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El joyero de Isabel II en su centenario: de las "patatas de la abuela" al drama de la tiara rota
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CIEN AÑOS DE SU NACIMIENTO

El joyero de Isabel II en su centenario: de las "patatas de la abuela" al drama de la tiara rota

Este martes, el Reino Unido se viste de fiesta para celebrar el centenario del nacimiento de la reina de reinas. Aprovechamos esta fecha histórica para bucear en el joyero de Isabel II

Foto: La reina Isabel II en una imagen de archivo. (Gtres)
La reina Isabel II en una imagen de archivo. (Gtres)

Si algo definía a Isabel II, más allá de su sentido del deber y sus inseparables corgis, era su capacidad para comunicarse a través de sus joyas. Cada pieza que lucía sobre sus impecables abrigos de colores no era fruto del azar; era un símbolo de continuidad, un homenaje familiar o, en ocasiones, un guiño lleno de humor. Con motivo del 100º aniversario de su nacimiento, repasamos las historias más curiosas de una colección que es, en sí misma, el tesoro más valioso del mundo.

1. "Las patatas de la abuela": el Cullinan III y IV

Bajo el cariñoso apodo de "Granny's Chips" (las patatas de la abuela), se esconde uno de los broches más valiosos del planeta. Compuesto por los diamantes Cullinan III y IV, extraídos del diamante en bruto más grande jamás hallado, esta pieza fue heredada de la reina Mary. A pesar de su valor incalculable, la Reina lo llamaba así con ese humor británico tan característico, restándole importancia a unos diamantes que cualquier otro mortal guardaría bajo siete llaves. Para ella, eran simplemente los recuerdos de su abuela que solía llevar en las grandes citas de Estado.

placeholder La reina Isabel con los diamantes Cullinan III y IV. (Cordon Press)
La reina Isabel con los diamantes Cullinan III y IV. (Cordon Press)

2. El drama de la tiara rota

Toda novia tiene su pesadilla, y la de Isabel II ocurrió solo unas horas antes de dar el "sí, quiero" a Felipe de Edimburgo en 1947. Mientras se preparaba, la Tiara Fringe de la reina Mary se partió literalmente en dos. El pánico se apoderó de palacio, pero la sangre fría de la entonces princesa prevaleció. Un joyero de la corte tuvo que salir escoltado por la policía para reparar la pieza a contrarreloj. Si observan con detalle las fotos de su boda, se puede apreciar un ligero hueco entre las varillas de la tiara, mudo testigo de un accidente que casi deja a la futura reina sin su corona nupcial.

placeholder  La reina Isabel y el duque de Edimburgo el día de su boda. (CP)
La reina Isabel y el duque de Edimburgo el día de su boda. (CP)

3. Diamantes y... ¿perros?

Aunque la solemnidad marcaba su día a día, Isabel II también dejaba espacio para el juego. En su joyero privado descansaban varios broches inspirados en sus adorados corgis. Estas piezas, mucho más informales y divertidas, las reservaba para encuentros familiares o salidas privadas. Eran el reflejo de la mujer que había detrás de la corona: una amante de los animales que no dudaba en lucir a sus mascotas preferidas en formato joya.

Era una de las favoritas de Isabel II era, curiosamente, una de las más personales. Se trata del broche de escarabajo, un diseño moderno en oro, rubíes y diamantes que fue Fue un regalo personal de su marido, el príncipe Felipe, en 1966. No era una joya de pasar, sino un símbolo de su complicidad privada. La Reina lo eligió para momentos clave, como su mensaje de Navidad de 2007 o el inicio de su Jubileo de Oro en 2002. Sin embargo, el momento más emotivo se produjo en 2021: Isabel II lo lució en su visita al portaaviones HMS Queen Elizabeth en Portsmouth, siendo la primera vez que lo llevaba tras la muerte del Duque de Edimburgo. Fue un tributo silencioso y conmovedor a la carrera naval de su esposo.

Desde aquel escarabajo que guardaba el amor de Felipe hasta las "patatas" de su abuela Mary, cada pieza sobrevive hoy como un recordatorio de que, aunque las coronas cambien de manos, el estilo y la personalidad de la "Reina de Reinas" permanecen inalterables. Sus joyas ya no solo descansan en cajas de terciopelo o vitrinas blindadas; habitan en el recuerdo colectivo de un mundo que, un siglo después, sigue fascinado por la mujer que supo convertir el oro en emoción y las piedras preciosas en mensajes eternos. Larga vida a su legado.

Si algo definía a Isabel II, más allá de su sentido del deber y sus inseparables corgis, era su capacidad para comunicarse a través de sus joyas. Cada pieza que lucía sobre sus impecables abrigos de colores no era fruto del azar; era un símbolo de continuidad, un homenaje familiar o, en ocasiones, un guiño lleno de humor. Con motivo del 100º aniversario de su nacimiento, repasamos las historias más curiosas de una colección que es, en sí misma, el tesoro más valioso del mundo.

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