Los expertos advierten sobre la economía actual: "Los jóvenes de los 80 e incluso de principios de los 90, a los 25 años hacían una planificación de vida. Ahora no"
Los expertos advierten sobre la economía actual: "Los jóvenes de los 80 e incluso de principios de los 90, a los 25 años hacían una planificación de vida. Ahora no"
Los expertos alertan de que muchos jóvenes ya no planifican su vida como lo hacían generaciones anteriores, en parte por un contexto marcado por la precariedad, el coste de la vivienda y una incertidumbre que obliga a vivir mucho más al día
La forma de proyectar el futuro ha cambiado de manera evidente en las últimas décadas. Mientras que hace años era habitual tener un plan de vida definido a una edad temprana, hoy ese horizonte parece más difuso. Economistas y psicólogos coinciden en señalar que no se trata solo de una cuestión de actitud, sino de un contexto económico y social que ha transformado por completo la manera en la que los jóvenes toman decisiones.
En ese análisis, voces como la de Santiago Niño Becerra ponen el foco en una diferencia generacional clara. Tal y como señalan distintos expertos, los jóvenes de los años 80 y principios de los 90 solían organizar su vida antes de los 25. “A esa edad nos hacíamos una planificación”, recuerdan, en contraste con una realidad actual en la que ese proceso se retrasa y se desplaza hacia la treintena.
El cambio no responde únicamente a una cuestión cultural. La economía actual juega un papel determinante. El acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales obstáculos, con precios al alza y la necesidad de un ahorro previo que resulta difícil de alcanzar. Para muchos jóvenes, el problema no es tanto afrontar una cuota mensual como reunir el dinero necesario para dar el primer paso, lo que retrasa cualquier plan de estabilidad.
A esto se suma un mercado laboral más inestable, marcado por contratos temporales, salarios ajustados y trayectorias menos lineales. Este escenario obliga a priorizar el presente y cubrir gastos inmediatos, dejando en segundo plano decisiones que requieren cierta seguridad a largo plazo. El resultado es una generación que vive más al día, no siempre por elección, sino por necesidad.
Desde la psicología, este fenómeno también se interpreta como la consolidación de una etapa intermedia entre la juventud y la adultez. Durante esos años, se explora, se cambia de rumbo y se posponen compromisos importantes. Esa flexibilidad puede ofrecer oportunidades, pero también genera incertidumbre y dificulta la construcción de un proyecto sólido si se alarga demasiado en el tiempo.
Hemos heredado una casa de mis padres y quiero comprar la parte de mis hermanos. (Foto: iStock)
Además, el contexto social ha cambiado la forma de entender el compromiso. Las decisiones a largo plazo, como comprar una vivienda o establecerse en un lugar fijo, han perdido peso frente a opciones más abiertas y reversibles. La estabilidad ya no se percibe como un punto de partida, sino como algo que, en muchos casos, llegará más adelante o quizá no de la misma forma que antes.
Los especialistas advierten de que esta tendencia tiene implicaciones no solo económicas, sino también en el bienestar personal. Retrasar ciertas decisiones puede ofrecer margen para experimentar, pero también reduce el tiempo disponible para consolidar objetivos importantes. Por eso insisten en la necesidad de encontrar un equilibrio entre adaptarse al contexto actual y no perder de vista la planificación, aunque sea de forma flexible.
La sensación de que siempre hay tiempo puede resultar engañosa. En un entorno cambiante, construir un proyecto de vida requiere cada vez más conciencia, información y capacidad de adaptación. Más que replicar modelos del pasado, el reto está en redefinir qué significa hoy planificar el futuro y cómo hacerlo en un escenario que ya no sigue las mismas reglas.
La forma de proyectar el futuro ha cambiado de manera evidente en las últimas décadas. Mientras que hace años era habitual tener un plan de vida definido a una edad temprana, hoy ese horizonte parece más difuso. Economistas y psicólogos coinciden en señalar que no se trata solo de una cuestión de actitud, sino de un contexto económico y social que ha transformado por completo la manera en la que los jóvenes toman decisiones.