El especialista advierte que incluso el amor romántico entre humanos es un fenómeno difícil de definir desde la ciencia, por lo que resulta aún más arriesgado aplicarlo a otras especies. En lugar de hablar de enamoramiento, propone observar cómo los perros generan lo que la etología denomina vínculos afiliativos, es decir, relaciones que se consolidan con el tiempo a partir de experiencias compartidas y de la elección reiterada de ciertos individuos dentro de su entorno social.
A diferencia de una atracción instantánea o un flechazo, estos lazos se construyen de forma progresiva. Liquindoli explica que los perros muestran preferencias claras dentro de su grupo social: eligen con quién jugar con mayor frecuencia, con quién descansar o con quién toleran mejor los errores que puedan surgir durante las interacciones lúdicas. Esa selección no es aleatoria, sino el resultado de una historia de convivencia que se refuerza diariamente.
El experto también insiste en no confundir estos lazos con los procesos biológicos asociados a la reproducción. El interés que aparece durante el celo responde principalmente a factores hormonales y es de carácter transitorio. “El interés durante el celo es hormonal y no implica enamoramiento ni pareja estable; reproducción y vínculo afectivo no son lo mismo”, explica Liquindoli, subrayando que las conductas de cortejo o montaje están impulsadas por la biología y no por una relación emocional permanente.