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hija de la legendaria 'duquesa roja'

Pilar Medina Sidonia abre las puertas de su casa madrileña

Dama de apellido ilustre, antigua poseedora de un título nobiliario que peleó, escritora (publicó la novela Nápoles 23 en 2002), profesional del arte, admiradora del Rey Juan Carlos y aficionada al cine

Foto: Pilar Medina Sidonia (Foto: Enrique Villarino)
Pilar Medina Sidonia (Foto: Enrique Villarino)

Dama de apellido ilustre, antigua poseedora de un título nobiliario que peleó, escritora (publicó la novela Nápoles 23 en 2002), profesional del arte, admiradora del Rey Juan Carlos, aficionada a ir al cine a ver películas como Ocho apellidos vascos e hija de la duquesa Roja. Así es Pilar Medina Sidonia. La exduquesa de Fernandina nos recibe en su domicilio madrileño “Me leo mis dos periódicos diarios y a veces hasta tres. Todos ellos contienen temas culturales que me gusta leer por mi trabajo, y hasta noticias de cotilleos desgraciadamente próximas a mí. No es nada agradable ir a algunos juicios, pero si te toca, te tocó”, dice añadiendo humor, sin querer referirse al último juicio que afectó a la familia sobre la filiación de paternidad de Rosario Bermudo, que reclama la paternidad de Leoncio González de Gregorio, padre de Pilar.

Pilar Medina Sidonia (FOTO: Enrique Villarino)
Pilar Medina Sidonia (FOTO: Enrique Villarino)

Los hermanos Medina Sidonia también tuvo problemas con su madre, la fallecida Luisa Isabel Álvarez de Toledo, toda una disidente que, a raíz de su participación en una manifestación de agricultores, acabó en la cárcel en plena época franquista. Casada con su secretaria, Liliane Dahlman, poco antes de fallecer, le legó a ella la presidencia de la fundación Medina Sidonia, algo que contrarió a sus hijos. Más allá de esas anécdotas, Pilar prefiere recordar a su madre desde el cariño, aceptando y asumiendo sus similitudes y diferencias con ella: “Muchas de las cosas que tengo en mi manera de ser o reaccionar a la vida se deben a mi madre, que fue una mujer diferente y con mucha personalidad. Tuvo un gran valor, en su época era muy difícil hacer lo que hizo y por sus ideas pagó un alto precio porque hasta fue a la cárcel, pero no cabe duda de que somos personalidades muy distintas”

Pilar Medina Sidonia, durante diecinueve años duquesa de Fernandina, es uno de los miembros más discretos de los Medina Sidonia. Cuando nos recibe en su hogar nos advierte de que no esperemos más que “un pisito” y, con todo bien colocado en su lugar, aprovecha para empezar hablándonos de su eclecticismo, ese que a priori resulta impensable en personas de la nobleza como ella. “La isla mínima era buena y muy fuerte y Ocho apellidos vascos era importante porque se atrevieron por fin a reírse de ciertas cosas y es una película muy valiente en algunos sentidos. El cine me encanta pero con la música sí que soy más retrógrada”, admite para demostrar que está al día en cuanto al séptimo arte.

Pilar ha pasado por no pocos envites a lo largo de su vida. Su matrimonio con Tomás Terry la hizo aparecer en los medios rosa y en 2012 perdió la concesión real que la acreditaba como duquesa de Fernandina, título cedido ante notario por su madre y sus hermanos, después de que el Tribunal Supremo fallase en una sentencia a favor de su sobrino Alonso, quien no ha obtenido la rehabilitación del ducado para sí.

Pilar Medina Sidonia (FOTO: Enrique Villarino)
Pilar Medina Sidonia (FOTO: Enrique Villarino)

Con humor y todo, sí recuerda con sabor agridulce que le costó aceptar la pérdida de Fernandina, aunque le quite hierro al asunto: “Es injusto que no se respetase la voluntad de mi madre y la cesión de mis hermanos. Yo rehabilité el título en estas condiciones y si lo llego a saber no me meto en semejante lío. Es un tema de no respetar la palabra dada, pero no quiero hablar más del asunto. Me causó un disgusto pero tampoco es una desgracia y mi vida siguió adelante”.

“No quiero ser amiga de mis hijos. Quiero ser su madre”

Ahora prefiere centrarse en su trabajo en el mundo del arte y en los consejos que proporciona a sus dos hijos, que viven en Nueva York y Miami respectivamente. “La verdad es que no viven allí únicamente por la situación económica actual sino porque hoy en día a la gente le gusta conocer otras partes del mundo, pero como yo también lo hice cuando era joven no me puedo quejar, aunque me gustaría que estuviesen más a mano. Yo les digo a mis hijos lo que pienso. Les doy consejos aunque ellos no quieran que se los dé. Yo nunca he buscado ser su amiga; quiero ser su madre”. Reconoce que me gustaría ser abuela y que lleva “muy bien” el tema de la edad.

Pilar procura ser algo más equidistante de lo que lo fue su madre e incluso puede llegar a defender esos ‘tés de caridad’ de antaño que hoy siguen existiendo bajo las formas de Rastrillos y beneficencias sobre las que planea, para algunos, la sombra de la hipocresía: “Hay cosas que no van a cambiar nunca. Si eso que estás haciendo va a tener como consecuencia que haya gente que viva mejor, ¿por qué no hacerlo? Al final el resultado es bueno.

Consciente de que la nobleza  ya no tiene el lugar de antes, piensa que el título que perdió “era bonito”, Pilar González de Gregorio y Álvarez de Toledo, como se llama en su partida de nacimiento, puede que no rebase algunos límites que rebasó su madre, pero tampoco responde al perfil de aquellas damas “de alta cuna y de baja cama” que jugaban “a remediar” los problemas del mundo. Un síntoma de unos tiempos donde las altas cunas no son una garantía de nada y, a veces, dan problemas. 

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