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Ana Ibáñez, neurocientífica: "Para concentrarte necesitas que tu cerebro haga dos cosas que no necesariamente son tan intuitivas"

El cerebro necesita un nivel suficiente de alerta para sostener una tarea, pero una activación excesiva también puede interferir con el rendimiento y hacer más difícil centrarse

Foto: La neurocientífica Ana Ibáñez, en sus redes sociales. (Instagram/@anaibanez_g)
La neurocientífica Ana Ibáñez, en sus redes sociales. (Instagram/@anaibanez_g)

Concentrarse durante horas después de haber dormido poco resulta complicado, pero intentar hacerlo cuando estamos excesivamente nerviosos tampoco suele funcionar. La atención necesita cierto equilibrio entre activación y control, algo que explica por qué nuestro rendimiento puede cambiar tanto dependiendo del cansancio, el estrés o incluso el momento del día.

Ana Ibáñez, neurocientífica, plantea esta cuestión a partir de dos necesidades que pueden parecer contradictorias. “Para concentrarte necesitas que tu cerebro haga dos cosas que no necesariamente son tan intuitivas”, explica. Por un lado, necesitamos suficiente calma para centrar la atención y mantenerla; por otro, un grado de activación que permita realizar el esfuerzo que exige la tarea.

“Hay un juego entre calma y activación”, señala Ibáñez. La idea ayuda a entender por qué descansar no equivale necesariamente a estar preparado para una actividad intelectualmente exigente. Un nivel muy bajo de alerta puede traducirse en somnolencia y dificultades para sostener la atención, mientras que una activación elevada puede favorecer que otros estímulos compitan constantemente por ella.

La especialista relaciona este proceso con áreas frontales y prefrontales del cerebro. Conviene introducir aquí un matiz: la concentración no reside exclusivamente en una única región ni en el hemisferio izquierdo. La atención depende de distintas redes cerebrales distribuidas que intervienen, entre otras funciones, en seleccionar información relevante, mantener objetivos e inhibir distracciones.

Para alcanzar ese punto de activación adecuado, Ibáñez recomienda realizar un breve periodo de movimiento vigoroso antes de comenzar una tarea que requiera concentración. Su planteamiento es que esa activación física inicial puede facilitar posteriormente un estado en el que resulte más sencillo ponerse a trabajar.

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La relación entre ejercicio y rendimiento cognitivo cuenta con respaldo científico, aunque no permite asegurar que unos minutos de movimiento produzcan siempre un determinado patrón de ondas cerebrales o mejoren automáticamente la concentración. Una metarrevisión publicada en 2025, que reunió 30 revisiones y 383 estudios con 18.347 participantes, encontró un efecto positivo pequeño del ejercicio físico agudo sobre el rendimiento cognitivo, con resultados favorables también en atención y funciones ejecutivas.

Ibáñez plantea otra herramienta cotidiana: la música. Según explica, puede utilizarse para mantener un nivel de energía adecuado mientras trabajamos. Aquí tampoco existe una receta válida para todo el mundo. El efecto depende de la tarea, de las características de la música y de la propia persona: aquello que ayuda a alguien a mantenerse despierto puede convertirse para otro en una fuente adicional de distracción.

placeholder El efecto depende de la tarea, de las características de la música y de la propia persona: aquello que ayuda a alguien a mantenerse despierto puede convertirse para otro en una fuente adicional de distracción (Pexels)
El efecto depende de la tarea, de las características de la música y de la propia persona: aquello que ayuda a alguien a mantenerse despierto puede convertirse para otro en una fuente adicional de distracción (Pexels)

El planteamiento de Ibáñez invita a observar primero nuestro estado: quizá el problema sea un exceso de tensión, pero también puede ser justamente el contrario, que intentemos exigir atención a un cerebro demasiado cansado para sostenerla. Entre ambos extremos estaría ese punto de calma y activación que permite dedicar los recursos necesarios a una sola tarea.

Concentrarse durante horas después de haber dormido poco resulta complicado, pero intentar hacerlo cuando estamos excesivamente nerviosos tampoco suele funcionar. La atención necesita cierto equilibrio entre activación y control, algo que explica por qué nuestro rendimiento puede cambiar tanto dependiendo del cansancio, el estrés o incluso el momento del día.

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