Crítica de ‘Alien: Planeta Tierra’ (Disney Plus): ¿Dónde está el terror espacial puro?
La primera serie ambientada en el universo 'Alien' sustituye el terror esperado por conflictos existenciales protagonizados por 'sintéticos' —adolescentes y atolondrados—, y por unos bichos casi ridículos. Mucho presupuesto, poco tirón
En 1997, la película ‘Alien: Resurrección’ situaba la amenaza xenomorfa —léase bicherío alien— al ladito mismo del planeta Tierra, a pocos kilómetros de nuestra exosfera. Doscientos años después de su muerte en ‘Alien 3’, la segunda oficial Ellen Ripley había vuelto en versión clon y, tras ella, los problemas. Por no hacerlo muy largo: la nave de Ripley, cargada de xenomorfos, entra en piloto automático rumbo a casa. Pero ella —eterna Sigourney Weaver— la revienta antes de la reentrada, inmolándose. Todo por la humanidad.
En 2025 no hemos tenido tanta suerte. Una nave atestada de aliens y otros xenomorfos —algunos bastante ridículos, pero no nos adelantemos— se estrella en nuestro bonito planeta azul, concretamente en una ciudad llamada Nuevo Siam. Como siempre, la pérfida corporación de turno se ha dedicado a buscar alimañas alienígenas por los confines del universo —junto a nuestros aliens de toda la vida se traen cuatro o cinco especies más— para volver a liarla parda.
‘Alien: Planeta Tierra’, disponible en Disney+ desde el 13 de agosto, no es ‘Alien’: es otra cosa. Primera ficción televisiva oficial de la saga, creada por el debutante Noah Hawley (hasta ahora solo escribía guiones para series como ‘Fargo’) y con Ridley Scott como productor ejecutivo, su único punto fuerte es la ambientación. Estamos en 2120, dos años antes de los acontecimientos del primer ‘Alien’ (1979), y visualmente —solo visualmente— todo encaja a la perfección. Pero, ¿dónde está el 'survival horror' marca de la casa?, ¿dónde la angustia, la desesperación, el terror absoluto? Sencillamente, ni está ni se le espera.
¿Dónde está el 'survival horror' marca de la casa?, ¿dónde la angustia, la desesperación, el terror absoluto? Ni está ni se le espera
‘Alien: Planeta Tierra’ coquetea más con ‘Blade Runner’ que con la franquicia de la que proviene. Entre las ‘novedades narrativas’ aportadas, se exploran temas como la coexistencia entre humanos, sintéticos y los primeros ‘híbridos’, mitad y mitad de los dos anteriores. La protagonista es Wendy, una niña con cáncer terminal a la que, antes de morir, transfieren a un cuerpo sintético perfecto. Acaba de nacer la primera persona híbrida del universo 'Alien', pero el consiguiente: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy de la joven (interpretada por Sydney Chandler) ya lo hemos vivido mil veces y, a estas alturas, aburre.
Wendy no se llama Wendy por casualidad: es un homenaje a ‘Peter Pan’ cogido por los pelos. Como ella, se suman al equipo otros niños y niñas en fase terminal. Entran como críos en la ‘sala de transferencia de almas’ (esto es una invención nuestra) y salen como maduros cañón. Estos 'niños perdidos', en un pobre apunte de guion, tan pronto se comportan como mocosos absurdos como adoptan el rol de adultos heroicos empeñados en derrotar la epidemia bicheril. Y ya solo con eso, la ficción deja de interesarnos automáticamente.
Para acrecentar nuestro disgusto (deseábamos con todas nuestras fuerzas que ‘Alien: Planeta Tierra’ fuese nuestra serie del verano), Wendy tiene un hermano, CJ (interpretado por Alex Lawther). Se reencuentran. Pero, claro, él no la reconoce… Hasta que, tras intercambiar varios recuerdos de la infancia, palabras y momentos clave, empieza a pensar que igual sí es su hermana. El momento de la confirmación familiar resulta tan poco creíble que la historia se nos desmorona definitivamente.
Y luego está el surtido de xenomorfos: los aliens de toda la vida y los nuevos. Aquí sí que entra en escena el horror, pero en plan vergüenza ajena. Uno no sabe si está viendo ‘Monstruos S.A.’ o ante una ida de olla del tamaño de la galaxia. Por supuesto, abundan los 'facehuggers' (los centollos que te saltan a la cara y te meten la semilla de alien en la barriguita en plan endoscopia sin anestesia), hay muchos huevos de alien por aquí y por allí (de donde salen los 'facehuggers' traidores) y no faltan los 'chestburster' (algo así como: “estate quieto que alien quiere salir ya y te va a reventar el pecho”).
En su empeño por restarle seriedad a todo, ‘los niños perdidos’ pululan entre los huevos como quien esquiva una fuente de chorros en la canícula sevillana. Es duro afirmarlo, pero ‘Alien: Planeta Tierra’ incurre —a nuestro juicio— en demasiadas faltas de respeto al canon sacrosanto de la mejor saga de ciencia-ficción y terror —psicológico y corporal— de todos los tiempos. Para hacer honor a la verdad: tiene algunos momentos buenos, en especial a partir del cuarto capítulo, pero el conjunto no engancha como debería. Seguiremos buscando nuestra serie del verano 2025.
Un poco de historia xenomorfa
La saga 'Alien' comenzó en 1979 con ‘Alien: El octavo pasajero’, dirigida por Ridley Scott, una obra que redefinió el 'survival horror'. Ambientada en la oscuridad opresiva de la nave Nostromo, introdujo al xenomorfo, una criatura biomecánica cuya perfección letal marcó para siempre la historia del cine. La estética de H. R. Giger, el diseño de producción industrial y orgánico, y la presencia de Ellen Ripley como protagonista convirtieron la película en una toda una revolución. También fue una crítica sutil al corporativismo deshumanizado: la amenaza no era solo el monstruo, sino la compañía que lo había encontrado.
Siete años después, James Cameron dio un giro total con ‘Aliens: El regreso’ (1986), transformando la tensión contenida en acción militarizada. El terror se desplazaba al enfrentamiento frontal entre una colonia infestada de xenomorfos y un grupo de marines espaciales en modo supervivencia.
‘Alien 3’ (1992), dirigida por un joven David Fincher, tuvo una producción marcada por interferencias del estudio y reescrituras constantes. El resultado fue una cinta sombría y nihilista, que eliminaba a personajes clave y encerraba a Ripley en una prisión con un solo xenomorfo. Fue criticada por traicionar el arco emocional de la anterior entrega, aunque con los años ha ganado estatus de culto.
En ‘Alien: Resurrección’ (1997), Jean-Pierre Jeunet optó por un tono más grotesco y barroco. Ambientada 200 años después, con una Ripley clonada, exploró con humor negro y estética mutante cuestiones como la identidad y la monstruosidad heredada.
Quince años después, Scott volvió con ‘Prometheus’ (2012), una precuela filosófica que presentó a los Ingenieros, creadores de la humanidad. Aunque dividió al público, expandió la saga hacia lo metafísico y mitológico. ‘Alien: Covenant’ (2017) intentó reconciliar filosofía y terror corporal, con el sintético David (Michael Fassbender) como creador del xenomorfo definitivo.
Finalmente, en 2024, Fede Álvarez revitalizó el universo con ‘Alien: Romulus’, una entrega independiente entre la primera y la segunda película. Volvió al terror espacial puro, rindiendo homenaje al estilo original de Scott y recuperando la crudeza del 'survival horror'.
En 1997, la película ‘Alien: Resurrección’ situaba la amenaza xenomorfa —léase bicherío alien— al ladito mismo del planeta Tierra, a pocos kilómetros de nuestra exosfera. Doscientos años después de su muerte en ‘Alien 3’, la segunda oficial Ellen Ripley había vuelto en versión clon y, tras ella, los problemas. Por no hacerlo muy largo: la nave de Ripley, cargada de xenomorfos, entra en piloto automático rumbo a casa. Pero ella —eterna Sigourney Weaver— la revienta antes de la reentrada, inmolándose. Todo por la humanidad.