no era ornamento, sino espejo: un reflejo íntimo de lo que somos.

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Hoy, cuando las estanterías de perfumería están repletas de frascos diseñados para seducir al primer roce, la memoria de aquel gesto ancestral parece diluirse. Y sin embargo, hay quienes buscan recuperarlo. No con nostalgia, sino con conciencia. Porque cada vez más personas entienden que oler no es solo una cuestión estética, sino una declaración silenciosa de identidad.

Una nueva forma de entender el lujo

En ese regreso a lo esencial se enmarca una marca española de perfumes de lujo que ha decidido ir a contracorriente. En lugar de ofrecer un impacto inmediato, propone una experiencia que se despliega lentamente, como una conversación profunda. MOODRA, que así se llama, no busca destacar en una fiesta: busca quedarse contigo cuando vuelves a casa.

Más allá de la forma, importa el fondo. Elaboradas en España y con ingredientes de alta calidad, sus fórmulas son tan respetuosas con la piel como con el entorno. Ediciones limitadas, producción sostenible y un enfoque que huye del artificio marcan el camino de una marca que no quiere ser otra más en la colección.

placeholder Manuel Labella (Cortesía)
Manuel Labella (Cortesía)

Inspirada en la filosofía oriental y en los cinco elementos —agua, tierra, aire, fuego y vacío—, esta firma concibe cada fragancia como un viaje hacia dentro. No se trata de cubrirnos con un olor, sino de invocar emociones, activar memorias y canalizar nuestra energía. No es perfume de conquista, sino de presencia.

Su fundador, Manuel Labella, lo resume así: “Nuestra firma nace del deseo de crear perfumes que despierten lo que sentimos y nos reconecten con quienes realmente somos.” Suena ambicioso, pero quizás lo más valioso que puede ofrecernos hoy una fragancia sea eso: una pausa, un ancla, un ritual.

Diseño que respira como el aroma

Esa filosofía no solo se huele. También se ve y se toca. El diseño de MOODRA, que ha sido premiado recientemente con un Laus Inbook 2025 otorgado por la ADG-FAD de Barcelona en la categoría de Packaging, es tan minimalista como elocuente. Cada frasco, lejos de ser un alarde visual, es una invitación a detenerse. La dirección creativa de David Brugarolas ha sabido traducir la esencia intangible de la marca en un objeto que transmite serenidad y profundidad.

Hay un círculo, símbolo del vacío (KU) en la estética japonesa, que se repite como signo de lo infinito. También un guiño al mudra, ese gesto milenario con el que se canaliza la energía en la práctica meditativa.

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Moodra

Y quizá ahí radique su verdadera apuesta por el lujo: no en el exceso, sino en la verdad. En un lujo que no necesita mostrar etiquetas, que no se impone, sino que acompaña. Que entiende el aroma como un acto de intimidad, no de exhibición.

Ser tu propio elemento

En tiempos de velocidad, propone ralentizar. Escuchar al cuerpo, atender al alma. Convertir el acto de perfumarse en un ritual consciente. Porque al final, la forma en que olemos dice más de nosotros que cualquier filtro. Y cuando encuentras ese perfume que no solo te gusta, sino que te refleja, ya no quieres oler a nada más.

Como reza su lema: Be Your Element. O lo que es lo mismo: deja que el aroma hable de ti, sin necesidad de alzar la voz.

Desde sus orígenes más remotos, el perfume no nació para impresionar, sino para invocar. En las culturas antiguas, perfumarse era un gesto espiritual, casi sagrado, con el que se pretendía “vestir el alma”, no el cuerpo. Era una forma de acercarse a lo divino, de purificarse antes de un ritual o simplemente de alinear la piel con la energía interior. En ese contexto, la fragancia no era ornamento, sino espejo: un reflejo íntimo de lo que somos.

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