Crítica de 'El refugio atómico': la serie de Netflix es más caótica que el propio Apocalipsis
Intermitentemente entretenida, la serie que aspira a revalidar el éxito de 'La casa de papel' se atasca en decisiones de guion inverosímiles, diálogos obvios y cambios de tono que no siempre funcionan
Los relatos colectivos de supervivencia frente al desastre han sido uno de los puntos fuertes del cine y la televisión a lo largo de toda su historia. De aquel terremoto primitivo de 'San Francisco' al incendio de 'El coloso en llamas', sobrevivir a un desastre fue una constante que posibilitó grandes despliegues de efectos especiales y otro tanto de análisis de personajes de todo pelaje.
En las series, esa colectividad en peligro dio lugar a series que ya son historia de la televisión como 'Perdidos', con aquella isla que encerraba un misterio que tardamos varias temporadas en descifrar.
Más allá de desastres, si a la ecuación peligro le añadimos la de refugio, cómo olvidarnos de 'La habitación del pánico', en la que David Fincher metió a Jodie Foster y a una jovencísima Kristen Stewart en una 'panic room' para darnos una lección magistral de cómo manejar los tiempos narrativos en un espacio único.
'El refugio atómico', gran estreno de Netflix que tiene tras de sí los nombres de Álex Pina y Esther Martínez Lobato, cuenta con esos ingredientes y al legado mencionado se unen, en un imposible cóctel, rasgos de 'Black Mirror', 'La casa de papel' (tras la que también estaba Álex Pina) e incluso 'Vis a Vis'. De hecho, la narración comienza teniendo una cárcel, y no un búnker, como escenario principal.
El reparto coral de 'El refugio atómico'. (Netflix)
Antes de los barrotes y el fugaz 'Prison Break', la frenética secuencia inicial nos expone una historia de amor entre el joven Max (Pau Simon y su voz en off) y su chica desde que son unos niños.
Pero el romance acaba en drama (y no precisamente a lo 'Up') cuando ella fallece en un accidente de tráfico causado por el estado de embriaguez de él. El joven dará con sus huesos en una cárcel en la que mutará de pijo pardillo a superhombre del club de la lucha para hacer frente a las palizas y vejaciones.
Miren Ibarguren y sus siniestras intenciones en 'El refugio atómico'. (Netflix)
Al salir de prisión, nada es lo que parece. Ha estallado la Tercera Guerra Mundial (los creadores saben de sobra que, en nuestros tiempos demenciales, estamos continuamente al borde de la misma) y su padre, encarnado por un eficaz Carlos Santos, lo lleva a un búnker en el que también se ha refugiado toda la familia.
Liderado por Minerva (encarnada por una Miren Ibarguren que sigue en racha), el lugar (Kimera Underground Park) es una especie de complejo vacacional de lujo en el que Max se encuentra a la familia de su joven amada. Primer conflicto servido en bandeja de plata.
Alicia Falcó en un momento de 'El refugio atómico'. (Netflix)
Como esperará cualquier espectador docto en series, Minerva no es la persona que dice ser y tiene intenciones ocultas. El búnker tampoco es lo que parece y las rencillas se irán sucediendo destapando, vía flashbacks y conversaciones en tono operístico, los encuentros y desencuentros que han jalonado los vínculos de las dos familias a lo largo de los años.
Desencuentros, adulterios y secretos inconfesables entremezclados con una obvia crítica a las barreras sociales y a la diferencia de clase. Y es que la presencia de personas con dinero e influencias en el búnker tiene mucho que ver con el propósito real de Kimera Underground Park, que así se llama la organización.
Los personajes de 'El refugio atómico', al completo. (Netflix)
Reducir 'El refugio atómico' al clásico 'no funciona' sería demasiado fácil y algo reduccionista. Es cierto que la ficción cuenta con un decorado espectacular, resulta intermitentemente entretenida y que su ambición es loable. Pese a todo, la mezcla de géneros le hace un flaco favor al producto final.
A una secuencia de acción en un ascensor que cae en picado con algunos de los personajes le puede seguir, de manera repentina, un diálogo con cierto toque 'humorístico' como "este refugio nuclear es la bomba" (sin comentarios).
A una agresión carcelaria le puede seguir un axioma que habla regular de la complejidad del guion ("Nadie vuelve del infierno para vivir una vida de mierda").
Los conflictos entre personajes, otro motor de la serie. (Netflix)
Una de las reglas de cualquier creador o escritor de guiones es hacer verosímil lo inverosímil. Para ello, hay ciertas pistas, ciertas 'siembras' que conforman esa regla de oro que ha hecho que jamás dudemos de los poderes de Harry Potter, de la frustrada venganza de los replicantes de 'Blade Runner' o de la señora que ha guardado una joya valiosísima sin llegar a venderla a lo largo de 84 años (bendito meme) en 'Titanic'.
'El refugio atómico', con ciertos aires de telenovela y secuencias de acción calcadas a las de otras producciones similares, se salta esa regla en innumerables ocasiones, ofreciendo cliffhangers y giros de guion (desde el del primer capítulo, bastante impactante) a placer, provocando que el espectador no se crea absolutamente nada de lo que está viendo en pantalla.
Como producto apocalíptico y sin ser tomada demasiado en serio, 'El refugio atómico' tiene un pase. Como serie adictiva solo lo tiene dependiendo de la credulidad del que la vea. A partir de este viernes, juzguen ustedes mismos.
Los relatos colectivos de supervivencia frente al desastre han sido uno de los puntos fuertes del cine y la televisión a lo largo de toda su historia. De aquel terremoto primitivo de 'San Francisco' al incendio de 'El coloso en llamas', sobrevivir a un desastre fue una constante que posibilitó grandes despliegues de efectos especiales y otro tanto de análisis de personajes de todo pelaje.