Con la llegada del calor, las sandalias se convierten en el calzado estrella del día a día. Pero, con ellas, también llega un invitado menos deseado: las rozaduras. Talones irritados, dedos enrojecidos o tiras que se clavan son molestias habituales cuando los pies todavía no se han acostumbrado al calzado más descubierto del verano. Por suerte, hay algunas medidas sencillas que pueden ayudarte a evitar que las sandalias nuevas o poco usadas arruinen tus paseos.
1. Estrena las sandalias poco a poco
Aunque tengas ganas de usarlas desde el primer día de sol, estrenar sandalias nuevas de golpe durante horas es una receta segura para acabar con ampollas. Lo ideal es llevarlas durante periodos cortos al principio: úsalas en casa durante unos minutos al día o para trayectos cortos, y ve aumentando el tiempo a medida que el pie se adapta. Esto permite que las tiras se ablanden un poco y el pie encuentre su sitio sin sufrir.
Unas sandalias de Zara. (Cortesía)
2. Hidrata bien los pies (pero sin pasarte)
Un pie seco es más propenso a rozaduras, pero uno demasiado hidratado también puede resbalar dentro de la sandalia y causar fricción. Lo mejor es aplicar crema hidratante por la noche, centrándose en talones y zonas rugosas, para mantener la piel elástica. Por la mañana, antes de calzarte, asegúrate de que la piel está seca. Si notas que una zona se recalienta o roza al caminar, puedes aplicar una barra antifricción, vaselina o incluso desodorante en barra para crear una capa protectora.
3. Recurre a parches, tiritas y otros aliados invisibles
No esperes a que aparezca la ampolla: si sabes que cierta zona siempre acaba irritada, protégela antes. Hoy en día existen en farmacias y supermercados tiritas específicas para rozaduras, con formas adaptadas a talones, dedos o laterales del pie. También puedes usar protecciones de silicona o almohadillas adhesivas en la parte interior de la sandalia para suavizar las zonas más duras o con costuras.
Cuidar los pies con tiritas especiales es importante. (Pexels / Irina Bekhtereva)
Alternar las sandalias con otro tipo de calzado también puede ayudar a prevenir rozaduras. Si usas siempre el mismo par, el roce constante en los mismos puntos acabará pasando factura. Cambiar de sandalias (o incluso usar deportivas o alpargatas algunos días) da tiempo a que la piel se recupere y evita que las molestias vayan a más.
Por último, asegúrate de que las sandalias te ajustan bien. Ni demasiado apretadas, que impidan el movimiento natural del pie, ni demasiado sueltas, que hagan que el pie baile dentro del zapato. Una mala sujeción aumenta el riesgo de que se produzcan roces innecesarios, especialmente en caminatas largas o en días de mucho calor, cuando los pies tienden a hincharse un poco.
Con la llegada del calor, las sandalias se convierten en el calzado estrella del día a día. Pero, con ellas, también llega un invitado menos deseado: las rozaduras. Talones irritados, dedos enrojecidos o tiras que se clavan son molestias habituales cuando los pies todavía no se han acostumbrado al calzado más descubierto del verano. Por suerte, hay algunas medidas sencillas que pueden ayudarte a evitar que las sandalias nuevas o poco usadas arruinen tus paseos.