Crítica de 'El señor de las moscas': violencia, terror y niños de la mano del creador de 'Adolescencia'
Llena de subtextos y exquisitamente trabajada en su guion y en lo visual, es quizá la adaptación definitiva de la novela de Golding, además del mejor ejemplo de que el caos y la violencia van de la mano y de que el ser humano es capaz de cosas terribles
Los pequeños protagonistas de 'El señor de las moscas'. (Movistar Plus+)
Cuando William Golding publicó 'El señor de las moscas', la historia de unos niños que quedan aislados en una isla desierta tras un accidente de avión, no imaginó que aquel libro, que pasó desapercibido en 1954, acabaría convirtiéndose en un clásico imprescindible en los colegios británicos.
Con el tiempo, la novela se transformó en una metáfora oscura y sibilina sobre la maldad humana. El caos y los abusos de poder dentro de la jerarquía de ese grupo de niños, obligados a sobrevivir en un entorno paradisíaco que poco a poco adquiere matices siniestros, trascendieron los centros educativos para instalarse en el imaginario colectivo.
Y sus dos adaptaciones cinematográficas —sobre todo la primera, rodada en un amenazante blanco y negro y estrenada en 1963— terminaron de consolidarla como un cuento nihilista que sorprendía a todo aquel que lo veía y que hablaba, muy a las claras, de la necesidad humana de cierto orden. Político y social.
Piggy y Jack, dos de los personajes emblemáticos de 'El señor de las moscas'. (Movistar Plus+)
Tiene todo el sentido del mundo que, en pleno siglo XXI, sea Jack Thorne, creador de la terrorífica 'Adolescencia', quien haya llevado a la BBC una nueva adaptación de la obra de Golding. Al igual que la serie protagonizada por Stephen Graham, 'El señor de las moscas' no deja de preguntarse por qué la violencia puede anidar incluso en almas aparentemente cándidas.
La versión de Thorne, además, podría ser la adaptación definitiva de una novela que ya es historia de la literatura. Con un guion magníficamente escrito, que evita sobreexplicar y dedica un episodio al punto de vista de cada uno de sus cuatro protagonistas (Piggy, Jack, Simon y Ralph), la serie resulta un acierto incluso cuando modifica ciertos elementos de la novela.
Ralph intentando poner orden. (Movistar Plus+)
Por ejemplo, cuando convierte al personaje de Ralph en mestizo, reforzando así el paralelismo con el sistema de clases británico. Los privilegios raciales de algunos personajes quedan todavía más expuestos a través de la animadversión que Jack —hijo de militar con ansias de poder— siente hacia él.
También introduce un subtexto queer a través del personaje de Simon, algo que no exploraban ni la obra original ni sus dos adaptaciones cinematográficas.
El apartado técnico está tratado, además, con un mimo poco habitual.
'Piggy' ante el desastre del avión que los ha dejado en la isla. (Movistar Plus+)
Como el elenco infantil no podía rodar más allá de las seis de la tarde en una historia que, conforme avanza, transcurre en numerosas escenas nocturnas, el director Mark Munden y el director de fotografía Mark Wolf filmaron esas secuencias con una cámara infrarroja cuyos efectos, al registrar el follaje verde de la isla, rozan la psicodelia. Un recurso visual muy acorde con la locura que va apoderándose de los pequeños.
Los terroríficos primeros planos, la utilización de música clásica en muchas secuencias y los interludios con inquietantes imágenes metafóricas de la naturaleza —águilas cazando a otros animales, gusanos reptando para huir de hormigas acosadoras— acercan la serie a una producción de autor, muy lejos del academicismo ramplón de cualquier producto dictado por el algoritmo.
Una imagen del rodaje de 'El señor de las moscas'. (Movistar Plus+)
Incluso los flashbacks que puntean el pasado de los cuatro protagonistas están introducidos con gusto y sin excesos, como un recurso necesario para comprender a los personajes y no como un subrayado gratuito.
A lo largo de sus cuatro capítulos, 'El señor de las moscas' se convierte en el ejemplo perfecto de miniserie: literaria, pero lo suficientemente diferenciada de su homónimo; entretenida, llena de subtextos y exquisitamente trabajada en lo visual.
Una delicia que vuelve a recordarnos que el odio y la violencia suelen ir de la mano de la frustración. Y que el ser humano sigue siendo capaz de cometer actos terribles, tenga la edad que tenga.
Cuando William Golding publicó 'El señor de las moscas', la historia de unos niños que quedan aislados en una isla desierta tras un accidente de avión, no imaginó que aquel libro, que pasó desapercibido en 1954, acabaría convirtiéndose en un clásico imprescindible en los colegios británicos.