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El Cranc, los sabores del Mediterráneo, en Altea

En Altea, una de las bahías más bonitas del mediterráneo, en un entorno de ensueño, sobre el mar y frente a la playa de arena blanca de la Olla

Foto: El Cranc, los sabores del Mediterráneo, en Altea

En Altea, una de las bahías más bonitas del Mediterráneo, en un entorno de ensueño, sobre el mar y frente a la playa de arena blanca de la Olla, se encuentra el chiringuito El Cranc, que debe su nombre a los numerosos cangrejos que merodeaban por la zona cuando abrieron, hace ya más de 30 años.

Desde entonces, situados sobre el mar, azul, siguen dando placer a la vista y al gusto, ofreciendo la mejor comida al borde del mar. Pepa Bañuls y José Ángel Navarro “Barranqui”, han hecho posible que cuantos se sienten en el chiringuito sigan siendo testigos de los colores y sabores del Mediterráneo haciendo parada obligada para comer a cuantos se dejan caer a orillas del mar al que cantaba Serrat.

El Cranc es un lugar en el que se hace una gran cocina mediterránea, y en donde se regalan las mejores vistas sobre el mar, mientras el oleaje cadencioso y rítmico golpea suavemente la orilla. Los sabores que salen de la cocina de Pepa no tienen nada que envidiar a las vistas.

El pescado de bajura, recién cogido del mar, siempre es un acierto. El sepionet, o sus increíbles paellas de todo tipo, son absolutamente sublimes, su arroz sabe a mar o a campo, depende de cuál pidas y, ¡cómo no!, las sabrosísimas gambas rojas y un buen vino blanco fresquito son parte de la experiencia. ¡Un aviso!, de postre, no puedes dejar de tomar sus increíblemente buenos helados de leche merengada caseros.

Y por si aún les cabe alguna duda, le dejo el testimonio de Fernando Sánchez Dragó, que describió el sitio mucho mejor que nosotros,: “El escenario, además, es de los que cortan el resuello, aquietan el espíritu, tranquilizan la conciencia, ensanchan el corazón y trasforman las pupilas en salones de museo. Hasta aquí llegaron antes de que Dios fuera Dios, los nostoi y compañeros de Ulises y contemplaron, absortos, ebrios de belleza, el mismo paisaje todavía virgen, que ustedes, si me dan crédito y me hacen caso, contemplarán, ebrios de belleza, absortos, desde las sillas del chiringuito, plantadas a bocajarro, de la línea de la costa. Ni más ni menos, señores, que el Mare Mostrum, en todo su antiguo esplendor, de jardín zen: dos o tres islotes pelados, el Peñón de Ifach, las olas que cabrillean, el azul infinito del Mediterráneo y el no menos infinito azul del cielo confluyendo y confundiéndose en la raya del horizonte de Eneas, de Jáson de Teso, Marco Antonio.

No sobreviven muchos lugares así, en este litoral arrasado por la transculturación, el Becerro de oro y los bárbaros del norte. Insisto vayan, vean, sueñen, leviten y pídanle al Cranc su breve apariencia y su buena comida”.

Gastronomía
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