Seguir tirando cuando una ya no puede más se ha convertido casi en una consigna silenciosa de la vida adulta. Cumplir, rendir, llegar a todo y, si es posible, hacerlo bien. Frente a esa lógica tan asumida, la psicóloga Alba Cardalda lanza una advertencia tan sencilla como incómoda: no siempre exigirse más ayuda; a veces solo agota más.
Ese es el eje de un mensaje centrado en el impacto que tiene la autoexigencia sostenida sobre la salud emocional. “La autoexigencia constante no siempre acerca al bienestar; a veces solo aumenta el desgaste”, afirma la especialista, que pone nombre a una sensación compartida por muchas personas: la de vivir empujándose sin descanso, incluso cuando el cuerpo y la mente ya están dando señales claras de saturación.
Los signos de tierra deben intentar no dejarse llevar por la autoexigencia. (Pexels)
Su reflexión conecta con una escena muy cotidiana. Hay días en los que se sostiene más de lo que realmente se puede: trabajo, responsabilidades, expectativas, tareas pendientes y una presión interna constante por no fallar. Desde fuera puede parecer eficacia; por dentro, muchas veces, es puro desgaste acumulado.
Cardalda cuestiona precisamente esa idea tan instalada de que siempre se puede hacer un poco más. “Puedes hacer cosas todo el tiempo. Y puedes hacer cosas bien. Pero hacer cosas todo el tiempo y siempre bien, no se puede”, sostiene. Con esta frase desmonta uno de los grandes mitos del bienestar contemporáneo: creer que la solución pasa por apretar aún más cuando lo que falta, en realidad, es margen.
Porque insistir también tiene un precio. La psicóloga recuerda que el cuerpo suele advertir antes de que una persona se detenga por decisión propia. El cansancio persistente, la irritabilidad, la ansiedad o la sensación de estar saturada no aparecen de la nada. Son, según plantea, señales de alarma. “Son señales de tu cuerpo diciendo: baja el ritmo”, resume.
Lejos de presentar la pausa como un retroceso, Cardalda propone entenderla como una forma de inteligencia emocional. Regularse, explica, no consiste en hacer menos por debilidad, sino en aprender a dosificar la energía, priorizar y escoger bien las batallas. Es decir, dejar de medirse solo por la cantidad de cosas que se hacen y empezar a valorar también cómo se sostienen.
Ahí aparece una de las ideas más potentes de su mensaje: parar también forma parte de avanzar. Hablar con alguien, desconectar, hacer pausas o pedir ayuda no son gestos menores ni concesiones de última hora, sino recursos necesarios para no romperse. “Hablar, desconectar, pausar o pedir ayuda es avanzar con inteligencia emocional”, afirma.
La psicóloga insiste además en una cuestión de fondo que suele quedar relegada: la salud emocional no debería tratarse como una recompensa futura, reservada para cuando todo esté hecho. Precisamente porque casi nunca está todo hecho. “Cuidar tu salud emocional no es un premio para cuando acabes todo. Es la condición para poder seguir”, señala.
La ansiedad también puede aparecer en momentos cotidianos y aparentemente tranquilos. (Freepik)
Su planteamiento encaja con una conversación cada vez más presente en torno al bienestar psicológico, especialmente entre quienes viven instalados en la productividad permanente. En un contexto que premia la disponibilidad constante y la capacidad de responder a todo, frenar puede parecer un lujo. Cardalda plantea lo contrario: frenar a tiempo puede ser una forma de protección.
Más que invitar a renunciar a las obligaciones, su mensaje propone revisar la relación que muchas personas mantienen con la exigencia. No se trata de hacer las cosas peor ni de abandonar metas, sino de dejar de convertir el sobreesfuerzo en una medida automática del valor personal. Porque cuando vivir se parece demasiado a resistir, quizá no haga falta esforzarse más, sino empezar a sostenerse mejor.
Seguir tirando cuando una ya no puede más se ha convertido casi en una consigna silenciosa de la vida adulta. Cumplir, rendir, llegar a todo y, si es posible, hacerlo bien. Frente a esa lógica tan asumida, la psicóloga Alba Cardalda lanza una advertencia tan sencilla como incómoda: no siempre exigirse más ayuda; a veces solo agota más.