El mercado callejero de Burdeos
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El mercado callejero de Burdeos

Burdeos nació sobre la orilla izquierda del río Garona gracias al excelente vino que se atesoraba en grandes y recios toneles que almacenaban buen vino

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Burdeos nació sobre la orilla izquierda del río Garona por una sola razón: el excelente vino que se atesoraba en grandes y recios toneles que se almacenaban en los viejos almacenes levantados junto al río. Hoy la comarca sigue vistiendo sus suelos de viñedos de cepas distintas que, luego el enólogo de cada bodega se encarga de combinar magistralmente, para hacer algunos de los mejores llamados vinos de autor.

Stevenson, uno de los grandes escritores de viajes, decía que: El vino es poesía en botella. Burdeos es sin lugar a dudas un poema cuyos versos y rimas se completan con joyas como: Lafitte-Rothschild, Latour-Martillac, o Petrus. Tierra de placeres mundanos y exquisitos, que potencian y agudizan los sentidos con excelentes vinos, corderos de la campiña, ostras y pescados de la bahía de Arcachon, foies y quesos de cabra; además de contar con más restaurantes por habitante que ninguna otra ciudad francesa, una docena de los cuales se mantienen en la constelación de estrellas Michelín.

Burdeos creció mostrando su extraordinaria belleza a lo largo de una impresionante fachada de elegantes mansiones y palacetes con tejados de pizarra negra que ahora se reflejan sobre el espejo que forma la fina lámina de agua en la que también se miran las nubes y la luna cuando cuando anochece. Es una ciudad que mantiene orgullosa el trazado y los edificios del XVIII, que la engrandecen y dan categoría y estilo y sobre la que, Le Corbusier, solo se atrevió a planificar y plantear su ensanche, con la maestría que caracteriza su urbanismo inteligente y práctico.

Tras el impresionante recibimiento de lujo y riqueza que exhiben desde los palacetes de la plaza de la Bourse, se esconden entre angostos y estrechos callejones, pequeños restaurantes, coquetos bistrots y terrazas agradables que iluminan el paseo desde las velas de sus mesas. Desde la azotea del Museo de Arte Contemporáneo se contemplan las mejores vistas sobre el muelle de Chartrons, el río, la línea de fachadas monumentales y, el gran mercado callejero de los domingos. Además, si reservas puedes disfrutar de un gran brunch los fines de semana.

Muy temprano los agricultores locales comienzan a montar los puestos en los que exponen sus productos, frutas y verduras recién cosechadas, que forman un universo indescriptible de colores. Junto a ellos, decenas de puestos de comida callejera que se suceden uno tras otro y, entre los que se confunden los humos de algunas planchas que con mucho oficio asan pescados y mariscos. Los puestos de quesos, reclaman su protagonismo acentuando sus aromas a nuestro paso. Foies de las granjas cercanas; ostras de Cap Ferret; vinos de algunos de los chateau de la comarca que venden sus botellas a precios muy asequibles; completan el mercado gastronómico.

Un par de abuelas acuden con su furgoneta puntuales a preparar sus cucuruchos de quisquillas a la plancha. Cerca, otra furgoneta abre sin pausa docenas de ostras que acompañan de una copa de buen vino blanco. Junto a la camioneta de Marcel, un tipo de grandes bigotes que parece venido de la Baviera, se forman cada domingo largas colas de clientes fieles, que buscan sus sabrosas brochetas de pescado y mariscos, sus arroces y excelentes guisos de calamar.

Sea como fuere, todo ello conforma el mejor de los picnics posibles. Ostras y quisquillas de aperitivos; foies y brochetas para saciar el apetito y, quesos y frutas de temporada para acabar. Todo ello, regado de un par de buenas botellas de vino, un blanco y un tinto; que disfrutar sentado frente al río, dejando que la mirada se pierda en el frondoso verde de la otra orilla.

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